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    <title>El Heraldo</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-09-19T09:15:03+00:00</updated>
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            LOS ESTUDIANTES, ENTRE LOS LÁPICES Y LA ESPERANZA
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                <![CDATA[Sergio Brodsky]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/09/los_estudiantes_entre_los_lapices_y_la_esperanza_1.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>El jueves pasado, durante la jornada que hicimos en la plaza 25 en conmemoración por el día mundial para la prevención del suicidio, unos estudiantes de una escuela tomaron el micrófono y entre muchas otras ideas muy lúcidas expresaron que no hay que tener miedo a la política, a la participación política, que no necesariamente era la política partidaria, que todo lo que hacemos es político ya que afecta la polis, la ciudad, el modo en que queremos convivir con nuestros vecinos y, como si fuera poco agregó- con esa frescura maravillosa que tienen los jóvenes – que la política era una herramienta de transformación de la realidad, de las injusticias sociales. Los chicos no tendrían más edad que aquellos que fueron víctima de la “noche de los lápices” y yo respiré aliviado al sentir que lo que aquellos escribieron no fue borrado y los cuadernos de los sueños y la esperanza, vuelven a abrirse. Fue una bocanada de aire fresco en una época histórica en la que la derecha neoliberal y fascista ha logrado imponer con todos los medios hegemónicos de (in)comunicación y mentira con los que cuentan, digo, -han conseguido asociar la política a la corrupción, han obtenido el consenso de su demonización, no solo aquí. Hace un par de años fui a dar una charla de prevención del suicidio en una escuela de Salto (ROU). Al finalizar un docente se acercó y me dijo que le había gustado el conversatorio pero que le pareció impertinente de mi parte introducir la política. Señalando la puerta de salida aseguró que la política debía quedar “por fuera de la escuela”. Es que yo había señalado que la salud podría considerarse un derecho o un privilegio según si se tratara de un Estado social o uno neoliberal. Agregué en mi disertación que Milei había expresado, poco tiempo antes, respecto del suicidio que su posición, brutal, fiel a su violento estilo, era que “el que se quiera drogar que se drogue, y el que se quiera suicidar que lo haga, pero no a costa del Estado”. Confundía el docente el debate político en salud mental con el adoctrinamiento, confusión también alentada por la derecha. Muchos estudiantes universitarios me han comentado-incluso en carreras humanísticas y sociales- que cuando un docente comienza a entretejer la dimensión política en su discurso muchos jóvenes se van, abandonan enojados y temerosos las aulas, temerosas de ser adoctrinados. Muchos universitarios, lo sabemos, apoyan aun a aquel gobierno que está destruyendo las universidades, aquel gobierno que con la connivencia del Poder Judicial incumple la ley de presupuesto universitario. Pero creo que, a pesar de que el poder capitalista o tecnofeudal, como quiera llamarlo apunta a la fragmentación, subjetivo y social, al individualismo extremo y al sálvese quien pueda, y que encontró en la tecnología, en la adicción a los aparatos móviles, un recurso extraordinario de aislamiento y empobrecimiento descomunales, vemos que los jóvenes no caen del todo, no caen todos, en las redes de la hipnosis y la repetición del pensamiento impuesto ,sino que siguen siendo fuente de la frescura, de la rebeldía, de la subversión de un orden injusto, desigual, mortífero, de aquel poder que tiene la intención de borrar todo sesgo de futuro, de esperanza, de horizonte. Y esta tensión que esperanza, viendo tantos estudiantes creativos, lucidos y que fomentan el pensamiento crítico, sobre todo en estos tiempos tan oscuros, emociona enormemente, sobre todo porque recordamos el 16 de septiembre, los cincuenta años de uno de los episodios más brutales y dolorosos de la historia argentina, “la noche de los lápices”. El 16 de septiembre – la misma fecha del&nbsp; golpe de Estado a Perón por los militares fusiladores- de 1976 la dictadura cívico militar secuestró, torturó y desapareció a un grupo de jóvenes estudiantes que militaban en la unión de estudiantes secundarios y otras organizaciones políticas, jóvenes, casi niños entre 16 y 18 años, pertenecientes a una generación que quiso cambiar el mundo, liberarlo de sus injusticias, comprometiendo su cuerpo y su vida para ello, para concretar una sociedad más igualitaria. Lo hicieron con compromiso y solidaridad, con sentimiento de colectividad comunitaria, tanto que su símbolo es la lucha por el “boleto estudiantil”, aquel que facilitaría el transporte a sus compañeros, no era por ellos que sí podían pagarlo- sino porque la empatía era la base de las relaciones humanas para ellos. Lamentablemente los genocidas ejercieron un salvajismo sin nombre contra ellos, como escarmiento, porque si está claro el objetivo del plan cóndor, no fue otro que-como lo dejó escrito con claridad Rodolfo Walsh- la planificación de la miseria, la más escandalosa transferencia de las riquezas desde los trabajadores al poder económico y financiero. Para ello debían lograr quebrar la solidaridad y censurar los sueños de que otro mundo, un mundo mejor era posible, y sus ecos resuenan hoy en la imposición de una sociedad del “sálvese quien pueda”, del darwinismo social y la insolidaridad. En estas fechas en las que se celebra el día del estudiante es imprescindible ejercer la Memoria, por la verdad y la justicia por las víctimas de “la noche de los lápices” y tomar con responsabilidad su legado, el de la construcción de una conciencia social y política que posibiliten que nuevamente y por siempre, los lápices de los sueños, sigan escribiendo.</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                                <updated>2026-09-19T09:15:03+00:00</updated>
                <published>2026-09-19T09:15:00+00:00</published>
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