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    <title>El Heraldo</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-08-08T04:30:05+00:00</updated>
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            Concordia y la casa propia: el costo de no planificar
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l6AldzZUNvNpao0fUOEPAdzYuqY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/contador_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>&nbsp;La vuelta del crédito hipotecario en la Argentina podría interpretarse como una buena noticia después de muchos años de financiamiento prácticamente inexistente. Pero basta observar los números para comprender que todavía está muy lejos de constituir una solución habitacional para la mayoría.&nbsp;Una simulación para una propiedad de USD 100.000 muestra que, para obtener un crédito de USD 75.000 a 30 años en el Banco Nación, una familia necesita ingresos netos conjuntos cercanos a $3,5 millones mensuales, afrontar una cuota inicial próxima a $870.000 y disponer previamente de USD 25.000.&nbsp;El crédito volvió. Pero volvió fundamentalmente para hogares de ingresos medios y medios-altos, con empleo formal, capacidad de ahorro y cierto patrimonio previo.&nbsp; La realidad social de Concordia es muy diferente: la última información oficial disponible ubicaba al 52,5% de las personas debajo de la línea de pobreza y al 11,20% en la indigencia. Para miles de familias, el problema no consiste en decidir qué crédito tomar, sino en sostener un alquiler, mejorar una vivienda precaria, conseguir un terreno o imaginar alguna vez la posibilidad de tener una casa propia.</p><p>Un problema que ya es estructural&nbsp;Los números del Censo 2022 ayudan a dimensionar la magnitud del problema. En el departamento Concordia había 64.806 hogares. De ellos, 11.569 —el 17,9%— habitaban viviendas consideradas deficitarias y 12.239 presentaban hacinamiento, equivalente al 18,9% del total.&nbsp;&nbsp;Las categorías se superponen y no corresponde sumarlas, pero revelan con claridad que estamos frente a un problema estructural y no frente a situaciones aisladas. Además, sólo el 68% de los hogares ocupaba viviendas ubicadas en la mejor categoría de calidad material, lo que deja a miles de familias con necesidades de mejora, ampliación o condiciones constructivas más precarias.&nbsp;&nbsp;En el conjunto de Entre Ríos, la Dirección de Estadística estimó que 122.284 hogares requerían algún tipo de intervención habitacional.&nbsp;La vivienda, además, no se resuelve solamente construyendo casas. Algunas familias necesitan una vivienda nueva; otras, un lote, infraestructura, ampliaciones, regularización dominial, acceso a servicios o mejoras importantes sobre la vivienda que ya poseen. Y allí aparece uno de los principales problemas de Concordia: el suelo.&nbsp;A fines de 2025, el Instituto de Vivienda y Tierras Autárquico Municipal reconocía que no contaba con terrenos libres para adjudicar. Existían 6.523 beneficiarios de tierras municipales y otras 920 familias postulantes. Sin tierra disponible y urbanizada, cualquier política habitacional comienza varios pasos atrás.</p><p>Construir también se alejó de los ingresos&nbsp;Aun para quien ya posee un terreno, construir una vivienda se convirtió en un desafío enorme. El Colegio de Arquitectos de Entre Ríos estimó para junio de 2026 un costo directo de $1.257.539 por metro cuadrado para una vivienda urbana individual. Incorporando gastos generales, financieros, impositivos y beneficio empresario, el valor de referencia se elevaba hasta $1.902.014 por metro cuadrado.&nbsp;Una casa de apenas 50 metros cuadrados puede representar aproximadamente $63 millones de costo directo y acercarse a $95 millones considerando el costo integral. El problema habitacional queda así atrapado entre tres restricciones: ingresos familiares insuficientes, tierra escasa y costos de construcción cada vez más difíciles de afrontar.&nbsp;A esto debe agregarse un cambio relevante en el esquema de políticas públicas. En 2025 el Gobierno nacional disolvió la Secretaría de Desarrollo Territorial, Hábitat y Vivienda y, previamente, había dispuesto la liquidación del fondo fiduciario del PROCREAR. La orientación fue trasladar mayor responsabilidad hacia provincias, municipios y sector privado.&nbsp;&nbsp;Entre Ríos mantiene herramientas concretas: el IAPV dispone de programas como Ahora Tu Hogar y lanzó Raíces, una línea para construcción, ampliación y refacción que puede financiar hasta 46.000 UVI para familias que ya poseen terreno, con una cuota que puede afectar hasta el 20% de sus ingresos. También continúan las obras directas: en abril de 2026 se firmaron contratos para construir 18 viviendas tipo dúplex en Concordia, con una inversión superior a $1.191 millones.&nbsp;No sería correcto afirmar, entonces, que no existen políticas. El problema es la escala. Dieciocho viviendas constituyen una respuesta concreta para dieciocho familias, pero deben ser analizadas frente a una ciudad en la que miles de hogares presentan déficit, hacinamiento o precariedad.&nbsp; La verdadera pregunta no debería ser cuántas viviendas se anuncian, sino cuántas soluciones necesita producir Concordia cada año para comenzar a reducir el déficit acumulado.</p><p>La oportunidad que Concordia ya tuvo&nbsp;Hay además una experiencia que merece ser recuperada. Concordia intentó durante años desarrollar viviendas utilizando madera de eucalipto producida en la propia región. La propuesta vinculaba política habitacional, industria forestal, cooperativas, capacitación laboral, empleo y agregado de valor local.&nbsp; Un proyecto PROCODAS documentado por el CONICET trabajó específicamente en el desarrollo de tecnología para viviendas de madera en Concordia y en la gestión del Certificado de Aptitud Técnica (CAT), requisito para incorporar sistemas constructivos no tradicionales a planes públicos. Es decir, no se partía de cero: existían conocimiento técnico, experiencia institucional y una materia prima abundante en el territorio.&nbsp;El proyecto Agua Patito llegó a proyectar alrededor de 250 viviendas de madera de alta prestación, entre otros objetivos para relocalizar familias de zonas inundables. En 2022 se informaba una primera etapa de 145 unidades y otras 105 para una etapa posterior. Hubo certificaciones, tecnología, capacitación y experiencia constructiva.&nbsp;&nbsp;Sin embargo, las demoras, paralizaciones, rescisión de contratos y renegociaciones impidieron transformar aquella experiencia en una política de escala. Incluso se conocieron episodios de vandalismo sobre viviendas inconclusas, algunas con niveles de avance cercanos al 80%, una imagen que sintetiza el costo económico y social de la falta de continuidad.&nbsp;La enseñanza es importante: el problema de Concordia no ha sido solamente la ausencia de ideas, sino la dificultad para sostenerlas en el tiempo. Una ciudad ubicada en el corazón de una de las principales regiones forestales del país podría volver a pensar una industria de vivienda en madera, articulando Estado, empresas, cooperativas, universidades, sistema financiero y cadena foresto-industrial.&nbsp;&nbsp;Construir viviendas podría convertirse, al mismo tiempo, en política social y política de desarrollo económico.</p><p>Lo que no se planifica hoy se paga mañana&nbsp;El déficit habitacional no permanece quieto mientras el Estado decide qué hacer. Cada año se forman nuevas familias. Jóvenes que quieren independizarse, parejas que conforman nuevos hogares, familias que se separan o personas que comienzan a vivir solas generan una nueva demanda de viviendas aun cuando la población total crezca lentamente. La experiencia reciente lo demuestra: entre 2010 y 2022, en la Argentina los hogares urbanos crecieron con mucha mayor intensidad que la población y aumentaron fuertemente los hogares unipersonales. Esto significa que una ciudad puede tener un crecimiento demográfico moderado y, sin embargo, necesitar cada vez más unidades habitacionales.&nbsp;Si la cantidad de viviendas y lotes urbanizados aumenta por debajo de esa demanda, el resultado es previsible: más hacinamiento, mayor presión sobre los alquileres, jóvenes que postergan su independencia y nuevas ocupaciones en sectores periféricos o ambientalmente vulnerables.&nbsp;Por eso, Concordia necesita un plan habitacional de largo plazo, con banco de tierras permanente, urbanización anticipada de suelo, metas anuales de generación de lotes y viviendas, créditos accesibles, participación provincial y privada, cooperativas y una estrategia que recupere la construcción industrializada en madera.&nbsp;&nbsp;Sobre todo, necesita medir cuánto déficit tiene, cuánto aumenta cada año y cuántas soluciones debe producir para empezar efectivamente a reducirlo.&nbsp;Planificar, en este contexto, significa actuar antes de que la urgencia defina por sí sola dónde y cómo crece la ciudad. Un banco de tierras no puede limitarse a administrar lo que ya existe: debe anticipar adquisiciones, regularizaciones y urbanizaciones, prever redes de agua, cloacas, energía, calles y transporte, y vincular esas decisiones con la localización de nuevas viviendas. Cuando el suelo se incorpora tarde, el costo público aumenta y la respuesta suele llegar detrás de la necesidad. La política habitacional empieza, por lo tanto, mucho antes de colocar el primer ladrillo.&nbsp;También hace falta una medida concreta de gestión: conocer cada año cuántos hogares se incorporan a la demanda, cuántos lotes urbanizados se generan, cuántas viviendas nuevas se terminan y cuántas soluciones de ampliación, mejoramiento o regularización se concretan. Sin ese balance anual, puede ocurrir algo paradójico: inaugurar viviendas y, al mismo tiempo, aumentar el déficit.&nbsp;&nbsp;La falta de planificación también es una política pública. Sólo que sus resultados aparecen después: barrios que crecen sin infraestructura, familias hacinadas, alquileres cada vez más difíciles de pagar, jóvenes que postergan su independencia y generaciones que descubren que aquella casa propia que alcanzaron sus padres se convirtió para ellas en un horizonte cada vez más lejano.&nbsp;El verdadero costo de no planificar vivienda no se mide solamente en cantidad de casas faltantes. Se mide en tiempo perdido, en oportunidades que no llegan, en familias que viven durante años en condiciones inadecuadas y en jóvenes que empiezan a preguntarse si podrán construir su futuro en la misma ciudad en la que crecieron.&nbsp;Detrás de cada número del déficit hay una historia familiar que no puede esperar indefinidamente a que las políticas públicas encuentren continuidad.Concordia todavía está a tiempo de cambiar esa trayectoria. Pero necesita algo más que anuncios o programas aislados: necesita una política habitacional que sobreviva a los gobiernos, que convierta tierra en ciudad, que articule financiamiento con producción local y que establezca metas concretas de lotes, infraestructura y viviendas para los próximos diez o veinte años.Si no se empieza ahora, dentro de una década la discusión ya no será cómo prevenir el problema, sino por qué dejamos que se volviera mucho más grande.Una vivienda es mucho más que cuatro paredes: es seguridad, arraigo, patrimonio y futuro. Una ciudad que ofrece a sus familias la posibilidad de construir un hogar también les ofrece una razón para quedarse, trabajar, invertir y proyectar su vida en ella.&nbsp;Por eso, cuando una ciudad no planifica dónde van a vivir sus próximas generaciones, no deja simplemente un problema pendiente: termina tomando una decisión sobre su futuro. Y, aunque no lo advierta, una ciudad que no planifica vivienda termina planificando exclusión.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l6AldzZUNvNpao0fUOEPAdzYuqY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/contador_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El crédito hipotecario reapareció, pero sigue lejos de una gran parte de las familias. Concordia acumula déficit habitacional, hacinamiento, escasez de suelo público y elevados niveles de pobreza. Sin planificación, continuidad y escala, cada año la brecha entre las viviendas que la ciudad necesita y las que efectivamente genera será mayor.]]>
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                                                <category term="economia" label="Economía" />
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                <published>2026-08-08T04:30:00+00:00</published>
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            Dólar, tasas y apertura: el triángulo imposible que enfrenta la Argentina
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un ministro de Economía puede prometer tres objetivos que, por separado, parecen razonables: un dólar estable, tasas de interés adecuadas para la economía local y libertad para que los capitales entren y salgan del país. El problema aparece cuando intenta sostener los tres al mismo tiempo.&nbsp;La macroeconomía denomina a esta incompatibilidad “trinidad imposible” o “trilema de la política económica”. Un país puede alcanzar plenamente solo dos de tres objetivos: estabilidad cambiaria, autonomía monetaria y libre movilidad internacional de capitales. Cuando el dinero puede desplazarse sin restricciones, busca las monedas y los activos con mejor rendimiento. Si el Gobierno pretende fijar el dólar y, al mismo tiempo, establecer tasas muy diferentes de las internacionales, los capitales reaccionan. Para defender la paridad, el Banco Central debe intervenir, modificar las tasas o imponer controles.</p><p>La convertibilidad: estabilidad a cambio de autonomía&nbsp;La convertibilidad eligió una combinación definida: tipo de cambio fijo y apertura financiera, a cambio de resignar gran parte de la política monetaria. La paridad de un peso por un dólar y el respaldo de la emisión con reservas permitieron reducir drásticamente la inflación y facilitaron el crédito durante los primeros años.&nbsp;Pero el esquema dejó a la economía con escaso margen para responder cuando cambiaron las condiciones externas, aumentó el riesgo argentino y comenzaron a retirarse los capitales. La Argentina no podía emitir ni bajar libremente las tasas sin poner en peligro la paridad. Después de una prolongada recesión y del default soberano, la convertibilidad terminó en enero de 2002. El objetivo sacrificado había sido la autonomía monetaria.</p><p>El cepo: controlar los capitales para administrar el dólar&nbsp;Desde 2011 se ensayó la combinación opuesta: un tipo de cambio oficial administrado y mayor capacidad para emitir, regular las tasas y financiar al Estado. Para intentar sostener esos dos objetivos se restringió el tercero: la movilidad de capitales.&nbsp;Los límites para comprar divisas, las obligaciones de liquidar exportaciones, las autorizaciones para girar utilidades y los distintos tipos de cambio permitieron postergar algunos ajustes, pero no resolvieron los desequilibrios fiscales, monetarios y externos. Cuando el dólar oficial perdió credibilidad aparecieron la brecha, los mercados paralelos y crecientes distorsiones sobre la producción, el comercio y la inversión. En esta etapa, la punta sacrificada fue la libertad de capitales.</p><p>¿Dónde está la Argentina en 2026?&nbsp;La Argentina actual no tiene un tipo de cambio fijo ni una flotación completamente libre. Desde abril de 2025 funciona un sistema de bandas y, desde enero de 2026, sus límites se actualizan mensualmente según la inflación informada por el INDEC con dos meses de rezago. Al 31 de julio, la banda se extendía desde $754,14 hasta $1.844,87 por dólar: una amplitud que confirma que el Gobierno acepta un margen considerable de fluctuación, aunque conserva la posibilidad de intervenir ante movimientos extremos.&nbsp;En materia monetaria, el Banco Central prioriza el control de los agregados y conserva instrumentos para administrar la liquidez, los encajes y las operaciones con títulos. Sin embargo, ese margen está condicionado por la demanda de pesos, la inflación, las necesidades financieras del Tesoro, las reservas y el comportamiento del dólar.&nbsp;La movilidad de capitales también es parcial. Las personas pueden comprar moneda extranjera sin límite mediante débito en una cuenta bancaria, pero las empresas todavía enfrentan autorizaciones y condiciones para determinadas operaciones, mientras continúan la obligación de liquidar exportaciones y otras restricciones cruzadas. Por eso, no puede afirmarse que el cepo haya desaparecido por completo.&nbsp;El desafío de este esquema no consiste únicamente en levantar restricciones, sino en lograr que la apertura sea compatible con una acumulación sostenida de reservas y con una mayor demanda de pesos. Si la liberalización avanza más rápido que la capacidad del Banco Central para fortalecer su posición externa, cualquier cambio en las expectativas puede traducirse en presión cambiaria, suba de tasas o pérdida de reservas. La transición, por lo tanto, exige algo más que modificar regulaciones: requiere consistencia fiscal, confianza y un ingreso genuino de divisas.</p><p>La combinación elegida&nbsp;La orientación oficial puede resumirse así: mayor movilidad de capitales y una política monetaria basada en el control de la cantidad de dinero, a cambio de aceptar una mayor flexibilidad del tipo de cambio. La punta que la Argentina comenzó a soltar es la del dólar completamente estable.&nbsp;El proceso, sin embargo, permanece incompleto. Las bandas limitan la flotación y las regulaciones empresariales restringen la apertura financiera. El país se encuentra en un punto intermedio del triángulo: intenta conservar parcialmente los tres objetivos, sin alcanzar plenamente ninguno. Un esquema híbrido puede ser razonable durante una transición; el error sería presentarlo como si hubiese eliminado las restricciones económicas.&nbsp;En una economía con un mercado de crédito reducido y una fuerte referencia al dólar, el equilibrio es especialmente frágil. Una entrada de capitales puede ayudar a financiar inversiones y ampliar el crédito, pero también puede apreciar artificialmente el peso y generar una sensación transitoria de estabilidad. Del mismo modo, una salida brusca puede obligar a corregir el tipo de cambio o endurecer las condiciones monetarias. El problema no es solamente cuánto se abre la economía, sino con qué reservas, qué nivel de confianza y qué capacidad productiva se sostiene esa apertura.</p><p>Las tres alternativas que enfrenta el Gobierno&nbsp;Si la Argentina continúa liberalizando el movimiento de capitales y quiere mantener una política monetaria propia, deberá aceptar que el dólar se mueva con mayor libertad. Ese movimiento podría ayudar a absorber crisis externas, aunque también trasladarse rápidamente a precios en una economía altamente dolarizada.&nbsp;Si, por el contrario, el Gobierno pretende evitar cualquier aumento del dólar mientras abre completamente la cuenta de capital, deberá adaptar las condiciones monetarias a las exigencias del mercado. Esto puede significar tasas de interés más elevadas, menor crédito y mayores costos para la actividad económica.&nbsp;Finalmente, si busca mantener simultáneamente un dólar controlado y tasas compatibles con la recuperación económica, necesitará conservar restricciones cambiarias o utilizar reservas para intervenir.&nbsp;El dato de inflación de junio de 2026, con una variación mensual del 1,9% y un acumulado del 16,8% durante el primer semestre, muestra un proceso de desaceleración respecto de los niveles extremos anteriores, pero también confirma que la estabilización todavía no está concluida.</p><p>Una economía que no permite milagros&nbsp;El trilema muestra que la política cambiaria no puede analizarse de manera aislada. El dólar depende de las tasas, la cantidad de pesos, las reservas, la confianza, el riesgo soberano y la posibilidad de mover fondos hacia el exterior. La Argentina no resolvió el triángulo imposible: simplemente cambió la combinación.&nbsp;El anuncio realizado el 30 de julio de enviar al Congreso una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central —con la prohibición del financiamiento monetario al Tesoro y sanciones para quienes vulneren esa regla— busca convertir la disciplina monetaria en una restricción institucional permanente. Si se aprueba y se cumple, puede reducir el riesgo de volver a financiar el déficit con emisión y fortalecer la credibilidad de la moneda.&nbsp;Pero cerrar esa vía no crea reservas, no reduce por sí solo el riesgo país ni garantiza crédito y crecimiento. También implica que, ante un desequilibrio, el ajuste deberá recaer con mayor fuerza sobre las cuentas fiscales, el endeudamiento, las tasas de interés, el tipo de cambio o el uso de reservas. La reforma puede modificar las reglas del juego; no puede abolir las restricciones de la economía.&nbsp;La prohibición de financiar al Tesoro puede funcionar como una señal relevante, pero su eficacia dependerá de que el Estado mantenga un resultado fiscal compatible con esa regla y no reemplace la emisión por un endeudamiento creciente o por mecanismos indirectos de asistencia. Una norma puede limitar una herramienta, pero no sustituye la necesidad de ordenar el gasto, mejorar los ingresos públicos y recuperar el acceso a financiamiento sostenible. La verdadera prueba llegará cuando la economía enfrente una recesión, una caída de exportaciones o una salida de capitales: será entonces cuando el Gobierno deberá decidir qué variable ajusta y qué sector absorbe el costo.&nbsp;La Argentina puede elegir qué vértice resignar, a qué velocidad y con qué instrumentos. Lo que no puede es sostener los tres al mismo tiempo ni borrar el costo de la transición. En el triángulo imposible no hay milagros: hay decisiones económicas y una definición política inevitable sobre quién termina pagando cada elección.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La teoría económica sostiene que un país no puede mantener al mismo tiempo un dólar estable, una política monetaria independiente y plena libertad de capitales. La Argentina de 2026 intenta abrir la economía, contener la inflación y conservar capacidad de intervención. Pero el trilema sigue vigente: toda combinación obliga a resignar algo y a distribuir los costos de la elección.]]>
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                <published>2026-08-01T04:30:00+00:00</published>
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            El déficit invisible de Concordia
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay una clase de déficit que no aparece con claridad en los balances públicos. No figura como deuda bancaria, no devenga intereses y tampoco obliga a realizar pagos mensuales. Sin embargo, puede generar consecuencias económicas duraderas.Es el déficit que se acumula cuando una ciudad deja de mantener su infraestructura, posterga inversiones necesarias, reduce sus compras dentro del territorio y pierde capacidad para impulsar la actividad económica.Concordia podría estar atravesando precisamente esa situación: un escenario en el que el equilibrio financiero convive con un creciente déficit de inversión y desarrollo.Los últimos datos del sector comercial ofrecen una señal de alerta. El 69,6% de las empresas relevadas por el Centro de Comercio, Industria y Servicios de Concordia registró una caída de ventas durante el primer semestre de 2026. El 68,7% informó una reducción de su rentabilidad y casi tres de cada diez anticiparon que podrían disminuir personal.No se trata solamente de un mal momento para algunos comercios. Cuando caen las ventas, se reducen las compras a proveedores, se postergan inversiones, aumenta el endeudamiento tributario y se debilita el empleo. La contracción se transmite de una actividad a otra y termina afectando al conjunto de la economía local.En ese contexto, las decisiones del sector público adquieren una importancia mayor. No porque el Estado pueda reemplazar al sector privado, sino porque administra dos instrumentos con capacidad para movilizarlo: las compras públicas y la inversión en infraestructura.Hoy, ambos motores funcionan por debajo de sus posibilidades.</p><p>&nbsp;El dinero público también tiene territorioCuando el Estado realiza una compra no sólo adquiere un producto o contrata un servicio. También decide dónde se generarán la facturación, los salarios, los impuestos y la actividad económica asociada con ese gasto.La reciente discusión sobre el sistema provincial de provisión de alimentos para los comedores escolares permite observar este fenómeno. Entre Ríos anunció una modalidad centralizada para abastecer desayunos y meriendas en 996 establecimientos, mediante una contratación cuyo presupuesto supera los $42.669 millones.El objetivo de mejorar la calidad nutricional, fortalecer los controles y unificar la prestación es atendible. Sin embargo, el Centro de Comercio de Concordia cuestionó que la provisión se concentrara en una empresa radicada fuera de la provincia, desplazando a proveedores que operaban dentro del territorio.La cuestión no consiste en defender automáticamente a cualquier empresa local. El Estado debe exigir precios razonables, calidad, capacidad técnica, transparencia y cumplimiento.Pero una evaluación económica completa no puede detenerse en el precio unitario.Cuando una contratación recae en una empresa de la región, una parte del dinero vuelve a circular en salarios, combustible, alquileres, transporte, servicios profesionales, impuestos y compras a otros proveedores. Si la adjudicación se concentra fuera del territorio, una proporción de ese movimiento económico se traslada a otra jurisdicción.En economía regional, esta salida puede entenderse como una fuga del gasto público: recursos obtenidos, en gran medida, de los contribuyentes de un territorio que terminan produciendo efectos económicos en otro.La centralización puede generar economías de escala. Pero también puede reducir la competencia, aumentar la dependencia respecto de un solo proveedor y excluir a pequeñas empresas que no cuentan con capacidad para disputar contratos de gran magnitud.Por eso, comprar bien no significa comprar localmente a cualquier precio, pero tampoco significa comprar lejos por definición. Significa evaluar el costo total: precio, calidad, logística, cumplimiento, concentración de riesgos e impacto económico regional.Las contrataciones pueden dividirse en lotes, organizarse por zonas, permitir la participación asociada de pequeñas empresas y establecer condiciones que mantengan la competencia. No se trata de cerrar el mercado, sino de evitar que la dimensión de los procedimientos excluya de antemano al entramado empresarial local.</p><p>El segundo motor detenido es la inversión municipalDurante los primeros años de la actual gestión, la obra pública efectivamente ejecutada se ubicó aproximadamente en el 5% del gasto. En 2025 habría alcanzado cerca del 4%, frente a un promedio histórico del 14% al 15%.La diferencia no es menor. Significa que por cada $100 administrados por el municipio, sólo alrededor de $4 se transformaron efectivamente en calles, desagües, edificios, redes, espacios públicos u otros activos de infraestructura.El presupuesto 2026 prevé aproximadamente $18.850 millones para trabajos públicos, equivalentes al 15,2% del total. Pero en finanzas públicas una autorización presupuestaria no equivale a una inversión ejecutada.El impacto económico comienza cuando la obra se proyecta, se licita, se adjudica, se construye, se certifica y se paga. Una partida que permanece sin ejecutar no mejora una calle, no compra materiales y no genera empleo.Reducir la obra pública puede contribuir transitoriamente a mejorar el resultado financiero. Sin embargo, también genera una obligación futura que pocas veces aparece reflejada en las cuentas: el costo del mantenimiento postergado.Una calle que no se conserva, un desagüe que no se amplía o un edificio que no se repara continúan deteriorándose. Cuando finalmente se interviene, el costo suele ser mayor. El ahorro inicial termina convertido en una erogación futura más elevada.Esto constituye una forma de pasivo oculto. No aparece registrado como deuda, pero representa una obligación que la ciudad deberá afrontar tarde o temprano.Desde el punto de vista patrimonial, una administración no mejora necesariamente por gastar menos si, al mismo tiempo, permite que sus activos pierdan valor. El resultado financiero puede ser positivo mientras el patrimonio público se deteriora.Además, la construcción posee un efecto multiplicador importante. Cada obra moviliza trabajadores, corralones, transportistas, profesionales, talleres, pequeñas constructoras, comercios y prestadores de servicios.Por eso, cuando la inversión municipal cae a niveles mínimos, no sólo se posterga infraestructura. También se retira demanda de una economía que ya muestra caída de ventas, menor rentabilidad y riesgo de pérdida de empleos.</p><p>&nbsp;No todos los superávits son igualesLa responsabilidad fiscal es indispensable. Un municipio no puede gastar permanentemente más de lo que recauda, acumular obligaciones sin respaldo ni sostener estructuras que no puede financiar.Pero no todos los superávits tienen la misma calidad. Un resultado positivo puede obtenerse mediante una mejor recaudación, reducción de gastos innecesarios, modernización administrativa y mayor eficiencia. Pero también puede lograrse postergando obras, reduciendo mantenimiento o acumulando necesidades que deberán ser atendidas en el futuro.Contablemente, ambos resultados pueden parecer iguales. Económicamente, son muy distintos.El verdadero análisis fiscal no debe limitarse al saldo de caja. También tiene que observar la composición del gasto, la conservación del patrimonio, la calidad de los servicios y la capacidad del presupuesto para producir desarrollo.Esa es la diferencia entre administrar solamente el flujo de fondos y administrar verdaderamente el patrimonio de una ciudad.</p><p>Del equilibrio financiero al equilibrio de desarrolloConcordia no resolverá sus problemas esperando únicamente una recuperación nacional ni dependiendo de transferencias extraordinarias. Necesita construir una estrategia propia, basada en sus capacidades productivas, comerciales, turísticas y logísticas.El primer cambio debe ser conceptual: el presupuesto no puede considerarse solamente un instrumento para controlar gastos. Debe ser también una herramienta de desarrollo.Eso requiere publicar un programa anual de compras y obras, establecer metas verificables de ejecución, mejorar los plazos de pago, facilitar la participación competitiva de las pymes y evaluar el impacto territorial de las contrataciones.También resulta necesario definir un nivel mínimo de inversión real, acompañado por una planificación plurianual de infraestructura. No toda obra es conveniente, pero la ausencia prolongada de obras tampoco es una política neutral.Las prioridades deberían orientarse hacia proyectos que mejoren los servicios, reduzcan costos logísticos, fortalezcan las zonas productivas, recuperen espacios urbanos y estimulen la inversión privada.No se trata de gastar más sin control. Se trata de evitar que el equilibrio fiscal se construya trasladando costos hacia el futuro.Concordia necesita pasar de una administración concentrada en conservar recursos a otra capaz de transformarlos responsablemente en infraestructura, actividad y oportunidades.En resumen, una ciudad no progresa porque acumula dinero en sus cuentas, sino porque convierte sus recursos en activos que mejoran la vida de su población y amplían su capacidad de producir. El verdadero desafío no es elegir entre equilibrio fiscal y desarrollo, sino lograr que el equilibrio sea precisamente la base del desarrollo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Una ciudad puede mostrar sus cuentas ordenadas y, al mismo tiempo, deteriorar su infraestructura, reducir la actividad económica y perder oportunidades de desarrollo. La obra pública en niveles históricamente bajos y las compras estatales que salen del territorio plantean una pregunta central: ¿alcanza con equilibrar el presupuesto si ese equilibrio no se transforma en progreso?]]>
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                <published>2026-07-25T04:30:00+00:00</published>
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            Ni elefante ni fantasma: el Estado que la Argentina necesita
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
            </name>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>—Pero esa información ya la tiene el Estado —responde el hombre.—Sí, pero pertenece a otro organismo.</p><p>El hombre guarda todo, respira profundo y se retira pensando que, tal vez, Javier Milei tenga razón cuando describe al Estado argentino como una máquina que muchas veces fabrica obstáculos en lugar de soluciones.</p><p>Esa misma tarde recibe una llamada. Su madre se descompensó y fue trasladada a un hospital público. La atendieron profesionales formados en una universidad nacional, llegó hasta allí por una calle construida con recursos públicos y accedió a medicamentos mediante un sistema que, aun con carencias y demoras, no le preguntó primero cuánto dinero tenía en su cuenta bancaria.En pocas horas, el mismo ciudadano conoció las dos caras del Estado: la burocracia que demora y la institución que protege. Por eso, la discusión central no consiste en elegir entre tener Estado o eliminarlo. La pregunta seria es otra: qué Estado necesitamos, para cumplir qué funciones, con qué recursos, con qué resultados y al servicio de quién.</p><p>Orden fiscal: un acierto&nbsp;necesarioHay que reconocerlo, incluso cuando incomode a una parte de la oposición: varias reformas impulsadas por el Gobierno nacional eran necesarias. La Argentina llevaba demasiado tiempo naturalizando el déficit permanente, la emisión monetaria, la inflación crónica y la utilización del aparato público como refugio de militantes, familiares, asesores y estructuras cuya utilidad concreta nadie podía demostrar.</p><p>El equilibrio fiscal no es una extravagancia ideológica ni una obsesión contable. Es una condición básica de estabilidad. Un Estado que gasta sistemáticamente más de lo que recauda termina financiándose con impuestos, deuda o emisión. Las tres vías tienen límites y, tarde o temprano, trasladan el costo a la sociedad, especialmente a quienes menos herramientas poseen para protegerse.</p><p>La baja de la inflación no es solamente una mejora estadística. Permite que un comerciante calcule sus costos con algo más de previsibilidad, reduce la pérdida de ingresos entre el comienzo y el final del mes y evita que una familia deba convertirse en especialista financiera para defender sus ahorros. La estabilidad también es una política social, porque la inflación castiga con mayor dureza a quienes viven de ingresos fijos y conservan sus recursos en pesos.</p><p>La política de desregulación tuvo, además, aspectos positivos. Según la información oficial, hasta junio de 2026 se habían dictado 689 normas de desregulación, modificado o eliminado 2.699 normativas y revisado más de 16.000 artículos. Detrás de esos números existen trámites redundantes, registros superpuestos y exigencias que, muchas veces, protegían más a una burocracia o a intereses establecidos que al ciudadano.</p><p>Eliminar formularios inútiles, digitalizar expedientes, simplificar habilitaciones, compartir información entre organismos y revisar estructuras duplicadas son reformas razonables.Cuando la motosierra deja&nbsp;de distinguirEl problema aparece cuando una herramienta necesaria se transforma en una identidad política. Una motosierra puede cortar una rama seca, pero también puede dañar el tronco que sostiene al árbol. El Estado argentino requería una revisión profunda; revisar, sin embargo, no es arrasar. Reducir cargos políticos, organismos superpuestos o gastos sin finalidad no equivale a debilitar hospitales, universidades, infraestructura, ciencia, políticas de discapacidad o capacidades de regulación.</p><p>Desde la perspectiva de las finanzas públicas, el equilibrio de las cuentas responde solamente a una de las preguntas que debe formularse un gobierno. La buena gestión fiscal exige contestar al menos tres: cuánto se gasta, en qué se gasta y qué resultados produce ese gasto. Reducir el déficit puede resolver la primera dimensión, pero no garantiza por sí mismo una asignación inteligente ni una prestación eficiente.</p><p>La disciplina fiscal es indispensable, pero necesita criterio. Sin prioridades, el ajuste puede ser contablemente exitoso y económicamente miope.Una parte del orden fiscal se obtuvo mediante la compresión de gastos y transferencias que cumplen funciones económicas y sociales relevantes.</p><p>La postergación de obras, el deterioro real de remuneraciones en áreas sensibles, la incertidumbre presupuestaria y la pérdida de equipos técnicos no siempre aparecen de inmediato en el resultado mensual del Tesoro. Sus efectos surgen después: rutas deterioradas, proyectos demorados, profesionales que se alejan, menor investigación, servicios saturados y costos productivos más altos.</p><p>La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué ocurre cuando la macroeconomía comienza a ordenarse, pero una parte de las familias, las industrias, las pequeñas empresas y las economías regionales todavía no encuentra su lugar dentro de ese orden? No alcanza con responder que el mercado resolverá todo en algún momento. La política debe administrar la transición, porque las reformas estructurales generan costos concretos y no todos los sectores disponen del mismo tiempo ni de la misma capacidad para absorberlos.</p><p>Una economía no se desarrolla solamente porque el Tesoro deja de tener déficit. También necesita inversión, infraestructura, crédito, educación, innovación, empresas competitivas y trabajadores con ingresos suficientes para consumir.</p><p>El mercado necesita libertad, pero también caminos, energía, justicia, seguridad y capital humano. Y necesita un Estado capaz de impedir que la desregulación termine reemplazando la competencia por posiciones dominantes. Retirar controles inútiles puede ampliar la libertad; destruir toda capacidad de control puede dejar al ciudadano solo frente a actores mucho más poderosos.</p><p>Milei interpretó un enojo verdadero. Pero la casta no es la maestra que enseña en una escuela rural, el médico que cumple una guardia, el investigador que trabaja en un laboratorio, el empleado municipal que recoge residuos ni el administrativo que atiende correctamente a un contribuyente.&nbsp;La casta aparece cuando el poder se utiliza para colocar amigos, garantizar impunidad, obtener negocios, eludir controles o convertir recursos públicos en patrimonio partidario.Además, los privilegios no existen solamente dentro del Estado. También pueden aparecer en empresas protegidas de la competencia, sindicatos cerrados, corporaciones profesionales, concesionarios y organizaciones privadas que utilizan su influencia para obtener ventajas.</p><p>La reforma que todavía faltaLa Argentina no necesita regresar al Estado desordenado, deficitario y colonizado por intereses políticos. Pero tampoco debe avanzar hacia un Estado ausente, incapaz de garantizar derechos, planificar el desarrollo o intervenir frente a desigualdades profundas.</p><p>El equilibrio fiscal debe incorporar una mirada intertemporal: no todo gasto es consumo y no todo ahorro genera riqueza. Postergar mantenimiento o inversión puede mejorar el presente contable a costa de empeorar el futuro económico.</p><p>En un país federal, además, el rediseño debe incluir a provincias y municipios, responsables de buena parte de los servicios que la población utiliza cada día. No existe un Estado nacional eficiente si el ajuste simplemente traslada obligaciones sin recursos a los niveles subnacionales.</p><p>La coordinación fiscal debe premiar la responsabilidad, pero también asegurar estándares mínimos de educación, salud, infraestructura y protección social en todo el territorio.</p><p>La Argentina necesita salir de la falsa elección entre un Estado elefante y un Estado fantasma. No debe volver al aparato burocrático que multiplicaba oficinas mientras los problemas seguían intactos. Pero tampoco puede aceptar un Estado reducido hasta la impotencia, que se retire de funciones esenciales bajo la expectativa de que todo será resuelto espontáneamente por el mercado.</p><p>La moderación no significa tibieza, neutralidad ni falta de convicciones. Significa distinguir. Defender con la misma firmeza el equilibrio fiscal y la inversión estratégica; eliminar privilegios sin abandonar derechos; promover la libertad económica sin renunciar a la competencia; reducir burocracia sin destruir capacidades; y comprender que el orden de la caja debe estar al servicio de un proyecto de desarrollo.</p><p>Significa reconocer que Milei tuvo razón al cuestionar el déficit, la inflación y una burocracia muchas veces ineficiente, pero también advertir que la motosierra, cuando deja de diferenciar entre lo inútil y lo indispensable, puede debilitar aquello que después resulta mucho más costoso reconstruir. Reconocer un acierto no obliga a justificar todas sus consecuencias; señalar un daño no exige negar todo el proceso de estabilización.</p><p>Los extremos ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Uno promete que el Estado puede resolverlo todo sin restricciones; el otro sostiene que casi cualquier problema se resuelve retirándolo. Ambos alimentan la frustración y la división.</p><p>Tal vez el hombre de nuestra historia regrese algún día a aquella oficina. Quizás ya no tenga que llevar una carpeta ni presentar información que el propio Estado posee. Tal vez pueda completar el trámite desde su teléfono en pocos minutos, conocer el estado del expediente y reclamar si el plazo no se cumple.</p><p>Y si esa misma tarde su madre vuelve a necesitar atención, encontrará un hospital equipado, profesionales reconocidos y medicamentos disponibles. Ese sería un verdadero Estado moderno: uno que no molesta cuando no es necesario y que nunca desaparece cuando la sociedad más lo necesita.</p><p>El equilibrio fiscal debe ser el punto de partida, no el punto de llegada. Pero convertir la caja en la única medida del éxito también es una forma de fracaso: un presupuesto puede cerrar y, al mismo tiempo, dejar abiertas las heridas de una sociedad que pierde producción, infraestructura, conocimiento y oportunidades.</p><p>El país se reconstruirá cuando el orden fiscal se transforme en desarrollo, la eficiencia en confianza y la libertad en una posibilidad concreta para todos.</p><p>Ni elefante ni fantasma: un Estado que sepa retirarse donde estorba, actuar donde hace falta y permanecer, con firmeza, allí donde se juega el futuro de su gente.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Una mañana cualquiera, un hombre entra a una oficina pública con una carpeta debajo del brazo. Lleva fotocopias, formularios, una constancia descargada de internet y otra que, por una razón que nadie consigue explicarle, debe presentar impresa. Espera cuarenta minutos. Cuando finalmente llega su turno, la empleada revisa los papeles y le informa que falta una firma.]]>
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                                <updated>2026-07-18T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-18T04:30:00+00:00</published>
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            Cuando Argentina juega unida
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Ese fenómeno no se explica solamente por el fútbol. El fútbol es apenas el disparador visible de algo mucho más profundo. Lo que aparece en esos días es una identidad colectiva que muchas veces permanece escondida bajo la superficie de la discusión cotidiana. El Mundial nos recuerda que, cuando tenemos un objetivo común, los argentinos tenemos la capacidad de emocionarnos juntos, organizarnos espontáneamente, acompañarnos y celebrar sin preguntarle al otro de dónde viene ni qué piensa.Pero lo más valioso no sucede únicamente dentro de la cancha. Sucede afuera. En las calles, en las plazas, en las avenidas, en los barrios, en las familias, en los comercios, en los lugares de trabajo. Las caravanas y los festejos muestran una Argentina distinta. Jóvenes ayudando a cruzar a personas mayores para que puedan sumarse a la celebración. Gente haciendo lugar para quienes tienen dificultades de movilidad. Familias enteras compartiendo una bandera. Desconocidos abrazándose por un gol. Personas que jamás se habían visto compartiendo una sonrisa sincera.Es como si, por un instante, recordáramos quiénes somos realmente. Entonces surge una pregunta inevitable: si somos capaces de convivir así durante un Mundial, ¿por qué nos cuesta tanto hacerlo el resto del tiempo?</p><p>La Argentina tiene una enorme capacidad para unirse detrás de una ilusión deportiva, pero una enorme dificultad para construir acuerdos duraderos en torno a sus problemas estructurales. Nos emocionamos juntos con una camiseta, pero nos dividimos rápidamente cuando hay que discutir educación, trabajo, seguridad, impuestos, deuda pública, infraestructura, producción o desarrollo. Allí donde deberíamos construir políticas de largo plazo, muchas veces caemos en la lógica del enfrentamiento permanente.Uno de los grandes problemas nacionales ha sido haber reemplazado el debate por la pertenencia. En demasiadas ocasiones no analizamos las ideas por su contenido, sino por quién las propone. Aplaudimos o rechazamos según el color político, no según la razonabilidad de la propuesta.&nbsp;Esa forma de convivencia pública tiene costos enormes. No solo deteriora la calidad institucional. También afecta la economía, las finanzas públicas y la vida cotidiana de la gente.</p><p>Porque la economía no se ordena únicamente con medidas técnicas. También necesita confianza. Y la confianza requiere previsibilidad, diálogo, reglas claras y acuerdos mínimos.&nbsp;Ningún país logra desarrollarse si cada cambio de gobierno implica empezar de cero, deshacer todo lo anterior y construir un relato nuevo como si la historia comenzara otra vez. Ninguna sociedad puede progresar si convierte cada discusión pública en una batalla entre vencedores y vencidos.La Argentina necesita consensos básicos. Consensos sobre la estabilidad macroeconómica, la responsabilidad fiscal, la calidad del gasto público, la educación, la infraestructura, la producción, el empleo privado, el federalismo, la seguridad jurídica y la inserción inteligente en el mundo. No se trata de que todos pensemos igual. Eso sería imposible y, además, indeseable. Se trata de aceptar que existen temas que deberían estar por encima de cualquier gobierno y de cualquier coyuntura electoral.</p><p>En materia fiscal, por ejemplo, el país arrastra desde hace décadas una discusión pendiente. Hemos tenido ciclos de expansión del gasto sin financiamiento genuino, períodos de endeudamiento excesivo, ajustes abruptos, presión tributaria mal distribuida, inflación persistente y una enorme dificultad para transformar los recursos públicos en servicios de calidad.&nbsp;Un país serio no puede discutir sus cuentas públicas cada cuatro años como si fueran un botín electoral. La responsabilidad fiscal debería ser una política de Estado. Pero también debería serlo la sensibilidad social. Ordenar las cuentas no puede significar abandonar a los sectores más vulnerables. Y sostener políticas sociales no puede ser excusa para destruir el equilibrio fiscal.La verdadera discusión está en encontrar un Estado que sea financieramente responsable, socialmente presente y administrativamente eficiente.</p><p>La Argentina ha sufrido tanto por el despilfarro como por los ajustes mal diseñados. Ha conocido gobiernos que gastaron más de lo que podían y gobiernos que, en nombre del orden fiscal, descuidaron áreas estratégicas para el desarrollo. La salida no está en elegir entre Estado ausente o Estado desordenado. La salida está en construir un Estado inteligente, moderno, transparente, que mida resultados y que ponga los recursos donde realmente generan valor público.Lo mismo ocurre con el sistema tributario. Hace años que se habla de la necesidad de una reforma integral, pero casi nunca se avanza con la profundidad necesaria. Argentina tiene una estructura impositiva compleja, distorsiva y muchas veces injusta. Se grava demasiado a quienes producen, trabajan y cumplen, mientras amplios sectores quedan fuera del sistema o encuentran formas de eludirlo. La carga tributaria termina afectando la inversión, la formalización del empleo y la competitividad.También necesitamos consensos sobre la inversión pública. Durante años, la obra pública fue usada muchas veces como herramienta electoral, con proyectos anunciados, demorados, paralizados o ejecutados sin planificación. Pero un país no se desarrolla sin infraestructura. Rutas, puertos, energía, conectividad, saneamiento, viviendas, escuelas, hospitales y logística son condiciones básicas para crecer. La discusión no debería ser obra pública sí u obra pública no. La discusión seria es qué obras, con qué financiamiento, con qué controles, con qué prioridades y con qué impacto productivo y social.</p><p>El Mundial nos muestra algo que la política y la economía deberían aprender: cuando el objetivo es claro, todos entendemos el rol que nos toca. Nadie le pide al arquero que juegue de delantero ni al defensor que haga lo que corresponde al técnico. Hay estrategia, preparación, liderazgo, equipo y confianza. Cada uno cumple una función, pero todos comparten una misma meta.En la vida pública debería ocurrir algo parecido. El sector privado tiene un rol central en la generación de empleo, inversión e innovación. El Estado debe crear condiciones, regular con inteligencia, garantizar derechos, invertir en infraestructura y asegurar servicios públicos de calidad.&nbsp;Las universidades deben aportar conocimiento, investigación y formación. Los sindicatos deben defender derechos laborales, pero también participar de una discusión moderna sobre productividad y empleo.&nbsp;Las organizaciones sociales deben ser parte de la reconstrucción del tejido comunitario. Los medios de comunicación deben informar, controlar y promover debates honestos. La ciudadanía debe involucrarse más allá del enojo circunstancial.Nadie puede ganar solo el partido del desarrollo.</p><p>La Argentina tiene recursos naturales, talento humano, capacidad productiva, creatividad, ciencia, cultura, turismo, energía, campo, industria y una sociedad solidaria que el mundo admira cada vez que llega un Mundial. Pero todo ese potencial necesita ordenarse detrás de un proyecto común.&nbsp;Quizás el verdadero desafío no sea ganar otra Copa del Mundo. Quizás el desafío sea conservar ese espíritu cuando el árbitro marca el final del partido.</p><p>Porque el país no va a salir adelante por la voluntad de un solo dirigente, de un solo partido, de un solo sector o de una sola generación. La salida será colectiva o no será. El día que entendamos que pensar distinto no significa ser enemigos, que reconocer un acierto ajeno no implica renunciar a las propias ideas y que el bien común debe estar por encima de cualquier fanatismo, habremos dado un paso más importante que cualquier victoria deportiva.</p><p>Cuando Argentina juega unida, demuestra que puede lograr cosas extraordinarias. La pregunta es si estaremos dispuestos a hacer lo mismo cuando el partido más importante no se juegue en una cancha, sino en el futuro del país y de nuestra propia ciudad.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay algo profundamente argentino que ocurre cada vez que la Selección disputa un Mundial. De pronto, durante noventa minutos, desaparecen diferencias que durante el resto del año parecen insalvables. Ya no importa si uno es de Boca, River, Racing, Independiente, San Lorenzo o del club del barrio. Tampoco importa la provincia, la profesión, la edad, la condición social o la mirada política. Por un rato, todos tiramos para el mismo lado.]]>
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                                <updated>2026-07-11T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-11T04:30:00+00:00</published>
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            Tres gobiernos, tres modelos y una misma deuda pendiente: la reforma tributaria que nunca llega
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante los últimos años, la Argentina cambió varias veces de orientación económica. Cambiaron los discursos, las prioridades y los nombres de los programas. Pero hubo algo que no cambió: la ausencia de una reforma tributaria integral, seria y duradera.El país pasó del modelo de Mauricio Macri, orientado a aliviar la carga sobre empresas y sectores de mayor capacidad económica; al modelo de Alberto Fernández, centrado en sostener ingresos, consumo y gasto público; y luego al modelo de Javier Milei, basado en el equilibrio fiscal, el blanqueo de activos y los incentivos a las grandes inversiones.Sin embargo, los tres modelos dejaron la misma deuda pendiente: ninguno logró construir confianza tributaria.</p><p>Macri: bajar impuestos para atraer inversiónEl gobierno de Mauricio Macri llegó con una promesa clara: reducir la presión tributaria, normalizar la economía y generar condiciones para que el sector privado invirtiera.La reforma tributaria de 2017 fue la expresión más clara de ese enfoque. En materia de Ganancias, se dispuso una reducción gradual de la alícuota para sociedades, del 35% al 30% y luego al 25%, acompañada por un impuesto sobre dividendos. La lógica era simple: si las empresas pagaban menos impuestos sobre utilidades reinvertidas, habría más inversión, más producción y más empleo.A eso se sumaron reducciones de derechos de exportación, beneficios para ciertos sectores productivos y el gran Sinceramiento Fiscal de 2016. Ese blanqueo fue, desde el punto de vista cuantitativo, uno de los más exitosos de la historia argentina: se exteriorizaron activos por USD 116.800 millones, de los cuales USD 93.300 millones estaban en el exterior.Pero el resultado final mostró los límites del enfoque. La baja selectiva de impuestos no alcanzó para consolidar inversión sostenida ni confianza duradera. La fragilidad fiscal, el endeudamiento, la inestabilidad cambiaria y la falta de dólares terminaron obligando al país a recurrir nuevamente al Fondo Monetario Internacional. En junio de 2018, el FMI aprobó un acuerdo Stand-By por USD 50.000 millones para la Argentina.La enseñanza de ese período es importante: bajar impuestos a sectores de mayor capacidad contributiva puede mejorar incentivos, pero no garantiza inversión si no existe estabilidad macroeconómica, previsibilidad cambiaria, solvencia fiscal y reglas duraderas.</p><p>Alberto Fernández: aliviar a&nbsp;trabajadores, recaudar en&nbsp;emergencia y sostener&nbsp;consumo</p><p>El gobierno de Alberto Fernández asumió con otra prioridad. Su política tributaria estuvo más orientada a sostener ingresos, financiar el gasto público, asistir a sectores afectados por la pandemia y apuntalar el consumo interno.La Ley de Solidaridad Social y Reactivación Productiva declaró la emergencia pública y creó, entre otros instrumentos, el Impuesto PAIS, aplicado inicialmente sobre operaciones vinculadas a la compra de divisas, consumos en el exterior y servicios contratados fuera del país.También se modificó Bienes Personales, se aprobó el Aporte Solidario y Extraordinario sobre grandes patrimonios y se impulsaron moratorias. El aporte extraordinario fue presentado como una medida excepcional para atender los efectos de la pandemia y alcanzó a patrimonios superiores a $200 millones, con alícuotas diferenciadas para bienes en el país y en el exterior.En Ganancias, el gobierno buscó aliviar la carga sobre trabajadores. En 2021 se promulgó una modificación que eximía del pago del impuesto a más de 1,2 millones de asalariados, trabajadores y jubilados.Pero al mismo tiempo, la política tributaria sobre empresas tuvo un giro distinto. La reforma de Ganancias para sociedades reemplazó la alícuota fija del 30% por una escala progresiva del 25% al 35%, según el nivel de ganancia neta imponible.El problema central de ese período fue que la inflación terminó deformando todo. Muchas empresas y contribuyentes pagaron impuestos no porque hubieran mejorado realmente su rentabilidad, sino porque sus ventas, ingresos o patrimonios aumentaban nominalmente por efecto de la inflación.De esa manera, el sistema tributario perdió equidad y previsibilidad. La intención de sostener el consumo terminó conviviendo con más presión sobre la actividad formal, más distorsiones y una inflación que en 2023 alcanzó el 211,4% anual, con una economía que cerró ese año en contracción.El resultado fue otra frustración: se alivió parcialmente a trabajadores, se gravó más a patrimonios y empresas, pero tampoco se logró un sistema más ordenado, más simple ni más confiable.</p><p>Milei: equilibrio fiscal, blanqueo y beneficios para grandes&nbsp;inversiones</p><p>El El gobierno de Javier Milei plantea un tercer modelo. Su eje es el equilibrio fiscal, la reducción del déficit, la desregulación y la atracción de capital privado.El instrumento más representativo de este enfoque es el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, conocido como RIGI. El régimen fue diseñado para grandes proyectos y ofrece beneficios tributarios, aduaneros, cambiarios y estabilidad normativa por un plazo prolongado. La lógica oficial es clara: si el país garantiza reglas estables, menor carga fiscal y seguridad jurídica para grandes inversiones, el capital privado debería llegar, producir, exportar y generar empleo.Desde ese punto de vista, puede decirse que el gobierno de Milei fue, al menos en términos normativos y discursivos, uno de los que más hizo para seducir al capital privado y a la inversión extranjera. Pocas veces se ofreció un paquete tan amplio de beneficios fiscales, estabilidad y garantías para grandes proyectos.Sin embargo, allí aparece una paradoja que no puede ser ignorada. A pesar de haber impulsado uno de los esquemas más favorables para las grandes inversiones, los resultados iniciales no estuvieron a la altura de esa expectativa. Según datos de la CEPAL, en 2024 la inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe creció 7,1%, pero Argentina estuvo entre los países donde los ingresos de inversión extranjera directa fueron inferiores a los de 2023.Ese dato obliga a formular una pregunta incómoda pero necesaria: si el gobierno que más beneficios ofreció al capital no logró, en su primer año, una respuesta contundente de la inversión extranjera, ¿el problema argentino es solamente tributario? ¿O estamos frente a una dificultad más profunda vinculada con la confianza, la estabilidad política, la previsibilidad macroeconómica, el mercado interno, el cepo, el riesgo país y la historia recurrente de cambios de reglas?La respuesta parece evidente. Los beneficios fiscales pueden ser importantes, pero no alcanzan por sí solos para reconstruir confianza. Una empresa puede valorar una menor carga tributaria, pero también mira la estabilidad cambiaria, la seguridad jurídica efectiva, la demanda futura, la infraestructura, el financiamiento, la conflictividad política y la capacidad real del país para sostener las reglas que promete.A su vez, el modelo también presenta una tensión distributiva. Mientras se otorgan beneficios relevantes a grandes inversiones y patrimonios, se restituyó el Impuesto a las Ganancias para una parte de los trabajadores formales. La Ley 27.743, además, incluyó una moratoria, un nuevo régimen de regularización de activos y un régimen especial vinculado a Bienes Personales.Por eso, más que una baja generalizada de la carga tributaria, lo que se observa es una estrategia selectiva: alivio, estabilidad y beneficios para ciertos patrimonios y grandes proyectos, mientras continúa siendo elevada la presión sobre el consumo, el trabajo formal y las actividades económicas tradicionales.</p><p>La deuda común: todos&nbsp;recurrieron a parches</p><p>Macri apostó a bajar impuestos a empresas y grandes patrimonios. Alberto Fernández buscó aliviar a trabajadores y gravar patrimonios, consumo externo y sectores de mayor capacidad contributiva. Milei volvió a poner el foco en grandes inversiones, blanqueo, estabilidad fiscal selectiva y simplificación para ciertos contribuyentes.</p><p>Son tres modelos distintos. Pero los tres compartieron un problema: ninguno resolvió el desorden estructural del sistema tributario argentino. La Argentina sigue sin generar la confianza suficiente para que el contribuyente cumpla con convicción, el capital se quede, la inversión llegue y el sistema tributario sea percibido como justo.</p><p>Después de Macri, Alberto Fernández y Milei, la conclusión es evidente: la Argentina no necesita otro parche tributario. Necesita un sistema tributario serio, equitativo, progresivo y confiable.Porque sin confianza no hay inversión. Sin inversión no hay crecimiento. Y sin un Estado que cobre bien, gaste mejor y trate con justicia al contribuyente, no hay desarrollo posible.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La Argentina probó distintos caminos: bajar impuestos a las empresas, sostener el consumo, atraer grandes inversiones y blanquear capitales. Sin embargo, después de tres gobiernos de distinto signo político, el país sigue sin construir un sistema tributario simple, justo, progresivo y confiable.]]>
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                                <updated>2026-07-04T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-04T04:30:00+00:00</published>
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            Al igual que la Argentina, Concordia también vive una economía de dos velocidades: quiénes crecen y quiénes apenas sobreviven
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La economía argentina vuelve a mostrar señales de recuperación en algunos indicadores generales. Sin embargo, cuando se analiza con mayor detalle, aparece una realidad más compleja: no todos los sectores crecen al mismo ritmo, no todos generan el mismo impacto sobre el empleo y no todos reciben las mismas condiciones para desarrollarse.</p><p>Por eso, al momento de evaluar el crecimiento de un país, no alcanza con mirar solamente si el nivel de actividad sube o baja. También es necesario observar qué sectores impulsan ese crecimiento, cuántos puestos de trabajo generan, qué capacidad tienen para integrar proveedores locales, cuánto valor agregan dentro del territorio y de qué manera ese dinamismo llega —o no llega— a la vida cotidiana de las familias.</p><p>En la Argentina actual conviven actividades que muestran una mayor capacidad de expansión, apoyadas en ventajas competitivas, precios internacionales, grandes inversiones, tecnología, escala productiva o beneficios fiscales específicos. Pero, al mismo tiempo, existen otros sectores que avanzan con muchas más dificultades: el comercio local, las pequeñas y medianas empresas, la construcción, la gastronomía, los servicios personales y buena parte de las actividades vinculadas al consumo interno.</p><p>Allí aparece la idea de una Argentina a dos velocidades.</p><p>La primera velocidad: los sectores beneficiados</p><p>En la primera velocidad aparecen los sectores vinculados con grandes inversiones, exportaciones, recursos naturales, energía, minería, agroindustria, determinadas actividades financieras y empresas de gran escala. Son actividades importantes para el país porque generan divisas, inversión, producción y, en algunos casos, desarrollo tecnológico.</p><p>El problema no es que estos sectores crezcan. Argentina necesita exportar, atraer inversiones y aumentar su productividad. El problema aparece cuando el Estado concentra en ellos la mayor parte de los beneficios fiscales, mientras los sectores que más empleo generan quedan prácticamente sin herramientas equivalentes.</p><p>Las grandes empresas y los proyectos de inversión de escala cuentan con regímenes promocionales, estabilidad tributaria, beneficios aduaneros, ventajas cambiarias, reducción de cargas, tratamientos especiales o facilidades que buscan garantizar rentabilidad y previsibilidad. A eso se suman condiciones externas favorables en algunos rubros: precios internacionales, demanda global, acceso a financiamiento, tecnología y mayor capacidad para absorber crisis.</p><p>Es decir, no solo parten de una posición competitiva más fuerte, sino que además reciben del Estado un conjunto de incentivos que mejora todavía más su situación relativa.</p><p>Esta no es una discusión contra la inversión. Sería absurdo negar la necesidad de que Argentina produzca más, exporte más y atraiga capitales. La cuestión central es otra: ¿por qué los sectores que ya tienen ventajas competitivas reciben los mayores beneficios, mientras el comercio local, las pymes y las familias siguen soportando una pesada carga tributaria?</p><p>La segunda velocidad: comercio, pymes y familias</p><p>En la otra velocidad están los comercios de barrio, las pequeñas y medianas empresas, la construcción local, la gastronomía, el transporte, los servicios profesionales, los talleres, los emprendimientos familiares y las actividades que dependen del consumo interno.</p><p>Estos sectores son los que sostienen buena parte del empleo real de las ciudades. Son los que toman trabajadores, contratan proveedores locales, alquilan locales, pagan tasas municipales, compran insumos, financian clubes, colaboran con instituciones y mantienen viva la economía cotidiana.</p><p>Sin embargo, son justamente los que menos alivio reciben. Mientras una gran inversión puede acceder a estabilidad fiscal por décadas, una pyme no sabe si el mes próximo podrá pagar sueldos, alquiler, luz, tasas, impuestos, cargas sociales y proveedores. Mientras una empresa de escala negocia condiciones especiales, un comerciante local paga IVA, Ingresos Brutos, tasas municipales, contribuciones, impuestos bancarios y costos laborales sobre márgenes cada vez más reducidos.</p><p>La diferencia es brutal: unos reciben incentivos para invertir; otros apenas intentan sobrevivir.</p><p>Además, las pymes y comercios enfrentan un fenómeno nuevo y mucho más complejo: ya no compiten solamente con el negocio de la esquina. Compiten con plataformas digitales, importaciones, grandes cadenas, comercio electrónico, empresas extranjeras, automatización, inteligencia artificial y modelos de escala global.</p><p>Es decir, se les exige competir como si fueran grandes empresas, pero se los sigue tratando tributariamente como si tuvieran espaldas financieras ilimitadas.</p><p>No se trata de enfrentar sectores, sino de equilibrar el desarrollo</p><p>Sería un error plantear esta discusión como una guerra entre campo e industria, entre grandes empresas y pymes, o entre exportadores y mercado interno. El país necesita a todos. Necesita exportadores, energía, minería, agroindustria, tecnología, industria nacional, comercio, servicios, turismo, construcción y economía del conocimiento.</p><p>El problema es cuando el Estado elige, por acción u omisión, a quién le ofrece un puente y a quién lo deja cruzar el río nadando.</p><p>Un modelo de desarrollo equilibrado debería utilizar la potencia de los sectores más competitivos para fortalecer cadenas de valor locales, proveedores nacionales, pymes regionales, empleo formal, infraestructura, capacitación e innovación tecnológica.</p><p>Si una gran inversión se instala en el país, debería generar una red de proveedores locales. Si una actividad exportadora recibe beneficios, debería integrarse con la industria nacional. Si un sector obtiene estabilidad fiscal, debería comprometer empleo, transferencia tecnológica y compras regionales. Si el Estado resigna recaudación para promover inversiones, también debe garantizar que esa resignación vuelva a la sociedad en forma de trabajo, desarrollo territorial y mayor productividad.</p><p>El beneficio fiscal no puede ser solamente una concesión. Debe ser una herramienta de desarrollo.</p><p>Concordia también tiene dos velocidades</p><p>Esta discusión nacional tiene una expresión muy concreta en Concordia. Nuestra ciudad también convive con dos realidades. Por un lado, existen actividades con potencial: citricultura, madera, producción agroindustrial, turismo, servicios, logística, comercio regional y economía del conocimiento. Hay sectores que podrían insertarse mejor en cadenas de valor provinciales, nacionales e internacionales.</p><p>Pero por otro lado, Concordia tiene una enorme economía urbana que depende del ingreso de las familias: comercios, pequeños prestadores de servicios, construcción, gastronomía, transporte, profesionales, emprendedores, talleres, feriantes y trabajadores independientes.</p><p>Cuando cae el consumo, Concordia lo siente inmediatamente. Lo siente el almacén, la carnicería, la farmacia, el kiosco, el corralón, el remisero, el gastronómico, el profesional independiente y el pequeño contribuyente municipal. Lo siente también el municipio, porque baja la recaudación, aumenta la morosidad y se debilita la capacidad de financiar servicios públicos.</p><p>Por eso, hablar de “dos velocidades” en Concordia no es una metáfora. Es una realidad económica y social.</p><p>Hay sectores que pueden tener alguna oportunidad vinculada con exportaciones, turismo, producción primaria o servicios especializados. Pero hay una gran parte de la ciudad que depende del mercado interno, del salario, de la jubilación, del empleo público, del empleo privado local y del movimiento comercial diario.</p><p>Si esa segunda velocidad se frena, se frena Concordia.</p><p>Qué debería hacer Concordia</p><p>El municipio no puede resolver por sí solo los problemas macroeconómicos del país. No maneja el tipo de cambio, la inflación, las tasas de interés, el IVA ni la política comercial nacional. Pero sí puede hacer algo muy importante: diseñar una política local para que Concordia no quede atrapada en la velocidad lenta.</p><p>Primero, debe identificar con precisión cuáles son los sectores que generan más empleo local y cuáles tienen mayor potencial de crecimiento. No alcanza con discursos generales. Se necesita información: cuántas empresas abren, cuántas cierran, qué sectores pierden empleo, cuáles demandan trabajadores, qué actividades tienen capacidad exportadora y qué pymes podrían integrarse como proveedoras.</p><p>Segundo, debe revisar la presión tributaria municipal sobre el comercio y las pymes. En una ciudad con baja actividad, alta informalidad y fuerte dependencia del consumo interno, no se puede pensar la política fiscal únicamente desde la necesidad de recaudar. También hay que pensarla desde la necesidad de sostener actividad económica.</p><p>Tercero, Concordia necesita una estrategia de compre local, proveedores locales y encadenamientos productivos. Cada obra, cada contratación pública, cada evento turístico y cada política municipal debería preguntarse cuántos pesos quedan en la ciudad y cuántos empleos locales genera.</p><p>Cuarto, debe acompañar la transformación tecnológica de las pymes. La competencia digital no va a desaparecer. El comercio local necesita herramientas para vender mejor, cobrar mejor, administrar mejor, promocionarse mejor y competir en un mercado donde las plataformas ya no son una opción, sino una realidad.</p><p>Quinto, la política social y la política productiva no pueden caminar separadas. En Concordia, la salida de fondo no puede ser solamente asistencia. Tiene que ser empleo, capacitación, formalización, pequeñas inversiones, apoyo a emprendedores, créditos accesibles y reducción de trabas burocráticas.</p><p>La pregunta que importa</p><p>La verdadera pregunta no es si Argentina va a crecer. La pregunta es quiénes van a participar de ese crecimiento.</p><p>El punto central no es negar la importancia de los sectores que crecen. Al contrario: Argentina necesita que esos sectores se expandan. La cuestión de fondo es analizar si ese crecimiento alcanza para generar empleo suficiente, fortalecer las economías regionales, sostener a las pymes y mejorar el ingreso de las familias.</p><p>Concordia necesita mirar este debate con mucha atención. Porque si el país consolida un modelo donde los beneficios se concentran arriba y los costos se pagan abajo, las ciudades más vulnerables serán las primeras en sentirlo.</p><p>No se trata de castigar a los que invierten. Se trata de no abandonar a los que trabajan, producen, venden, emplean y sostienen la economía diaria.</p><p>Esa es la discusión que debemos dar también en Concordia: cómo interpretar esta economía de dos velocidades y, sobre todo, qué puede hacer la ciudad para que el crecimiento no quede concentrado en pocos sectores, sino que se traduzca en más actividad, más empleo y más oportunidades para todos.</p><p>Una Argentina a dos velocidades puede mostrar buenos números en algunos despachos, pero dejar demasiada gente al costado del camino. Y una ciudad como Concordia no puede darse ese lujo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Mientras algunos sectores logran aprovechar oportunidades vinculadas a las exportaciones, el turismo o la producción, buena parte de la economía urbana depende de un consumo cada vez más debilitado. Este análisis explica cómo el modelo económico nacional impacta en Concordia y por qué la ciudad necesita políticas que eviten que el crecimiento quede concentrado en unos pocos.]]>
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                                <updated>2026-07-02T04:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-07-02T04:15:00+00:00</published>
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        <title>
            La Argentina de las dos velocidades: sectores que avanzan y sectores que quedan rezagados
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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Pero también existen sectores que avanzan con muchas más dificultades: el comercio local, las pequeñas y medianas empresas, la construcción, la gastronomía, los servicios personales y buena parte de las actividades vinculadas al consumo interno.Allí aparece la idea de una Argentina a dos velocidades.</p><p>La primera velocidad: los sectores beneficiados</p><p>En la primera velocidad aparecen los sectores vinculados con grandes inversiones, exportaciones, recursos naturales, energía, minería, agroindustria, determinadas actividades financieras y empresas de gran escala. Son actividades importantes porque generan divisas, inversión, producción y, en algunos casos, desarrollo tecnológico.</p><p>El problema no es que estos sectores crezcan. Argentina necesita exportar, atraer inversiones y aumentar su productividad. El problema aparece cuando el Estado concentra en ellos la mayor parte de los beneficios fiscales, mientras los sectores que más empleo generan quedan sin herramientas equivalentes.</p><p>Las grandes empresas y los proyectos de escala cuentan con regímenes promocionales, estabilidad tributaria, beneficios aduaneros, ventajas cambiarias, reducción de cargas, tratamientos especiales o facilidades que buscan garantizar rentabilidad y previsibilidad. A eso se suman condiciones externas favorables: precios internacionales, demanda global, financiamiento, tecnología y mayor capacidad para absorber crisis.</p><p>Es decir, no solo parten de una posición competitiva más fuerte, sino que además reciben del Estado incentivos que mejoran todavía más su situación relativa.</p><p>Esta no es una discusión contra la inversión. Sería absurdo negar la necesidad de que Argentina produzca más, exporte más y atraiga capitales. 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Compiten con plataformas digitales, importaciones, grandes cadenas, comercio electrónico, empresas extranjeras, automatización, inteligencia artificial y modelos de escala global.</p><p>Es decir, se les exige competir como si fueran grandes empresas, pero se los sigue tratando tributariamente como si tuvieran espaldas financieras ilimitadas.</p><p>No se trata de enfrentar sectores, sino de equilibrar el desarrollo</p><p>Sería un error plantear esta discusión como una guerra entre campo e industria, entre grandes empresas y pymes, o entre exportadores y mercado interno. El país necesita a todos: exportadores, energía, minería, agroindustria, tecnología, industria nacional, comercio, servicios, turismo, construcción y economía del conocimiento.</p><p>El problema es cuando el Estado elige, por acción u omisión, a quién le ofrece un puente y a quién lo deja cruzar el río nadando.Un modelo de desarrollo equilibrado debería utilizar la potencia de los sectores más competitivos para fortalecer cadenas de valor locales, proveedores nacionales, pymes regionales, empleo formal, infraestructura, capacitación e innovación tecnológica.</p><p>Si una gran inversión se instala en el país, debería generar una red de proveedores locales. Si una actividad exportadora recibe beneficios, debería integrarse con la industria nacional. Si un sector obtiene estabilidad fiscal, debería comprometer empleo, transferencia tecnológica y compras regionales. El beneficio fiscal no puede ser solamente una concesión. Debe ser una herramienta de desarrollo.</p><p>Concordia también tiene dos velocidades</p><p>Esta discusión nacional tiene una expresión muy concreta en Concordia. Nuestra ciudad también convive con dos realidades.</p><p>Por un lado, existen actividades con potencial: citricultura, madera, producción agroindustrial, turismo, servicios, logística, comercio regional y economía del conocimiento. Hay sectores que podrían insertarse mejor en cadenas de valor provinciales, nacionales e internacionales.</p><p>Pero por otro lado, Concordia tiene una enorme economía urbana que depende del ingreso de las familias: comercios, pequeños prestadores de servicios, construcción, gastronomía, transporte, profesionales, emprendedores, talleres, feriantes y trabajadores independientes.</p><p>Cuando cae el consumo, Concordia lo siente inmediatamente. Lo siente el almacén, la carnicería, la farmacia, el kiosco, el corralón, el remisero, el gastronómico, el profesional independiente y el pequeño contribuyente municipal. Lo siente también el municipio, porque baja la recaudación, aumenta la morosidad y se debilita la capacidad de financiar servicios públicos.</p><p>Por eso, hablar de “dos velocidades” en Concordia no es una metáfora. Es una realidad económica y social.</p><p>Hay sectores que pueden tener oportunidades vinculadas con exportaciones, turismo, producción primaria o servicios especializados. Pero hay una gran parte de la ciudad que depende del mercado interno, del salario, de la jubilación, del empleo público, del empleo privado local y del movimiento comercial diario.</p><p>Si esa segunda velocidad se frena, se frena Concordia.</p><p>Qué debería hacer Concordia</p><p>El municipio no puede resolver por sí solo los problemas macroeconómicos del país. No maneja el tipo de cambio, la inflación, las tasas de interés, el IVA ni la política comercial nacional. Pero sí puede diseñar una política local para que Concordia no quede atrapada en la velocidad lenta.</p><p>Primero, debe identificar con precisión cuáles son los sectores que generan más empleo local y cuáles tienen mayor potencial de crecimiento. No alcanza con discursos generales. Se necesita información: empresas que abren y cierran, sectores que pierden empleo, actividades con capacidad exportadora y pymes que podrían integrarse como proveedoras.</p><p>Segundo, debe revisar la presión tributaria municipal sobre el comercio y las pymes. En una ciudad con baja actividad, alta informalidad y fuerte dependencia del consumo interno, no se puede pensar la política fiscal únicamente desde la necesidad de recaudar. 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Tiene que ser empleo, capacitación, formalización, pequeñas inversiones, apoyo a emprendedores, créditos accesibles y reducción de trabas burocráticas.</p><p>La pregunta que importa</p><p>La verdadera pregunta no es si Argentina va a crecer. La pregunta es quiénes van a participar de ese crecimiento.</p><p>El punto central no es negar la importancia de los sectores que crecen. Al contrario: Argentina necesita que esos sectores se expandan. La cuestión de fondo es analizar si ese crecimiento alcanza para generar empleo suficiente, fortalecer las economías regionales, sostener a las pymes y mejorar el ingreso de las familias.</p><p>Concordia necesita mirar este debate con mucha atención. Porque si el país consolida un modelo donde los beneficios se concentran arriba y los costos se pagan abajo, las ciudades más vulnerables serán las primeras en sentirlo.</p><p>No se trata de castigar a los que invierten. Se trata de no abandonar a los que trabajan, producen, venden, emplean y sostienen la economía diaria.</p><p>Esa es la discusión que debemos dar también en Concordia: cómo interpretar esta economía de dos velocidades y qué puede hacer la ciudad para que el crecimiento no quede concentrado en pocos sectores, sino que se traduzca en más actividad, más empleo y más oportunidades para todos.</p><p>Una Argentina a dos velocidades puede mostrar buenos números en algunos despachos, pero dejar demasiada gente al costado del camino. Y una ciudad como Concordia no puede darse ese lujo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La economía argentina vuelve a mostrar señales de recuperación en algunos indicadores generales. Sin embargo, cuando se analiza con mayor detalle, aparece una realidad más compleja: no todos los sectores crecen al mismo ritmo, no todos generan el mismo impacto sobre el empleo y no todos reciben las mismas condiciones para desarrollarse.]]>
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                                <updated>2026-06-20T04:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-20T04:15:00+00:00</published>
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        <title>
            Menos nacimientos, más longevidad: el nuevo desafío económico de Concordia
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay transformaciones que no hacen ruido, pero cambian el destino económico de una ciudad. La baja sostenida de la natalidad es una de ellas. No produce una crisis visible de un día para otro, pero altera lentamente la estructura de la población y obliga a mirar mucho más allá del próximo presupuesto municipal.</p><p>La Argentina está viviendo una transformación demográfica acelerada. En 2024 se registraron 413.135 nacidos vivos en todo el país. Diez años antes, la cifra superaba los 777.000. En apenas una década, la cantidad anual de nacimientos se redujo casi a la mitad. A su vez, las proyecciones oficiales del INDEC muestran una tasa global de fecundidad para 2025 de apenas 1,27 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional, que se ubica en torno a 2,1.</p><p>En el departamento Concordia, la señal es aún más clara. La tasa bruta de natalidad pasó de niveles superiores a 20 nacimientos cada mil habitantes en 2014 a poco más de 10 en 2024. La reducción es prácticamente del 50% en una década.&nbsp;</p><p>Esta información no debe leerse como una simple curiosidad estadística. Para una ciudad que ya convive con altos niveles de pobreza, baja tasa de actividad y dificultades estructurales para generar empleo privado formal, el cambio demográfico tiene consecuencias económicas directas.</p><p>La primera consecuencia está en el mercado laboral. Una ciudad con menos nacimientos hoy tendrá, en algunos años, menos jóvenes ingresando al sistema educativo, luego menos personas ingresando al mercado de trabajo y, finalmente, una base más reducida de contribuyentes y trabajadores activos. Si al mismo tiempo aumenta la proporción de adultos mayores, la presión sobre los sistemas de salud, cuidados y protección social será cada vez mayor.</p><p>El problema no es solamente cuántos habitantes tendrá Concordia dentro de veinte años. El verdadero problema es cuántos trabajadores tendrá, cuántos empleos formales podrá generar, cuánta productividad será capaz de construir y qué capacidad fiscal tendrá el Estado local para financiar servicios cada vez más complejos.</p><p>Hoy Concordia ya parte de una situación delicada. Según los últimos datos oficiales publicados por la DGEC, en el cuarto trimestre de 2025 la tasa de actividad del aglomerado Concordia fue del 43,1% y la tasa de empleo del 40,7%. Esto significa que una parte importante de la población no participa activamente del mercado laboral o no logra insertarse en un empleo. A su vez, en el segundo semestre de 2025, el 49,9% de las personas del aglomerado Concordia se encontraba bajo la línea de pobreza y el 13,6% bajo la línea de indigencia.</p><p>Estos datos son centrales para interpretar el fenómeno. La baja natalidad no ocurre en una ciudad rica, con pleno empleo y alta productividad. Ocurre en una ciudad donde muchas familias postergan decisiones, donde criar un hijo implica un esfuerzo económico enorme y donde el futuro laboral de los jóvenes aparece muchas veces limitado. Por eso, el debate no puede reducirse a pedir que “nazcan más chicos”. La pregunta económica es otra: qué condiciones ofrece Concordia para que formar una familia, trabajar, estudiar y proyectar una vida en la ciudad sea posible.</p><p>El costo de crianza ayuda a comprender parte del problema. El INDEC mide una canasta de crianza que incluye bienes, servicios y el valor del tiempo de cuidado. Para marzo de 2026, esa canasta se ubicaba entre casi $500.000 y más de $630.000 mensuales según la edad del niño. Lo más relevante es que una parte sustancial de ese costo no corresponde solamente a alimentos, ropa o transporte, sino al tiempo de cuidado. Ese tiempo, en la práctica, sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres y tiene un impacto directo en su inserción laboral, sus ingresos y su autonomía económica.</p><p>Desde una mirada de finanzas públicas, esto exige repensar prioridades. Una ciudad que envejece y tiene menos nacimientos no puede seguir planificando su presupuesto como si la estructura social fuera la misma de hace treinta años. La demanda de jardines, escuelas primarias y servicios pediátricos puede modificarse gradualmente. Pero al mismo tiempo crecerá la demanda de atención médica, rehabilitación, medicamentos, acompañamiento domiciliario, accesibilidad urbana, transporte adecuado, centros de día y servicios vinculados al cuidado de personas mayores.</p><p>Ahí aparece un punto clave: el envejecimiento no es solamente un problema de gasto. También puede ser una oportunidad económica si se planifica con inteligencia.&nbsp;</p><p>Concordia tiene condiciones para desarrollar una economía de la longevidad: servicios de salud, termalismo, espacios verdes, cercanía con Salto, escala urbana intermedia y potencial turístico. Pero esas ventajas no se transforman solas en desarrollo. Requieren inversión, capacitación laboral, infraestructura, regulación adecuada y una estrategia público-privada sostenida.</p><p>La ciudad debería mirar esta tendencia como una agenda de desarrollo. Servicios domiciliarios, enfermería, acompañantes terapéuticos, turismo de salud, recreación para adultos mayores, viviendas adaptadas, alimentación saludable, movilidad urbana accesible y tecnología aplicada al cuidado pueden convertirse en fuentes de empleo y actividad económica. Pero para eso se necesita anticipación. Si se espera a que la presión del envejecimiento estalle, el Estado solo llegará tarde y gastará peor.</p><p>También habrá impacto sobre la educación. Menos nacimientos implicarán, con el tiempo, cohortes escolares más pequeñas.</p><p>Esto puede llevar a revisar la distribución de cargos, edificios e infraestructura. Pero sería un error interpretar la baja de matrícula solamente como una oportunidad para recortar gasto. En una ciudad con altos niveles de pobreza, cada niño que nace vale aún más desde el punto de vista económico y social. Menos alumnos deberían significar mejor inversión por estudiante, más jornada escolar, más apoyo temprano, más tecnología y más calidad educativa. Si las próximas generaciones serán menos numerosas, no podemos permitirnos que además estén peor formadas.</p><p>El mismo razonamiento vale para los jóvenes. Concordia no solo debe preocuparse por cuántos nacen, sino por cuántos se quedan. Si la ciudad pierde jóvenes por falta de oportunidades educativas, laborales o profesionales, el problema demográfico se agrava. Una comunidad que expulsa jóvenes pierde trabajadores futuros, emprendedores, contribuyentes, innovación y renovación institucional.</p><p>Por eso, la agenda demográfica debe cruzarse con la agenda productiva. No alcanza con mirar estadísticas de nacimientos.</p><p>Hay que vincularlas con empleo, pobreza, inversión, educación técnica, conectividad, logística, turismo, economía del conocimiento y desarrollo regional. La pregunta de fondo es si Concordia será capaz de ofrecer oportunidades suficientes para que sus jóvenes quieran quedarse y sus familias puedan proyectar un futuro.</p><p>Concordia necesita incorporar esta discusión a su planificación pública. No hacen falta grandes estructuras burocráticas, pero sí indicadores concretos: nacimientos por año, matrícula escolar por barrio, migración juvenil, población adulta mayor, demanda de cuidados, cobertura de salud, empleo formal, informalidad, pobreza y localización territorial de los servicios. Sin información no hay planificación; y sin planificación, el Estado siempre termina reaccionando tarde.</p><p>La caída de la natalidad no es una catástrofe inevitable. Tampoco significa que Concordia vaya a despoblarse en el corto plazo. Pero sí marca un cambio profundo. Durante décadas, muchas políticas públicas se pensaron sobre la base de una población joven y creciente. Ese mundo empieza a cambiar.</p><p>El desafío económico de Concordia será producir más riqueza, más empleo formal y mejores servicios con una estructura poblacional distinta: menos niños, menos jóvenes en proporción y más adultos mayores. Eso obliga a ordenar prioridades, invertir mejor y pensar la ciudad a veinte o treinta años.</p><p>La demografía no se corrige con discursos. Se enfrenta con desarrollo, educación, empleo, productividad y planificación fiscal. Concordia tiene que empezar a discutirlo ahora, porque cuando los efectos sean plenamente visibles, el margen de maniobra será mucho menor.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La caída de la natalidad y el aumento de la expectativa de vida no son solamente datos demográficos. Son señales económicas de fondo. Anticipan cambios en el mercado laboral, en la recaudación, en el gasto público, en el sistema educativo, en la salud, en la demanda de cuidados y en la forma en que Concordia deberá planificar su desarrollo durante las próximas décadas.]]>
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                                <updated>2026-06-13T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-13T04:30:00+00:00</published>
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            Concordia 2056: dejar de administrar problemas y empezar a construir futuro
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        <link rel="alternate" href="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/opinion/concordia-2056-dejar-de-administrar-problemas-y-empezar-a-construir-futuro" type="text/html" title="Concordia 2056: dejar de administrar problemas y empezar a construir futuro" />
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Concordia tiene una paradoja que duele. Es una de las ciudades con mayores potencialidades productivas de Entre Ríos y, al mismo tiempo, una de las que más dificultades sociales arrastra desde hace décadas. Tiene río, frontera, producción citrícola, forestal y agroindustrial, Parque Industrial, aeropuerto renovado, termas, turismo, conexión con Uruguay, cercanía al corredor del Mercosur, instituciones técnicas y capital humano. Sin embargo, buena parte de esa riqueza potencial todavía no se traduce en empleo formal, inversión sostenida, mejores ingresos ni movilidad social.</p><p>El problema de Concordia no es la falta absoluta de oportunidades. El problema es que esas oportunidades no han sido integradas dentro de una estrategia de ciudad.</p><p>Durante años discutimos la coyuntura: la crisis de la citricultura, la pérdida de empleo, el atraso de infraestructura, la pobreza, la informalidad, la caída del comercio, la falta de inversión, la presión tributaria, el costo de los servicios o la falta de crédito.</p><p>Todos esos temas son reales y urgentes. Pero hay una pregunta más profunda que la ciudad debe animarse a responder: ¿qué Concordia queremos construir en los próximos 30 años?</p><p>Esa pregunta no puede contestarse con slogans, obras aisladas ni anuncios de ocasión. Se responde con planificación, datos, prioridades, financiamiento, continuidad institucional y participación de los sectores que realmente producen, trabajan, invierten, enseñan y generan conocimiento en la ciudad.</p><p>Concordia necesita dejar de pensar su desarrollo como una suma de partes inconexas. El turismo por un lado, el Parque Industrial por otro, la citricultura por otro, el aeropuerto por otro, el comercio por otro y la logística por otro. Esa mirada fragmentada es una de las razones por las cuales tantas potencialidades quedan a mitad de camino.</p><p>La ciudad debe pasar de la lógica de los proyectos sueltos a la lógica de un sistema de desarrollo.</p><p>La producción citrícola, forestal, hortícola y alimentaria debe estar conectada con la industrialización, el envasado, la conservación, la trazabilidad, la exportación, la innovación tecnológica y la logística. No alcanza con producir materias primas si el mayor valor agregado se genera fuera del territorio. Concordia debe preguntarse cuánta riqueza se produce en la región, cuánta se transforma localmente y cuánta se pierde por falta de infraestructura, escala, financiamiento o coordinación.</p><p>El Parque Industrial puede ser una pieza central, pero no puede limitarse a ser un predio donde se ofrecen lotes. Debe transformarse en una plataforma de desarrollo productivo. Para eso necesita servicios confiables, conectividad, accesos adecuados, seguridad jurídica, gestión ambiental, reglas claras e incentivos inteligentes. Pero, sobre todo, necesita una política industrial local: saber qué tipo de empresas se quieren atraer, qué cadenas productivas se busca fortalecer, qué empleo se pretende generar y qué compromisos deben asumir quienes reciban beneficios públicos.</p><p>El aeropuerto Comodoro Pierrestegui también debe ser pensado dentro de una estrategia mayor. No alcanza con tener una obra moderna si no se la conecta con turismo, eventos, servicios, comercio exterior, logística liviana, salud, conocimiento y vinculación regional. Lo mismo ocurre con la posibilidad de desarrollar una zona logística, un puerto de barcazas o una mayor integración con Uruguay. Son oportunidades importantes, pero deben ser evaluadas con seriedad técnica, estudios ambientales, análisis económico y etapas verificables.</p><p>Concordia no necesita promesas grandilocuentes. Necesita una hoja de ruta. Esa hoja de ruta debería tener horizonte 2056.</p><p>Treinta años no significan mirar demasiado lejos. Significan empezar a tomar decisiones que no se agoten en una gestión municipal. Las ciudades que progresan no son las que cambian de rumbo cada cuatro años, sino las que logran acuerdos básicos sobre su perfil productivo, su infraestructura, su ordenamiento territorial, su sistema educativo y su política fiscal.</p><p>Pensar Concordia a 30 años exige una visión estadística. Esto es fundamental. No puede haber política pública seria sin medición. La ciudad debería contar con un tablero público de indicadores productivos, sociales, fiscales, ambientales y urbanos. ¿Cuántas empresas se radican por año? ¿Cuántos empleos privados formales se crean? ¿Cuánto pesa la economía informal? ¿Cuánto valor agregado queda en la ciudad? ¿Cuántos jóvenes se capacitan en oficios demandados? ¿Cuánto tarda una habilitación comercial? ¿Qué sectores exportan? ¿Qué inversiones se concretan? ¿Qué obras mejoran efectivamente la competitividad?</p><p>Sin datos, la política se transforma en relato. Con datos, puede convertirse en gestión.</p><p>El municipio no tiene recursos ilimitados.. No se trata de agrandar el Estado ni de achicarlo por consigna. Se trata de construir un Estado municipal inteligente, capaz de ordenar prioridades, facilitar inversiones, controlar resultados y generar confianza.</p><p>Concordia necesita un banco de proyectos estratégicos: obras, programas y reformas previamente estudiadas, con costos estimados, impacto esperado, fuentes de financiamiento posibles y etapas de ejecución. Eso permitiría gestionar recursos provinciales, nacionales, internacionales o público-privados con mayor seriedad. Muchas veces las oportunidades de financiamiento se pierden no porque falten ideas, sino porque no existen proyectos técnicamente preparados.</p><p>También hace falta una ventanilla única de inversión. Quien quiera invertir en Concordia no debería perderse en un laberinto administrativo. La ciudad debe simplificar trámites, digitalizar procesos, reducir tiempos, ordenar normas y ofrecer información clara. La seguridad jurídica también es política productiva.</p><p>Pero el desarrollo no puede depender solamente del municipio. Deben participar empresarios, comerciantes, productores, sindicatos, universidades, escuelas técnicas, colegios profesionales, instituciones intermedias, emprendedores, sector turístico, organismos técnicos como el INTA, Provincia y Nación. La planificación de una ciudad no puede ser una carpeta cerrada en un despacho. Debe ser un contrato social de desarrollo.</p><p>El turismo merece una consideración especial. Concordia tiene termas, río, historia, naturaleza, eventos, cercanía con Salto Grande y una localización privilegiada para construir una oferta regional integrada. Pero el turismo tampoco debe mirarse como una actividad aislada. Debe conectarse con gastronomía, cultura, producción local, transporte, comercio, hotelería, formación laboral, servicios digitales y promoción inteligente. El turismo genera empleo cuando se lo profesionaliza y se lo integra al resto de la economía.</p><p>La educación es otro eje central. Concordia no podrá cambiar su matriz productiva si no vincula mejor la formación con el empleo. Escuelas técnicas, universidades, institutos terciarios y centros de capacitación deben dialogar con las necesidades reales y futuras de la economía local: agroindustria, logística, mantenimiento industrial, programación, análisis de datos, energías renovables, gestión ambiental, turismo, comercio exterior y economía del conocimiento.</p><p>La gran batalla del futuro será por el talento. Si Concordia no ofrece oportunidades a sus jóvenes, seguirá formando capacidades que luego emigran. Una ciudad que pierde a sus jóvenes pierde futuro.</p><p>Por eso, hablar de producción no es hablar solamente de empresas. Es hablar de movilidad social, arraigo, educación, infraestructura, tecnología, ambiente y calidad de vida. El desarrollo productivo bien diseñado reduce pobreza, fortalece el comercio, mejora la recaudación, amplía la base tributaria y permite financiar mejores servicios públicos sin asfixiar al contribuyente.</p><p>La ciudad tiene que sentar en una misma mesa a todos los sectores relevantes de su economía y construir una agenda común: producción con valor agregado, turismo integrado, logística regional, modernización del Parque Industrial, aeropuerto articulado al desarrollo, educación vinculada al trabajo, infraestructura priorizada, reglas claras, sustentabilidad ambiental e indicadores públicos.</p><p>El futuro no se improvisa. Se diseña, se financia, se mide y se sostiene en el tiempo. Para es hay que dejar de empezar de nuevo cada cuatro años. Dejar de mirar sólo la emergencia. Dejar de discutir el desarrollo como una promesa abstracta.</p><p>Es hora de pensar Concordia a 30 años, porque las ciudades no progresan únicamente por lo que tienen. Progresan cuando saben hacia dónde van.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Concordia tiene ubicación, recursos, producción, turismo, conocimiento técnico e infraestructura estratégica. Pero nada de eso alcanza si la ciudad sigue atrapada en la improvisación. Es hora de construir un plan de desarrollo a 30 años, con datos, consensos e indicadores públicos.]]>
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                                <updated>2026-06-06T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-06T04:30:00+00:00</published>
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            El mercado aplaude, pero no invierte
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La Argentina atraviesa una paradoja económica que merece ser analizada con seriedad y sin simplificaciones. El país creó incentivos, prometió reglas más favorables y buscó seducir al capital internacional. Sin embargo, los últimos datos muestran que la inversión extranjera directa cayó con fuerza. La pregunta, entonces, no es si Argentina necesita inversiones, sino por qué todavía no logra convertir las reformas en desembolsos reales.</p><p>Probablemente, pocos gobiernos hayan puesto tanto énfasis discursivo y normativo en atraer inversiones extranjeras como el actual. Desde la desregulación económica hasta la apertura comercial, desde los beneficios impositivos hasta el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, el mensaje oficial fue claro: había que remover obstáculos, ofrecer rentabilidad, reducir la intervención estatal y generar un marco más amigable para el capital privado.Con un programa basado en ajuste fiscal extremo, desregulación acelerada, apertura comercial y reducción del Estado, el Gobierno apostó desde el primer día a una idea central: que la confianza de los mercados y la llegada masiva de inversiones extranjeras terminarían ordenando la economía. La lógica parecía sencilla. Si el Estado se ordenaba fiscalmente, si se reducían regulaciones, si se ofrecían beneficios extraordinarios y si se alineaban las señales con los mercados internacionales, la inversión extranjera directa debía llegar. Argentina hizo mucho para mostrar voluntad de apertura, pero esa voluntad todavía no se tradujo en una llegada significativa de capital productivo.En apenas meses, el Gobierno impulsó flexibilizaciones regulatorias, incentivos fiscales, apertura de importaciones, reducción de controles estatales, beneficios para grandes grupos económicos y señales permanentes de alineamiento con los mercados internacionales. El discurso oficial prometía que la “lluvia de inversiones” llegaría rápidamente una vez eliminado el “peso del Estado”. Pero esa lluvia todavía no aparece. El último informe de la OCDE sobre inversión extranjera directa permite dimensionar mejor el problema. Durante 2025, la inversión extranjera directa global creció alrededor de 15%. En las economías emergentes del G20 que no integran la OCDE, el crecimiento fue todavía mayor: aproximadamente 42%. Es decir, el mundo no estuvo cerrado a la inversión. Por el contrario, hubo una recuperación importante de los flujos internacionales de capital. El problema es que Argentina quedó prácticamente afuera de esa recuperación.&nbsp;La comparación regional e internacional es contundente. Brasil recibió en 2025 cerca de 76.877 millones de dólares de inversión extranjera directa. China captó aproximadamente 79.980 millones. India recibió 39.099 millones. México superó los 40.000 millones. Chile, con una economía mucho más pequeña, recibió más de 13.000 millones. Argentina, en cambio, apenas alcanzó los 3.134 millones de dólares. El contraste no solo es importante por el monto absoluto, sino también por la tendencia. El país había recibido 11.644 millones de dólares en 2024 y más de 24.000 millones en 2023. La caída de 2025 fue, por lo tanto, muy significativa y obliga a mirar el fenómeno con mayor profundidad.El Banco Central también aporta una explicación técnica que conviene tener en cuenta. En el cuarto trimestre de 2025, Argentina registró salidas netas de inversión extranjera directa por 4.687 millones de dólares. Buena parte de ese movimiento estuvo explicada por cancelaciones de deuda comercial entre empresas vinculadas. Esto significa que la caída de la inversión extranjera directa no debe leerse solamente como ausencia de nuevos anuncios, sino también como parte de un proceso financiero de reordenamiento intrafirma, desendeudamiento y cambios contables de empresas extranjeras ya instaladas en el país.Aun así, la señal general sigue siendo preocupante. Porque mientras Argentina retrocedía, otros países emergentes sí lograban captar capital. Brasil no solo atrajo más inversión: también comenzó a posicionarse en sectores estratégicos vinculados a infraestructura tecnológica, energías renovables y centros de datos. La OCDE destacó, por ejemplo, grandes proyectos internacionales asociados a inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura digital y transición energética. Esa es una señal del tipo de inversión que hoy se está disputando en el mundo.Ahí aparece la pregunta central: ¿por qué, si Argentina hizo tanto para atraer inversiones, los resultados todavía no aparecen? La primera respuesta es que las normas ayudan, pero no alcanzan. La inversión extranjera directa no responde únicamente a beneficios fiscales, desregulaciones o declaraciones de confianza hacia los mercados.La inversión productiva, la que construye plantas, desarrolla infraestructura, incorpora tecnología y genera empleo, necesita algo más profundo: horizonte de largo plazo, estabilidad macroeconómica, previsibilidad cambiaria, seguridad jurídica sostenida, infraestructura disponible y una demanda razonablemente estable.Un inversor puede valorar positivamente el equilibrio fiscal, la desregulación o el RIGI. Pero antes de poner capital irreversible en un país también observa otros factores: si podrá girar dividendos, importar insumos, acceder a divisas, sostener contratos, proyectar costos, vender en un mercado interno que no se derrumbe y operar en un contexto social políticamente sostenible. En otras palabras, la decisión de invertir no depende solo de la rentabilidad prometida, sino de la confianza integral en el funcionamiento futuro de la economía. Por eso el problema argentino no parece estar solamente en la falta de incentivos. El problema está en la confianza estructural del sistema. Y la confianza no se decreta. Se construye con consistencia, con reglas sostenidas en el tiempo, con estabilidad política, con instituciones previsibles y con una economía capaz de mostrar un sendero de crecimiento más allá del ajuste inicial.Ese punto es clave. La inversión extranjera directa actual ya no se mueve solamente por bajos impuestos o salarios competitivos. Se mueve por cadenas globales de valor, infraestructura digital, energía disponible, logística, estabilidad institucional, talento humano y capacidad de integración tecnológica. El capital busca países que no solo prometan rentabilidad, sino que ofrezcan ecosistemas productivos.Argentina tiene recursos naturales extraordinarios, energía, litio, alimentos, capacidad agroindustrial, talento profesional y ubicación estratégica en áreas relevantes para el comercio internacional. Pero todavía no logra convertir ese potencial en una plataforma sostenida de inversión. En parte porque muchos proyectos requieren infraestructura previa. En parte porque la macroeconomía sigue en transición. En parte porque la recuperación del consumo y del crédito todavía es débil. Y en parte porque los inversores internacionales observan con atención la sustentabilidad política y social del programa económico. La experiencia internacional muestra que los incentivos pueden acelerar decisiones, pero difícilmente compensen por sí solos la incertidumbre. Un régimen promocional puede mejorar la ecuación de rentabilidad de un proyecto, pero no elimina el riesgo de un país con antecedentes de crisis recurrentes, restricciones cambiarias, cambios bruscos de reglas, conflictos distributivos y ciclos de endeudamiento y ajuste. El inversor extranjero no mira solamente la foto del presente. Mira la película completa. En ese sentido, el debate argentino debería correrse de una discusión demasiado simple. No se trata de elegir entre Estado o mercado, ni entre apertura o aislamiento. Se trata de construir condiciones para que el capital productivo encuentre en el país una oportunidad real de largo plazo. Eso requiere estabilidad macroeconómica, pero también infraestructura, capital humano, integración regional, desarrollo de proveedores locales, seguridad jurídica, coordinación público-privada y una política productiva inteligente.El desafío no debería ser abandonar los incentivos, sino complementarlos con una estrategia más amplia. El RIGI puede ser una herramienta útil. La apertura puede ayudar en determinados sectores. La disciplina fiscal puede mejorar la percepción externa. Pero ninguna de esas medidas, por sí sola, garantiza inversión productiva. La inversión no llega solo porque un país ofrece beneficios. Llega cuando el inversor cree que el proyecto será viable durante diez, veinte o treinta años. La paradoja argentina, entonces, no es que el país no haya hecho nada para atraer capitales. Al contrario: hizo mucho. La paradoja es que hizo mucho en el plano normativo, pero todavía no resolvió los factores estructurales que convierten una oportunidad legal en una decisión efectiva de inversión. Puede haber leyes favorables, beneficios tributarios y discursos de apertura, pero si persisten dudas sobre el crecimiento, el acceso a divisas, la estabilidad política y la paz social, la inversión productiva seguirá esperando. El mensaje constructivo debería ser claro. Argentina necesita inversión extranjera directa, pero no cualquier inversión ni bajo cualquier condición. Necesita inversión que amplíe capacidad productiva, genere empleo formal, incorpore tecnología, aumente exportaciones y fortalezca el desarrollo nacional. Para eso, los incentivos son apenas el punto de partida. El verdadero desafío es construir confianza de largo plazo. Y esa confianza no depende solamente de bajar impuestos o desregular. Depende de que el país logre demostrar que puede crecer, sostener reglas, ordenar su macroeconomía, cuidar su tejido social y ofrecer un horizonte razonable de estabilidad. Para los mercados internacionales, una cuenta fiscal equilibrada importa. Pero una economía socialmente inviable también es un riesgo. Y la inversión extranjera directa, a diferencia del capital financiero, no entra y sale con la misma velocidad: exige tiempo, confianza, estabilidad y futuro.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El país creó incentivos, prometió reglas más favorables y buscó seducir al capital internacional. Sin embargo, los últimos datos muestran que la inversión extranjera directa cayó con fuerza.]]>
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                                <updated>2026-05-30T04:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-05-30T04:30:00+00:00</published>
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            El comercio que viene ya llegó: Concordia frente al desafío digital
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Pero el mundo cambió, y ese cambio ya no es una hipótesis futura: es una realidad cotidiana. Hoy una persona compara precios desde el celular, paga con una billetera virtual, consulta redes sociales antes de comprar y espera recibir un producto en su casa con rapidez, financiación y seguimiento.El comercio digital no es una moda pasajera. Es una transformación estructural de la economía. En Argentina, según la Cámara Argentina de Comercio Electrónico, el comercio online alcanzó en 2025 una facturación superior a los 34 billones de pesos, con un crecimiento nominal del 55% respecto del año anterior, 253 millones de órdenes de compra y 645 millones de unidades vendidas.El dato más importante no es solamente el volumen, sino el cambio cultural: el consumidor incorporó el canal digital como parte normal de su vida. Además, el Litoral ya representa una porción relevante de la facturación nacional, lo que demuestra que esta dinámica no pertenece solo al AMBA ni a las grandes ciudades.Para una ciudad como Concordia, donde el comercio, los servicios y las pequeñas unidades económicas tienen un peso decisivo, el desafío es enorme. No estamos hablando de un sector marginal. La actividad comercial en nuestra ciudad sostiene empleo, alquileres, proveedores, recaudación municipal, consumo familiar y movimiento urbano.&nbsp;Cuando el comercio se enfría, la ciudad lo siente rápidamente: cae la venta, se achican márgenes, se posterga inversión, se reduce contratación de personal y también se debilitan los ingresos públicos. Por eso la discusión digital no debe mirarse como un tema tecnológico, sino como un tema de desarrollo local.El problema es que el comercio tradicional enfrenta hoy una doble presión. Por un lado, el consumo interno sigue condicionado por la pérdida de poder adquisitivo, el aumento de costos fijos, alquileres, servicios, impuestos y financiamiento limitado. CAME informó que las ventas minoristas pyme cayeron 3,2% interanual en abril de 2026 y acumularon una baja del 3,5% en el primer cuatrimestre.Por otro lado, las plataformas digitales, las compras internacionales y los nuevos hábitos del consumidor avanzan a una velocidad que muchas veces supera la capacidad de adaptación de los comercios locales.Frente a este escenario, sería un error plantear la discusión como una pelea entre comercio físico y comercio digital. El verdadero camino es la integración.&nbsp;El local no tiene que desaparecer: tiene que ampliarse. La vidriera ya no termina en la vereda; debe continuar en Instagram, WhatsApp, una tienda online, una plataforma de pagos y un sistema de entrega eficiente. El mostrador sigue teniendo valor, pero debe convivir con la pantalla. La confianza personal del comerciante concordiense es una ventaja competitiva, siempre que se combine con herramientas modernas.</p><p>La primera transformación necesaria es cultural. Muchos comercios todavía piensan lo digital solo como “publicar algo en redes”. Pero vender digitalmente implica mucho más: ordenar stock, responder rápido, mostrar precios claros, aceptar medios de pago, ofrecer promociones, medir qué productos se consultan más, segmentar clientes, mejorar la presentación visual y garantizar una experiencia de compra simple. Es importante entender que hoy la competencia no está únicamente en el local de al lado; también está en una plataforma nacional o internacional que ofrece precio, financiación y logística.La segunda transformación es financiera. En la nueva economía, el medio de pago es parte de la venta. Las tarjetas, las billeteras virtuales, los pagos con QR, las cuotas y los descuentos bancarios se transformaron en instrumentos comerciales decisivos. CACE señala que las tarjetas de crédito siguen liderando las compras online y que ocho de cada diez consumidores consideran clave la posibilidad de pagar en cuotas. En una economía donde el ingreso familiar está tensionado, la financiación puede definir si una operación se concreta o no. El comerciante que no ofrece alternativas de pago pierde competitividad antes de discutir precio.La tercera transformación es logística. El consumidor actual no solo compra un producto: compra tiempo, comodidad y previsibilidad. Quiere saber si hay stock, cuándo llega, cuánto cuesta el envío y cómo reclamar si algo falla. En las grandes plataformas, la logística se convirtió en una ventaja estratégica. Pero eso no significa que el comercio local esté condenado. Concordia puede aprovechar su escala urbana para construir soluciones más simples y rápidas: acuerdos entre comercios, servicios de reparto local, puntos de retiro, compras agrupadas, entregas programadas y una mejor articulación con emprendedores de la ciudad.La cuarta transformación es el uso de datos. El comercio moderno no puede tomar decisiones solamente por intuición. Necesita saber qué se vende, cuándo se vende, qué cliente vuelve, qué producto rota poco, qué promoción funciona y qué canal genera consultas. No hace falta una gran inversión para empezar. Un registro ordenado de ventas, una base de clientes, una agenda de WhatsApp bien segmentada, estadísticas de redes sociales o un sistema simple de gestión pueden marcar una diferencia importante. En la economía digital, los datos son una nueva forma de capital.También aparece un punto central desde las finanzas públicas: el Estado local no puede mirar este proceso desde afuera. Si el comercio cambia, las políticas públicas también deben cambiar. La tarea municipal no debería limitarse a cobrar tasas o habilitar locales, sino a crear condiciones para que el entramado comercial pueda modernizarse. Capacitación digital, simplificación administrativa, incentivos para la formalización, mejora de conectividad en zonas comerciales, acompañamiento a emprendedores, acuerdos con universidades e instituciones intermedias y una estrategia de ciudad para el comercio electrónico son herramientas posibles y necesarias.En Concordia, este proceso debe ser asumido como una política pública municipal estratégica. El comercio local tiene un peso decisivo en la actividad económica, en la generación de empleo y en la recaudación de la ciudad; por eso, frente a una transformación digital que desde 2023 se aceleró de manera permanente, el municipio no puede ser un actor pasivo.El desafío impositivo también merece una mirada equilibrada. La economía digital obliga a modernizar los sistemas tributarios para evitar competencia desleal entre quienes cumplen y quienes operan sin registración. Pero al mismo tiempo hay que evitar que la presión fiscal termine castigando al pequeño comerciante que intenta formalizarse, invertir y adaptarse.&nbsp;En este punto, la inteligencia fiscal debe reemplazar a la lógica meramente recaudatoria: reglas claras, controles razonables, trámites simples y una estructura tributaria que premie la actividad formal, la generación de empleo y la inversión tecnológica.Concordia tiene una oportunidad. Su comercio conserva cercanía, conocimiento del cliente, identidad local y capacidad de respuesta. Pero necesita ganar velocidad.La transformación digital no espera a que todos estén listos. Los hábitos de consumo cambian más rápido que las ordenanzas, que los mostradores y que los planes de negocio tradicionales. Por eso, cada comercio debería hacerse una pregunta concreta: ¿cómo me encuentra hoy un cliente que no pasa por mi puerta? Si la respuesta es “no me encuentra”, el problema ya empezó.La salida no es resignarse, sino adaptarse con inteligencia. Un comercio local puede vender en el local, por redes, por WhatsApp, mediante una tienda online o en plataformas nacionales, sin perder su identidad. Puede usar tecnología para mejorar la atención, no para deshumanizarla. Puede aprovechar la cercanía para entregar más rápido, resolver mejor los reclamos y construir fidelidad. Puede convertir su reputación de años en una marca digital confiable.El comercio que viene no será exclusivamente físico ni exclusivamente virtual. Será híbrido. Ganarán quienes logren unir confianza, precio, financiación, logística, información y buena atención.</p><p>Para Concordia, esta discusión es mucho más que una cuestión comercial: es una estrategia de desarrollo, empleo y recaudación futura. El comercio digital ya llegó. La pregunta no es si debemos incorporarnos, sino a qué velocidad vamos a hacerlo y si tendremos la inteligencia colectiva para que esa transformación fortalezca al comercio local en lugar de dejarlo atrás.La ciudad necesita asumir este desafío como una política de futuro. Porque detrás de cada persiana abierta hay trabajo, inversión, familia y movimiento económico. Y detrás de cada comercio que se digitaliza hay una oportunidad de ampliar mercados, sostener empleo y construir una Concordia más competitiva, moderna e integrada al nuevo tiempo económico.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Durante muchos años, el comercio de cercanía fue una de las columnas vertebrales de la vida económica y social de Concordia. El local abierto, la atención personal, la confianza entre vendedor y cliente, la compra en el barrio y el movimiento del centro fueron parte de una identidad urbana que generó empleo, circulación de ingresos y vida comunitaria.]]>
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                <published>2026-05-16T04:00:00+00:00</published>
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            Cuando el mundo se encarece, la Argentina tiene una oportunidad
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sin embargo, en un mundo globalizado, ningún conflicto energético, financiero o geopolítico queda encerrado dentro de sus fronteras. Los precios internacionales, el crédito, las inversiones, el comercio y hasta las decisiones de política económica local pueden verse condicionadas por hechos que ocurren a miles de kilómetros.</p><p>Pero la mirada no debería ser únicamente defensiva ni alarmista. Argentina no solo enfrenta riesgos frente a este nuevo escenario. También cuenta con oportunidades concretas si logra actuar con previsión, inteligencia y una estrategia de largo plazo.</p><p>El punto más sensible del conflicto es la energía. El Estrecho de Ormuz sigue siendo una de las rutas más importantes del comercio energético mundial: por allí circuló en 2024 alrededor del 20% del consumo global de líquidos petroleros, además de una proporción relevante del comercio mundial de gas natural licuado. Por eso, cualquier amenaza sobre esa zona impacta rápidamente en los precios del petróleo, los combustibles, los fletes y los costos de producción.</p><p>Ese dato no es menor para la economía mundial. Cuando sube el petróleo, se encarece el transporte, aumenta el costo de producir alimentos, bienes industriales y servicios, y reaparecen presiones inflacionarias.</p><p>En Estados Unidos, ese escenario se vuelve políticamente más delicado porque 2026 es año de elecciones de medio término, en las que se renueva toda la Cámara de Representantes y parte del Senado. Esas elecciones definen qué partido controlará el Congreso durante los dos años siguientes, y por lo tanto pueden modificar el margen de acción del gobierno norteamericano.</p><p>La política exterior de Estados Unidos no se define únicamente en la Casa Blanca. El Congreso influye en presupuestos, autorizaciones, sanciones, financiamiento internacional y prioridades estratégicas. Por eso, una guerra prolongada, combinada con inflación, combustibles caros y malestar social, puede terminar incidiendo no solo en la política interna norteamericana, sino también en su vínculo con el resto del mundo. El Council on Foreign Relations ya advierte que el conflicto con Irán puede agravar tensiones económicas internas en Estados Unidos en un año electoral.</p><p>Para Argentina, este contexto tiene dos caras. La primera es el riesgo. Una economía mundial más inestable puede encarecer el financiamiento, aumentar la volatilidad financiera, presionar sobre el riesgo país y dificultar el acceso a crédito para los países emergentes.&nbsp;También puede generar tensiones sobre los precios internos si el aumento internacional del petróleo se traslada a combustibles, transporte y alimentos.</p><p>Pero hay una segunda cara, más interesante: Argentina llega a esta etapa con un activo estratégico que antes no tenía en la misma dimensión. Vaca Muerta cambia la forma en que el país se para frente a una crisis energética global.</p><p>La Bolsa de Comercio de Rosario proyectó que la producción petrolera argentina de 2026 podría alcanzar los 54,5 millones de metros cúbicos, un crecimiento del 16% respecto de 2025 y el mayor nivel de la historia nacional. Además, casi el 70% del petróleo argentino ya proviene de producción no convencional, principalmente de Vaca Muerta.</p><p>Este dato permite pensar el escenario con otra lógica. Durante décadas, Argentina sufrió los shocks energéticos internacionales como un país vulnerable, obligado a importar energía cara, perder divisas y trasladar costos al resto de la economía.&nbsp;Hoy, aunque todavía quedan cuellos de botella, infraestructura pendiente y desafíos regulatorios, el país empieza a tener condiciones para ser parte de la solución energética regional y global.</p><p>Incluso YPF mostró en el primer trimestre de 2026 una mejora significativa de sus resultados, explicada por mejores precios y mayor producción shale, con un crecimiento interanual del 39% en la producción de shale oil. Reuters señaló además que Vaca Muerta es clave para fortalecer exportaciones energéticas, reservas e inversión.</p><p>Esto no significa celebrar una guerra ni depender de una crisis externa. Significa comprender que el mundo está demandando energía segura, alimentos, minerales críticos y proveedores confiables. Y Argentina tiene potencial en todas esas áreas.</p><p>El desafío es evitar una lectura improvisada. No alcanza con decir que sube el petróleo y entonces Argentina gana. La pregunta correcta es otra: ¿cómo se transforma una ventaja natural en una política de desarrollo?Primero, Argentina necesita acelerar la infraestructura energética. Gasoductos, oleoductos, plantas de procesamiento, puertos, almacenamiento y proyectos de GNL no son obras aisladas: son la diferencia entre tener recursos bajo tierra o tener una plataforma exportadora capaz de generar dólares, empleo e inversión.</p><p>Segundo, el país debe cuidar el equilibrio interno. Si los precios internacionales suben, parte del sector energético puede beneficiarse, pero la economía doméstica puede sufrir por combustibles más caros. Por eso se necesita una política inteligente que combine incentivos a la producción con mecanismos de previsibilidad para consumidores, transporte, pymes y economías regionales.</p><p>Tercero, Argentina debe diversificar su inserción internacional. Mantener una buena relación con Estados Unidos es importante, pero no puede ser la única estrategia. En un mundo más multipolar, el país necesita vínculos inteligentes con América Latina, Europa, China, India, Medio Oriente y los organismos multilaterales. La política exterior económica debe ser pragmática, profesional y orientada al interés nacional.</p><p>Cuarto, el país debería utilizar esta etapa para fortalecer reservas y estabilidad macroeconómica. Si la energía empieza a generar superávit externo, ese ingreso no debería diluirse en gasto corriente ni en parches coyunturales. Debería servir para estabilizar la economía, reducir vulnerabilidades, financiar infraestructura y construir una política de desarrollo de largo plazo.</p><p>Quinto, hay que pensar federalmente. Vaca Muerta no puede ser solo una buena noticia para Neuquén o para un conjunto de empresas. Su potencial debe integrarse a una estrategia nacional que incluya empleo, proveedores locales, universidades, tecnología, municipios, provincias, logística y agregado de valor. La energía debe convertirse en una política de desarrollo federal.</p><p>La guerra en Irán y las elecciones en Estados Unidos muestran algo más profundo: el mundo está entrando en una etapa donde la energía, la seguridad alimentaria, la tecnología y los recursos naturales vuelven a ocupar el centro del poder económico. Los países que tengan esos recursos, pero no tengan estrategia, seguirán siendo espectadores. Los países que tengan recursos y planificación podrán ganar relevancia.</p><p>Argentina no puede controlar el resultado electoral norteamericano ni el curso de la guerra en Medio Oriente. Pero sí puede decidir cómo se prepara frente a ese contexto. Puede actuar tarde, como tantas veces, o puede anticiparse. Puede mirar el conflicto solamente como una amenaza, o puede entender que el nuevo orden global también abre espacios para países con capacidad energética, alimentaria y minera.</p><p>La clave está en no confundir oportunidad con azar. Una oportunidad sin política pública, sin infraestructura, sin financiamiento y sin estabilidad institucional puede perderse rápidamente. En cambio, una oportunidad acompañada por planificación puede convertirse en desarrollo.</p><p>En definitiva, el mundo está enviando una señal clara. La energía volvió a ser poder.&nbsp;Los alimentos volvieron a ser seguridad. Los recursos naturales volvieron a ser estrategia. Y Argentina tiene mucho para ofrecer.</p><p>La pregunta es si vamos a mirar este escenario desde la preocupación o desde la responsabilidad histórica. Porque en tiempos de incertidumbre global, los países no se salvan por casualidad: se salvan cuando saben qué tienen, qué quieren y hacia dónde van.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La guerra en torno a Irán, la tensión sobre el Estrecho de Ormuz y las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos configuran un escenario internacional cargado de incertidumbre. A primera vista, puede parecer un problema lejano.]]>
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                <published>2026-05-09T04:00:00+00:00</published>
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            Cuando lo urgente se devora el futuro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El problema es que, mientras el país discute cómo apagar la urgencia inmediata, muchas veces deja de construir las bases del futuro.Ese es uno de los grandes dramas argentinos: no solo tenemos crisis recurrentes, sino que además esas crisis nos impiden pensar estratégicamente. La emergencia se transforma en método de gobierno. La coyuntura reemplaza al proyecto. El ajuste desplaza a la planificación. Y el presupuesto público, que debería ser una herramienta para ordenar prioridades nacionales, termina reducido a una planilla contable de supervivencia.</p><p>Pero hay un punto que la Argentina ya no puede seguir postergando: la educación. No como consigna vacía, no como frase políticamente correcta, sino como prioridad fiscal, productiva, institucional y nacional. Porque en el siglo XXI, un país que no invierte en conocimiento no solo pierde competitividad: pierde soberanía económica.Desde una mirada de finanzas públicas, no todo gasto tiene la misma naturaleza. Hay erogaciones que sostienen el funcionamiento cotidiano del Estado, otras que responden a la emergencia, y otras que constituyen inversión estratégica. La educación pertenece a esta última categoría. Recortarla puede mejorar transitoriamente un resultado fiscal, pero deteriora silenciosamente el balance patrimonial de la Nación.Ese deterioro no siempre se ve en el corto plazo. No aparece inmediatamente en el déficit primario, ni en el resultado financiero, ni en la caja mensual del Tesoro. Pero se acumula en forma de menor productividad, menor innovación, menor movilidad social, menor calidad institucional y menor capacidad de crecimiento. En otras palabras: se paga más adelante, con intereses.</p><p>Los datos educativos son una señal de alarma. En las pruebas PISA 2022, Argentina se ubicó por debajo del promedio de la OCDE en matemática, lectura y ciencias. Solo el 27% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel básico en matemática, frente al 69% promedio de la OCDE; en lectura lo hizo el 45%, y en ciencias el 46%. &nbsp;No estamos ante una simple estadística educativa. Estamos ante un indicador anticipado de productividad futura.</p><p>Una economía moderna necesita trabajadores capaces de interpretar información, resolver problemas, adaptarse a nuevas tecnologías, innovar, emprender y participar en procesos productivos cada vez más complejos. Si el sistema educativo no garantiza esas capacidades básicas, el país queda condenado a competir por salarios bajos, recursos naturales o ventajas transitorias. Ese camino no conduce al desarrollo: conduce al estancamiento.Aquí aparece un concepto central para entender el problema: la trampa del ingreso medio. El Banco Mundial advierte que muchos países logran crecer durante una primera etapa, pero luego se estancan porque no consiguen pasar de una economía basada en inversión y bajos costos a otra basada en innovación, productividad y conocimiento. Desde 1990, solo 34 economías de ingreso medio lograron dar el salto hacia el ingreso alto, mientras que muchas otras quedaron atrapadas.</p><p>La trampa del ingreso medio no es una abstracción académica. Es una advertencia concreta para la Argentina. Un país puede tener recursos naturales, talento individual, historia productiva y capacidad empresarial, pero si no construye instituciones, infraestructura, educación, ciencia y tecnología, no logra sostener el crecimiento en el tiempo.&nbsp;El Banco Mundial plantea que las economías de ingreso medio necesitan avanzar desde la inversión hacia la incorporación de tecnología y, finalmente, hacia la innovación. Es decir, no alcanza con ordenar la macroeconomía, atraer capitales o estabilizar algunas variables. Para dar el salto se necesita construir capacidades internas: talento, investigación, empresas dinámicas, competencia, instituciones modernas y un Estado inteligente.</p><p>Philippe Aghion, uno de los economistas más influyentes en la teoría del crecimiento basado en innovación, sostiene que el desarrollo depende de la transformación estructural, la competencia, la creatividad y las instituciones que permiten la llamada “destrucción creativa”. &nbsp;Esto significa que el crecimiento no surge simplemente de hacer más de lo mismo. Surge de cambiar cómo se produce, cómo se aprende, cómo se innova y cómo se asignan los recursos.Ese es el núcleo de la discusión argentina. No alcanza con estabilizar. No alcanza con ajustar. No alcanza con equilibrar las cuentas públicas si ese equilibrio se consigue debilitando las capacidades futuras del país.</p><p>La universidad pública, en este contexto, no puede ser vista como un gasto sectorial ni como una corporación que defiende privilegios. Las universidades son parte de la infraestructura productiva de un país. Forman médicos, ingenieros, docentes, investigadores, abogados, científicos, programadores, economistas, especialistas en energía, tecnología, salud, ambiente y gestión pública. También producen conocimiento, investigación aplicada, innovación tecnológica y pensamiento crítico.Cuando se debilita el sistema universitario, se afecta la capacidad nacional de agregar valor. Se debilita la posibilidad de desarrollar sectores productivos complejos.Por eso preocupa la situación presupuestaria del sistema universitario nacional. Según el Consejo Interuniversitario Nacional, las transferencias a las universidades nacionales registraron una caída real acumulada del 45,6% entre 2023 y 2026, mientras que los salarios universitarios perdieron alrededor del 32% de poder adquisitivo entre noviembre de 2023 y febrero de 2026. &nbsp;Estos datos no deben leerse solo como un conflicto salarial o presupuestario. Deben leerse como una señal de deterioro institucional.</p><p>En finanzas públicas existe una diferencia fundamental entre ajustar el gasto improductivo y desfinanciar capacidades estratégicas. El primer camino puede ordenar al Estado. El segundo puede achicar el futuro. Una cosa es revisar programas ineficientes, mejorar compras públicas, eliminar privilegios, ordenar transferencias mal diseñadas o profesionalizar la administración. Otra muy distinta es debilitar educación, ciencia, salud, infraestructura básica o capacidades estatales esenciales.</p><p>La Argentina necesita equilibrio fiscal, sin dudas. Pero también necesita equilibrio intergeneracional. Y esa dimensión casi nunca aparece en la discusión pública. Cada vez que el Estado decide no invertir en educación, traslada un costo al futuro. Cada vez que se deteriora el salario docente, se deteriora la calidad del sistema. Cada vez que se paraliza una investigación, se pierden años de acumulación de conocimiento. Cada vez que un joven abandona la universidad porque no puede sostenerse, el país pierde una posibilidad de innovación.El problema es que esas pérdidas no tienen una factura inmediata. Nadie recibe mañana una boleta que diga: “costo fiscal futuro por haber desfinanciado la educación”. Pero esa factura existe. Llega en forma de baja productividad, informalidad, pobreza persistente, menor recaudación, dependencia tecnológica, fuga de talentos y menor crecimiento potencial.El mundo se está reorganizando alrededor de la inteligencia artificial, la transición energética, la biotecnología, la automatización, los datos, la robótica, la industria del conocimiento y las nuevas cadenas de valor. Los países que lideren esas transformaciones serán los que inviertan de manera sostenida en capital humano.</p><p>La Argentina no puede mirar esta transformación desde la tribuna. Tiene universidades, científicos, profesionales, emprendedores, industria del software, recursos naturales estratégicos, energía, alimentos y talento. Pero todo eso necesita una arquitectura de desarrollo. Necesita ciencia aplicada. Necesita financiamiento. Necesita reglas estables. Necesita un Estado que no confunda austeridad con abandono.</p><p>La Argentina necesita una regla de responsabilidad educativa tan importante como la regla de responsabilidad fiscal. Una regla política, institucional y presupuestaria que establezca que ningún programa de estabilización puede considerarse exitoso si destruye capital humano. Porque el verdadero equilibrio no es solo entre ingresos y gastos. Es entre presente y futuro.</p><p>La educación debe ser la gran causa nacional de los próximos años. Si bien lo urgente importa, &nbsp;en este tiempo histórico, la prioridad no puede ser solamente cerrar el mes: tiene que ser abrir el siglo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En la Argentina, lo urgente casi siempre le gana a lo importante. La inflación, la caída del salario, la falta de empleo, el endeudamiento, el déficit fiscal, la recesión, la tensión social o la próxima elección suelen ocupar todo el espacio de la discusión pública. Vivimos corriendo detrás del incendio del día.]]>
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                                <updated>2026-05-02T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-05-02T04:30:00+00:00</published>
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            Escuchar crecer la hierba: la economía que el Gobierno no está oyendo
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Más allá de la exactitud histórica de la frase, la imagen conserva una potencia extraordinaria. Gobernar no consiste solamente en mandar, ni en administrar desde arriba, ni en mostrar resultados en una planilla prolija. Gobernar también exige sensibilidad para percibir lo que todavía no hace ruido, pero ya duele; lo que todavía no estalla, pero ya se está acumulando debajo de la superficie.Si traemos esa imagen a la Argentina actual, la pregunta es inevitable: ¿quién está escuchando crecer la hierba? Y la respuesta, por incómoda que resulte, es que hoy todo indica que el Gobierno nacional no lo está haciendo. O, al menos, no lo está haciendo con la profundidad que la hora exige.</p><p>Porque si algo define al presente argentino es precisamente esa distancia cada vez mayor entre los datos que el poder exhibe y la experiencia concreta que vive la sociedad. Una distancia que no es meramente técnica. Es política, social y, sobre todo, humana.</p><p>Desde el Gobierno se insiste en un relato de ordenamiento. Y es cierto que hay números que muestran una mejora en determinadas variables macroeconómicas. En marzo de 2026, el Sector Público Nacional registró un superávit financiero de $484.789 millones y acumuló en el primer trimestre un superávit equivalente a alrededor de 0,2% del PBI.&nbsp;También es cierto que el IPC de marzo fue de 3,4% y que acumuló 9,4% en el año, muy lejos del vértigo inflacionario del inicio de la gestión. Esos datos existen, son relevantes y no deben ser negados. El problema empieza cuando se pretende que esos datos alcancen por sí solos para describir la realidad entera.</p><p>Porque mientras el Gobierno celebra la consistencia del programa fiscal y la desaceleración inflacionaria, abajo, en la economía real, la hierba sigue creciendo y crujiendo. En febrero de 2026, el EMAE cayó 2,1% interanual y 2,6% respecto del mes anterior en la serie desestacionalizada. Ese mismo mes, las ventas en supermercados a precios constantes bajaron 3,1% frente a febrero de 2025.&nbsp;Y los salarios, medidos por el índice oficial, acumularon 5,0% entre diciembre y febrero, contra una inflación acumulada de 9,4% hasta marzo. Es decir: la macro puede ofrecer señales de estabilización, pero la actividad, el consumo y los ingresos todavía muestran que para amplios sectores la vida diaria sigue retrocediendo.</p><p>Y ahí es donde aparece el verdadero sentido de la metáfora. Escuchar crecer la hierba no es mirar el Excel del Ministerio de Economía. Es advertir que el salario ya no alcanza con la misma holgura, que el comercio de barrio vende menos, que el jubilado vuelve a hacer cuentas frente al mostrador de la farmacia, que la familia posterga gastos básicos, que la clase media deja de proyectar y empieza simplemente a defenderse. No es una discusión abstracta sobre indicadores. Es la mesa que se achica, el consumo que se restringe, el miedo que vuelve a instalarse como método de organización de la vida cotidiana.</p><p>Eso se percibe, además, en la calidad del trabajo y en la estructura social que está quedando. En el cuarto trimestre de 2025, la desocupación subió al 7,5%, por encima del 6,4% de un año antes. La informalidad laboral siguió en niveles altísimos y, según el informe del INDEC, 64,1% de la población asalariada informal no realiza aportes propios. En paralelo, la pobreza alcanzó al 28,2% de las personas en el segundo semestre de 2025 y entre los menores de 18 años trepó al 42,3%.</p><p>Dicho de otra manera: aun cuando algunas variables macro se ordenan, la estructura social sigue siendo extraordinariamente frágil. Y cuando una economía convive con esa fragilidad, cualquier celebración prematura se vuelve peligrosa.Porque no alcanza.</p><p>Por eso, el punto de fondo no es si los números oficiales son verdaderos o falsos. El punto es si alcanzan. Y no alcanzan. No alcanzan porque una sociedad no vive adentro de una planilla. No alcanza con decir que hay superávit si para millones de personas la vida sigue en déficit. No alcanza con mostrar que la inflación bajó si el trabajo es cada vez más precario, si el consumo sigue sin reaccionar y si la sensación dominante en una parte muy amplia de la sociedad es la de estar haciendo un esfuerzo enorme para apenas no caerse.&nbsp;Las estadísticas sin lugar a dudas son herramientas valiosas; el problema empieza cuando se las convierte en un sustituto de la realidad.</p><p>Ahí es donde la crítica al Gobierno debe ser más clara. El oficialismo parece escuchar con mucha atención a los mercados, a los analistas financieros, a los organismos internacionales y a su propio relato de eficiencia.</p><p>Pero escucha poco el murmullo social que viene de abajo. Escucha poco la angustia de los sectores medios que se achican. Escucha poco a los jubilados que ya no pueden sostener gastos elementales. Escucha poco a los trabajadores formales que descubrieron que tener empleo dejó de ser garantía de tranquilidad. Escucha poco, en definitiva, a una sociedad que no necesariamente cuestiona la necesidad de ordenar la macroeconomía, pero que sí empieza a preguntarse para qué sirve ese orden si no mejora de manera visible su propia vida.Y ese déficit de escucha ya está dejando señales. Las protestas de jubilados frente al Congreso continuaron en abril de 2026, con reclamos centrados en medicamentos, prestaciones y pérdida del ingreso real. En febrero, miles de personas marcharon contra la reforma laboral impulsada por el Gobierno y la protesta terminó con enfrentamientos y detenidos.</p><p>Es decir: la conflictividad no es una hipótesis académica ni una exageración opositora. Es una advertencia. Es la forma en que la hierba deja de crecer en silencio y empieza a hacerse oír cuando nadie la quiso escuchar a tiempo.Dicho de otro modo: no alcanza con que cierre la planilla si no cierra la vida.</p><p>Y eso no significa caer en un facilismo demagógico ni negar la importancia del equilibrio fiscal. Sería absurdo. Una economía desordenada no ofrece futuro a nadie. Pero una economía ordenada que no logra traducirse, en plazos razonables, en alivio social, recuperación de ingresos, mejora del trabajo y recomposición de expectativas, empieza a quedar atrapada en su propia lógica contable. Puede volverse técnicamente consistente y políticamente sorda.</p><p>Ese parece ser hoy el principal riesgo del Gobierno de Javier Milei. No sólo el de ajustar. No sólo el de sostener un programa duro. Sino el de convencerse de que escuchar a la sociedad es una debilidad, de que toda queja es resistencia corporativa, de que todo reclamo social es una amenaza al plan, de que todo malestar es una incomodidad transitoria que debe ser soportada en nombre de un futuro que siempre se promete, pero que para muchos todavía no llega.</p><p>La historia enseña que los gobiernos rara vez tropiezan sólo por un mal indicador. Muchas veces tropiezan por algo más elemental: por confundir estabilización con legitimidad, alivio técnico con bienestar real, y éxito contable con paz social.</p><p>Ese es el riesgo de la Argentina actual. No el de carecer de números, sino el de enamorarse de ellos. No el de no tener rumbo, sino el de creer que el rumbo es correcto sólo porque algunas variables lo confirman, aun cuando debajo de esas variables una parte creciente de la sociedad se siente afuera, sola o simplemente ignorada.</p><p>Escuchar crecer la hierba, en este contexto, no es una consigna poética. Es una obligación política. Porque cuando un gobierno deja de escuchar el temblor de la vida cotidiana, cuando sólo se oye a sí mismo, cuando se convence de que la sociedad debe adaptarse indefinidamente a su programa sin reclamar alivio, contención ni horizonte, entra en una zona de peligro.</p><p>La hierba siempre avisa antes. El problema es que, cuando finalmente todos la oyen, muchas veces ya es demasiado tarde.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>A Gengis Kan, el gran conquistador mongol del siglo XIII y fundador del Imperio mongol, se le atribuye una idea tan potente como vigente: un buen gobernante debía ser capaz de “escuchar crecer la hierba”.]]>
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                                <updated>2026-04-25T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-04-25T04:30:00+00:00</published>
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            ¿Y si la economía no está estancada, sino que la estamos midiendo mal?
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante décadas, el mundo aprendió a mirar la economía a través de una cifra casi sagrada: el Producto Interno Bruto. Si sube, se celebra; si baja, se encienden las alarmas.</p><p>Gobiernos, bancos centrales, organismos internacionales y medios de comunicación lo siguen como si fuera el termómetro definitivo del progreso. Pero en medio de una revolución tecnológica sin precedentes, empieza a imponerse una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿y si la economía no estuviera realmente estancada, sino que la estamos midiendo mal?</p><p>La pregunta no es antojadiza. Vivimos en una época en la que nunca hubo tanto acceso a información, conocimiento, conectividad y capacidad de procesamiento en manos de una sola persona como hoy.&nbsp;Un teléfono celular concentra funciones que hasta hace pocos años requerían decenas de bienes y servicios distintos: cámara, agenda, mapas, enciclopedia, calculadora, correo, música, noticias y acceso inmediato a casi cualquier dato del planeta. Sin embargo, buena parte de ese salto en bienestar no aparece reflejado con claridad en la métrica que seguimos usando para diagnosticar la salud económica de los países.</p><p>Ahí aparece el primer punto clave: el PIB mide actividad económica monetaria, no bienestar. Sirve para cuantificar producción, valor agregado y movimiento de mercado, pero no fue diseñado para medir felicidad, calidad de vida o progreso humano integral. Y esa diferencia, que durante mucho tiempo pasó relativamente desapercibida, hoy se vuelve central.</p><p>Durante buena parte del siglo XX, el PIB funcionó razonablemente bien como brújula general porque la economía estaba dominada por bienes físicos: acero, cemento, automóviles, rutas, energía, maquinaria, cosechas. Era un mundo donde crecer significaba producir más cosas materiales y venderlas a precios fácilmente observables.Pero el siglo XXI cambió las reglas de juego. Cada vez más valor económico proviene de software, plataformas, automatización, inteligencia artificial, datos, diseño, conocimiento y servicios digitales. Es decir, de activos que muchas veces mejoran la vida de las personas sin traducirse de manera proporcional en mayores precios de mercado.</p><p>Y ahí nace la gran paradoja de nuestro tiempo: cuando la tecnología hace algo más barato, más eficiente y más accesible, el bienestar puede aumentar mientras el valor monetario registrado crece menos o incluso cae. Dicho de otro modo: la sociedad puede estar mejor, aunque la estadística lo capte mal o de manera incompleta.</p><p>La historia ofrece un ejemplo brillante. Antes de la imprenta, los libros eran bienes caros, escasos y reservados a una minoría. Con la irrupción de Gutenberg, el costo de reproducción cayó de manera drástica. Si uno se quedara solamente con la lógica del mercado anterior, podría haber dicho que el “negocio del libro” se había desplomado. Pero lo que realmente ocurrió fue exactamente lo contrario: se multiplicó el acceso al conocimiento, se expandió la alfabetización y cambió la historia de la civilización. El precio bajó, pero el valor social se disparó.Ese mismo fenómeno, salvando las distancias, se repite hoy con internet y con la inteligencia artificial. Hace treinta años, acceder a una enciclopedia exigía comprar tomos costosos; hoy buena parte de esa información es gratuita. Antes, orientarse en una ciudad requería mapas de papel o guías especializadas; hoy basta con abrir una aplicación. Lo mismo ocurrió con la fotografía, la música, la comunicación, la banca cotidiana, los archivos y buena parte de la formación profesional.El consumidor ganó tiempo, capacidad de acción, acceso al conocimiento y comodidad. Pero una porción importante de ese beneficio no aparece del todo en las cuentas nacionales tradicionales.Esto no significa que el PIB no sirva. Para quienes trabajamos en finanzas públicas, sigue siendo una herramienta indispensable. Permite analizar el tamaño relativo de la economía, la presión tributaria, la sostenibilidad de la deuda, la capacidad fiscal del Estado y la dinámica general de la actividad.</p><p>El problema surge cuando se le pide que mida más de lo que puede medir. El PIB sirve para cuantificar producción; no alcanza para resumir bienestar. Y confundir esas dos dimensiones puede llevarnos a diagnósticos equivocados y, peor aún, a políticas públicas mal orientadas.La irrupción de la inteligencia artificial vuelve esta discusión todavía más urgente. Si una IA puede redactar informes, traducir textos, analizar contratos, programar o asistir en diagnósticos médicos en segundos y a costos mínimos, la consecuencia natural será una caída del costo de muchos servicios. Desde el punto de vista de la productividad social, eso es una gran noticia: significa hacer más con menos.&nbsp;Pero desde la lógica del valor monetario registrado, el fenómeno puede resultar ambiguo. Habrá tareas que seguirán generando enorme valor real, aunque ya no demanden el mismo nivel de gasto, de empleo o de facturación que antes.</p><p>Dicho más claramente: la tecnología puede destruir valor monetario medido mientras multiplica valor real para la sociedad. Y ese es uno de los principales límites del PIB en la economía digital.</p><p>Todo esto debería obligarnos a repensar qué significa crecer en el siglo XXI. Porque si la innovación seguirá empujando hacia abajo el precio de muchas cosas, mientras el verdadero valor diferencial se desplaza hacia la creatividad, la interpretación, el juicio humano, la empatía y la capacidad de innovar, entonces no sólo hay que revisar cómo medimos la economía: también hay que revisar cómo educamos.</p><p>Ese punto es decisivo. Durante décadas, buena parte del sistema educativo estuvo organizado para entrenar memoria, repetición y procesamiento rutinario. Pero ese mundo se está agotando. Las máquinas ya son extraordinariamente eficaces para almacenar información, buscar datos y ejecutar tareas repetitivas. El valor humano pasa, cada vez más, por otro lado: pensamiento crítico, creatividad, criterio, capacidad de formular buenas preguntas, trabajo colaborativo y formación ética. Si no entendemos eso, corremos el riesgo de seguir preparando a las nuevas generaciones para competir precisamente en el terreno en el que las máquinas las van a superar.</p><p>Aquí aparece una derivación política de enorme importancia. Si seguimos evaluando el éxito de una sociedad únicamente con indicadores centrados en gasto y producción monetaria, podemos terminar premiando lo equivocado y subestimando lo esencial.</p><p>Por eso, la discusión seria no debería ser reemplazar el PIB por una consigna vacía, sino dejar de tratarlo como si fuera la medida absoluta del progreso. El desafío es complementarlo. Medir no sólo cuánto se produce, sino cuánto valor real se crea, cómo se distribuye, qué calidad de vida genera y qué capacidades deja instaladas para el futuro.Hoy una porción creciente de la riqueza adopta formas menos visibles: ahorro de tiempo, reducción de costos, acceso masivo a servicios antes inaccesibles, automatización de tareas, inteligencia distribuida y creatividad potenciada por tecnología. Si no actualizamos las herramientas de medición, corremos el riesgo de interpretar como estancamiento lo que en parte podría ser una transformación profunda del modo en que se genera valor.</p><p>Tal vez el problema no sea sólo que la economía mundial crece poco. Tal vez el problema también sea que una parte de la nueva prosperidad no entra con facilidad en las viejas planillas. Y si eso es así, entonces la discusión sobre el PIB deja de ser un debate técnico reservado a especialistas. Pasa a ser una cuestión política, educativa y cultural.Porque cuando una sociedad sigue usando un mapa viejo para leer un territorio nuevo, el riesgo no es sólo equivocarse en la medición.El riesgo es equivocarse en el rumbo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En la era de la inteligencia artificial, la automatización y los servicios digitales, el Producto Interno Bruto sigue siendo una herramienta útil para medir producción, pero cada vez más insuficiente para reflejar bienestar, calidad de vida y valor real. La discusión ya no es sólo económica: también es educativa, política y cultural.]]>
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                                <updated>2026-04-18T04:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-04-18T04:30:00+00:00</published>
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            El grito que no detiene la tormenta
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No era un acto aislado. Era sistemático. Violento. Creían que el grito —ese alarido desgarrador— tenía poder. Que si el dolor era suficiente, si el ruido era lo bastante intenso, el cielo finalmente iba a ceder.</p><p>Pero la lluvia seguía. Entonces hacían lo único que su creencia les permitía: azotar más fuerte. Más tiempo. Más animales. Más gritos.Y en ese estruendo, en ese sufrimiento inútil, esperaban encontrar la señal de que todo iba a cambiar. Nunca cambiaba.</p><p>Ese relato no habla solamente del pasado. Habla, en realidad, de una forma de pensar. Del pensamiento mágico. De esa lógica según la cual, cuando la realidad contradice una idea, el problema no es la idea sino la realidad. Entonces, en lugar de revisar el rumbo, se profundiza. En lugar de corregir, se insiste. En lugar de preguntarse si el camino sigue siendo el correcto, se redobla la apuesta con la esperanza de que esta vez, sí, ahora sí, el resultado finalmente aparezca.La metáfora resulta inquietante porque describe con demasiada precisión ciertos momentos de la política económica argentina. Momentos en los que un gobierno deja de leer los hechos como señales de advertencia y empieza a tratarlos como obstáculos pasajeros en el camino hacia una promesa superior. Momentos en los que toda evidencia adversa se vuelve justificable, todo costo se convierte en sacrificio necesario y todo deterioro pasa a interpretarse como parte del precio inevitable del orden futuro.</p><p>La Argentina ya conoce demasiado bien ese mecanismo. Lo conoció antes de la crisis de 2001-2002 y vuelve a asomarse hoy, en medio de un programa económico que todavía conserva respaldo político y capacidad discursiva, pero que empieza a exhibir fisuras cada vez más visibles en la economía real.</p><p>Porque más allá de los números oficiales que el Gobierno presenta como prueba de éxito, hay datos que tienen una materialidad imposible de ocultar. Puede discutirse una metodología, una canasta, una proyección o el modo en que se construyen ciertos indicadores.</p><p>Pero hay realidades que no se dejan domesticar fácilmente. La caída del consumo. El enfriamiento de la actividad. El deterioro del empleo y de su calidad. La recesión persistente en sectores clave como la industria y la construcción. El mayor endeudamiento de las familias. El aumento de la morosidad. La pérdida de dinamismo de la recaudación en términos reales. La fragilidad de un crecimiento sostenido en pocos sectores, mientras gran parte del entramado productivo continúa resentido. Ese conjunto de alertas ya está planteado en tu borrador como una señal de fondo que empieza a gritar.</p><p>Y ahí es donde el paralelismo con el pasado deja de ser una exageración para convertirse en una advertencia seria.</p><p>La convertibilidad también comenzó envuelta en expectativas positivas. También ofreció orden, previsibilidad y una caída drástica de la inflación después del caos. También permitió instalar la idea de que, por fin, la Argentina había encontrado una arquitectura económica estable. Durante un tiempo, los resultados parecían darle la razón al modelo. El problema fue que, debajo de esa superficie de estabilidad, comenzaron a acumularse desequilibrios que no eran secundarios ni circunstanciales.Primero aparecieron como síntomas dispersos. Sectores productivos que perdían competitividad. Economías regionales que se apagaban. Empresas que dejaban de resistir. Un desempleo que dejaba de ser transitorio para volverse estructural. Un Estado crecientemente condicionado por la necesidad de sostener un esquema que empezaba a depender más de la deuda que de la vitalidad genuina de la economía.</p><p>Después, esos síntomas dejaron de ser aislados. Se volvieron frecuentes, visibles, imposibles de ignorar. Y, sin embargo, la respuesta no fue revisar el rumbo. Fue insistir.</p><p>Más ajuste. Más endeudamiento. Más presión sobre la economía real. Más confianza en que el mismo programa, llevado un poco más lejos, iba finalmente a corregirse a sí mismo. Como si el problema no estuviera en la naturaleza del esquema, sino en la falta de intensidad para aplicarlo. Como si todo lo que hacía ruido en la realidad no fuera una advertencia, sino apenas una incomodidad transitoria.</p><p>Ese fue, precisamente, uno de los errores más graves de los años previos al colapso de 2001. Confundir la resistencia social con fortaleza del programa. Confundir la prolongación del sufrimiento con prueba de seriedad. Confundir la persistencia del ajuste con la cercanía de la solución.</p><p>No fue un derrumbe repentino ni una fatalidad imprevisible. Fue el desenlace de un proceso largo de señales ignoradas, advertencias desoídas y una negativa persistente a aceptar que el problema no era cuánto más se insistía, sino en qué se estaba insistiendo.</p><p>Hoy vuelve a aparecer esa misma lógica de impermeabilidad frente a la evidencia. Si cae el consumo, se responde que todavía falta ajustar. Si sube el desempleo, se lo presenta como parte del sinceramiento. Si una pyme cierra, se la describe como una víctima necesaria de la depuración. Si la industria se retrae, se la relativiza con el desempeño de otro sector menos intensivo en empleo. Si las familias pierden poder adquisitivo, se les pide paciencia. Si se endeudan para sostener gastos corrientes, se promete que se trata apenas de una transición dolorosa hacia un futuro mejor.</p><p>Todo encuentra justificación dentro del mismo dogma. Nada parece suficiente para poner verdaderamente en duda el rumbo. Y ese es el núcleo del problema.&nbsp;Porque cuando una política económica se vuelve inmune a la evidencia, deja de ser un programa técnico para transformarse en un acto de fe. Ya no importa demasiado lo que pasa en la calle, en el comercio, en la fábrica, en la pyme, en el salario o en el bolsillo. Lo central pasa a ser sostener la narrativa del éxito próximo, aun cuando la economía real empiece a enviar señales en dirección contraria.</p><p>Más todavía: aun cuando algunos indicadores muestren mejoras parciales, el problema puede seguir agravándose. Porque no todo crecimiento significa recuperación sana. No toda desaceleración inflacionaria implica alivio social duradero. No todo equilibrio fiscal es sostenible si se obtiene al precio de debilitar el consumo, erosionar la producción, resentir la recaudación futura y volver más frágil el tejido económico que debe sostener, en definitiva, cualquier estabilización seria.Ese fue también uno de los grandes errores de lectura en los años previos a 2001: creer que mientras algunos números cerraran, el resto podía esperar. Pero la economía no se rompe solo cuando saltan las variables financieras. Muchas veces se rompe antes, lentamente, cuando se deterioran las bases productivas, laborales y sociales sobre las que descansa cualquier programa de estabilización.</p><p>La historia argentina enseña, además, que las crisis no siempre explotan de golpe. Antes de estallar, se naturalizan. Primero sorprende el deterioro; después se tolera. Primero alarma la caída de la actividad; después se vuelve paisaje. Primero preocupa el cierre de una empresa; después deja de ser noticia. Primero conmueve la pérdida del empleo; después se la transforma en estadística. Primero inquieta el retroceso del salario; después se lo acepta como un costo inevitable del orden.Ese proceso de naturalización es quizá el momento más delicado de todos. Porque cuando el deterioro deja de interpelar, también se debilita la reacción política y social. Y cuando eso ocurre, la capacidad de corregir a tiempo empieza a desaparecer.</p><p>La lección de 2001 no debería leerse solo como un recuerdo traumático ni como una comparación automática. Debería leerse, sobre todo, como una advertencia metodológica. No fue por falta de señales. Fue por falta de decisión para cambiar.Y esa es la discusión de fondo que hoy la Argentina debería animarse a dar: si este modelo, tal como está planteado, tiene capacidad de sostenerse sin seguir deteriorando el empleo, el consumo, la producción y la cohesión social.</p><p>La Argentina no está condenada a repetir 2001. Pero sí puede volver a acercarse peligrosamente a esa lógica si insiste en ignorar las señales.</p><p>La tormenta no se detuvo entonces por los gritos. Y tampoco se va a detener ahora por el relato.</p><p>Cuando un plan empieza a fallar, insistir no siempre es valentía. A veces es apenas una forma más sofisticada de no querer ver. Y cuando la política decide no ver, la realidad termina corrigiendo de la manera más cruel.</p><p>La experiencia argentina ya enseñó cuánto cuesta llegar tarde.&nbsp;Por eso, corregir a tiempo no es una señal de debilidad. Es, muchas veces, la última oportunidad de evitar que el final vuelva a escribirse como ya lo vimos una vez: con el modelo agotado, la sociedad exhausta y la crisis imponiendo por la fuerza las decisiones que la política no quiso tomar a tiempo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Cuenta una vieja creencia popular que, cuando la lluvia no paraba, cuando los campos se inundaban y el miedo crecía, algunos hombres recurrían a un ritual desesperado: azotaban animales.]]>
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                                                <category term="economia" label="Economía" />
                                <updated>2026-04-11T04:30:03+00:00</updated>
                <published>2026-04-11T04:30:00+00:00</published>
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            La felicidad también es un dato económico: qué revela la caída de Argentina en el ranking mundial del bienestar
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Lo que este informe internacional intenta capturar es algo mucho más profundo: cómo evalúan las personas su propia vida en un contexto determinado y qué condiciones económicas, institucionales y sociales ayudan a explicar esa valoración.</p><p>En la edición 2025, Argentina volvió a quedar rezagada en la comparación internacional y se ubicó en el puesto 42 del mundo, con un puntaje de 6,397, detrás de varios países de América Latina y el Caribe que hoy muestran un mejor desempeño relativo.</p><p>El dato, en sí mismo, ya merece atención. Pero lo más relevante aparece cuando se lo observa en perspectiva regional. En América Latina y el Caribe, Costa Rica quedó 6° en el mundo, México 10°, Belice 25°, Uruguay 28°, Brasil 36°, El Salvador 37% y Panamá 41°, todos por delante de la Argentina.</p><p>Apenas por debajo aparece Chile, en el puesto 45. Es decir: Argentina no solo perdió centralidad en la comparación global, sino que además quedó superada por varios países de la región, incluso por algunos que históricamente no figuraban por encima suyo en este tipo de indicadores.</p><p>Ese contraste regional obliga a hacer una lectura menos superficial. Porque el informe no mide “felicidad” en el sentido liviano del término, ni releva un estado emocional pasajero.&nbsp;La base del ranking es la llamada Cantril Ladder, una pregunta que realiza Gallup World Poll en más de 140 países y que pide a las personas evaluar su vida actual en una escala de 0 a 10, donde 0 representa la peor vida posible y 10 la mejor. El ranking se construye con promedios de tres años, lo que reduce el ruido coyuntural y permite captar tendencias más estructurales. En el caso del reporte 2025, la medición toma el promedio del período 2022-2024.</p><p>Además, el informe no se limita a ordenar países. También trabaja con una serie de variables explicativas que ayudan a entender por qué algunas sociedades evalúan mejor su vida que otras.</p><p>Entre esos factores aparecen el PBI per cápita, el apoyo social, la esperanza de vida saludable, la libertad para tomar decisiones de vida, la generosidad y la percepción de corrupción.</p><p>No se trata, por supuesto, de una fórmula mágica ni de una relación causal lineal, pero sí de una aproximación muy útil para pensar el vínculo entre economía, instituciones y bienestar.</p><p>Desde la óptica de las finanzas públicas, esto vuelve al índice particularmente interesante. Un Estado puede exhibir orden en ciertas variables fiscales y, aun así, estar fracasando en la generación de bienestar si no logra traducir estabilidad en calidad de vida.</p><p>A la inversa, una economía puede no ser la más grande de su región y, sin embargo, construir mejores condiciones de satisfacción social si combina ingresos razonables, instituciones más confiables, vínculos comunitarios sólidos y servicios públicos que funcionen.</p><p>Justamente por eso el ranking de felicidad no debería leerse como un adorno blando del debate económico, sino como una señal complementaria sobre la calidad del desarrollo.</p><p>En ese punto, el caso latinoamericano resulta especialmente revelador. El propio World Happiness Report subraya que las sociedades de América Latina suelen exhibir fortalezas vinculadas a los lazos familiares, los hogares más amplios y las redes de apoyo, elementos que muchas veces permiten explicar niveles de bienestar superiores a los que sugeriría el ingreso por sí solo.</p><p>El informe 2025 vuelve a remarcar que esas tramas relacionales ofrecen lecciones valiosas para otros países, porque muestran que el bienestar no depende exclusivamente del consumo o del tamaño de la economía, sino también de la calidad de los vínculos sociales.</p><p>Y allí aparece, justamente, una de las preguntas más incómodas para la Argentina. Si la región tiene una base social y cultural que suele empujar sus indicadores de bienestar por encima de lo que explicaría la renta, ¿por qué nuestro país no logra aprovechar ese activo relativo?</p><p>La respuesta no puede buscarse en una sola causa, pero sí en una combinación bastante conocida: inestabilidad macroeconómica persistente, deterioro del poder adquisitivo, incertidumbre normativa, desconfianza en las instituciones y fatiga social acumulada. Cuando una sociedad transita durante años entre crisis recurrentes, reglas cambiantes y expectativas volátiles, la evaluación de vida también se resiente.</p><p>Ese deterioro no debe interpretarse solo en clave anímica. También tiene consecuencias económicas concretas. Una sociedad que se siente más insegura respecto de su presente y de su futuro tiende a reducir horizontes de planificación, debilitar sus expectativas de movilidad y aumentar su demanda de protección.</p><p>Eso termina presionando sobre la política fiscal, sobre el gasto social, sobre la legitimidad tributaria y sobre la capacidad del Estado para sostener consensos básicos. En otras palabras, cuando cae el bienestar, no solo se resiente el clima social: también se complica la sustentabilidad económica.</p><p>Por eso el ranking mundial de felicidad merece ser leído con más seriedad de la que suele concedérsele. No reemplaza a los indicadores clásicos, pero los complementa. No sustituye al análisis de inflación, actividad o empleo, pero ayuda a entender si esos números están logrando traducirse en una mejora tangible en la experiencia cotidiana de la población. Y eso, para cualquier especialista en políticas públicas, debería ser central. Porque una economía puede estabilizar algunas planillas y, al mismo tiempo, empeorar la forma en que la sociedad percibe su vida, sus oportunidades y su futuro.</p><p>El mensaje que deja el informe 2025 para la Argentina es claro. El país no solo necesita ordenar variables macroeconómicas: necesita reconstruir condiciones de bienestar más estables y más creíbles. Necesita que la mejora económica, cuando exista, sea percibida como durable; que las reglas sean previsibles; que el esfuerzo social tenga algún horizonte reconocible; y que el Estado vuelva a ofrecer un marco de confianza mínima.</p><p>En ese sentido, la caída argentina en el ranking no debería ser leída como una anécdota de temporada. Debería ser tomada como una advertencia.</p><p>Porque cuando un país pierde posiciones en bienestar relativo frente a sus vecinos, lo que está en juego no es solo una imagen internacional: también es la evidencia de que algo importante no está funcionando del todo bien dentro de sus fronteras.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Cada vez que se publica el World Happiness Report, hay quienes lo leen como una curiosidad estadística, casi como un dato pintoresco sin mayor densidad analítica. Sin embargo, detrás de ese ranking hay bastante más que una medición subjetiva del humor social.]]>
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                                <updated>2026-04-04T04:00:02+00:00</updated>
                <published>2026-04-04T04:00:00+00:00</published>
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            La guerra que no votamos, pero igual podemos terminar pagando
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        <link rel="alternate" href="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/economia/la-guerra-que-no-votamos-pero-igual-podemos-terminar-pagando" type="text/html" title="La guerra que no votamos, pero igual podemos terminar pagando" />
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un enfrentamiento armado en Medio Oriente puede terminar impactando, meses después, en los precios de los alimentos, los combustibles o los productos importados en cualquier ciudad del planeta.</p><p>En ese contexto, la actual escalada de tensiones en la región vuelve a poner en evidencia el llamado “efecto mariposa” del comercio global: pequeñas alteraciones en puntos estratégicos del planeta pueden desencadenar consecuencias económicas de gran magnitud en lugares muy distantes.</p><p>El sistema de comercio internacional depende en gran medida de rutas marítimas altamente concentradas. Buques cargados de petróleo, gas, granos, insumos industriales y productos manufacturados atraviesan diariamente corredores logísticos que conectan Asia, Europa y América. Cuando alguno de esos corredores se vuelve inseguro o directamente queda bloqueado por un conflicto, toda la red logística mundial comienza a tensionarse.</p><p>En Medio Oriente existen varios de estos puntos críticos del comercio global, conocidos como “cuellos de botella”. Uno de los más importantes es el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo. Otro paso estratégico es el Estrecho de Malaca, fundamental para el transporte entre Asia y Europa. Si la seguridad en alguno de estos pasos se deteriora, el impacto es inmediato en los mercados energéticos. El temor a interrupciones en el suministro suele disparar el precio del petróleo en cuestión de horas.</p><p>Cuando el precio del crudo sube, la reacción en cadena es casi automática. El combustible es uno de los insumos centrales de la economía mundial: mueve barcos, camiones, aviones y maquinaria industrial. Un aumento del petróleo encarece el transporte global, y ese aumento se traslada gradualmente a cada eslabón de la cadena productiva.</p><p>El primer impacto suele sentirse en la logística marítima. Las grandes navieras deben modificar sus rutas para evitar zonas consideradas de riesgo, lo que implica más días de navegación y mayor consumo de combustible.</p><p>A esto se suma el incremento de las primas de seguro para las cargas, que se disparan cuando los barcos deben atravesar áreas potencialmente expuestas a ataques o incidentes militares. En algunos casos, las aseguradoras directamente dejan de cubrir determinados trayectos, obligando a los buques a rodear regiones enteras.</p><p>Estos cambios generan demoras, congestión en puertos alternativos y encarecimiento de los fletes. Lo que comienza como una medida de seguridad termina alterando la eficiencia de todo el sistema logístico internacional. El resultado es un aumento del costo del transporte de mercancías que termina repercutiendo en los precios finales de miles de productos.</p><p>Aunque parezca lejano, este tipo de situaciones tiene efectos concretos en países como Argentina. La economía local depende en gran medida del comercio exterior, tanto para exportar su producción agroindustrial como para importar insumos esenciales para la industria. Cuando las rutas marítimas se vuelven más costosas o más lentas, las empresas comienzan a enfrentar demoras en la llegada de componentes, materias primas y bienes intermedios necesarios para la producción.</p><p>La consecuencia más visible es el aumento de costos para las empresas, que deben pagar fletes más caros y esperar más tiempo para recibir mercancías. En sectores industriales que funcionan con cadenas de suministro ajustadas, una demora en la llegada de piezas puede paralizar líneas de producción completas. Este fenómeno ya se observó durante la pandemia, cuando la crisis logística mundial provocó escasez de insumos en múltiples industrias.</p><p>El aumento del precio del combustible se convierte en uno de los principales motores de inflación global. El transporte es un componente presente en prácticamente todos los productos de la economía. Cuando ese costo aumenta, termina filtrándose gradualmente en toda la estructura de precios.</p><p>Los alimentos son uno de los sectores más sensibles a este fenómeno. Desde la producción agrícola hasta la llegada a las góndolas, los productos recorren largas distancias que dependen del combustible. Un aumento sostenido del petróleo encarece la maquinaria agrícola, los fertilizantes —muchos de ellos derivados del gas— y el transporte de la producción.En el plano internacional, un encarecimiento de la energía también afecta los costos de producción industrial, desde la fabricación de plásticos hasta la producción de acero o productos químicos. Esto genera un nuevo impulso inflacionario que se traslada al comercio global.</p><p>Para países con economías frágiles o con historiales inflacionarios persistentes, como Argentina, este tipo de shocks externos pueden amplificar los problemas internos. Los aumentos en los costos logísticos internacionales se reflejan en precios de importación más altos, presionando sobre la inflación local.Además, el aumento del petróleo suele fortalecer el dólar a nivel global y generar mayor volatilidad financiera, lo que complica aún más a las economías emergentes que dependen del acceso al comercio y al crédito internacional.</p><p>En definitiva, el escenario muestra hasta qué punto la economía mundial funciona como un sistema interdependiente. Un conflicto en una región estratégica puede alterar rutas comerciales, modificar precios energéticos y desencadenar presiones inflacionarias que terminan afectando la vida cotidiana en países situados a miles de kilómetros.</p><p>Por eso, cada vez que aumenta la tensión en Medio Oriente, los mercados no solo miran el desarrollo militar del conflicto. También observan con atención el comportamiento del petróleo, las rutas marítimas y el comercio global. Porque en ese delicado equilibrio se juega buena parte de la estabilidad económica mundial.</p><p>Qué debería hacer el GobiernoFrente a este escenario, el peor error sería la pasividad. O peor todavía: el relato tranquilizador sin preparación real. El Gobierno debería hacer varias cosas al mismo tiempo.La primera es reconocer el riesgo. No minimizarlo, no actuar como si se tratara de una noticia internacional sin efectos domésticos, no descansar en slogans. Un gobierno serio no espera que el problema le explote encima para empezar a diagnosticarlo.</p><p>La segunda es anticiparse en materia energética. Garantizar abastecimiento, revisar escenarios de invierno, monitorear costos de importación, asegurar logística y prever mecanismos de contingencia. En contextos de guerra, la improvisación cuesta carísima.</p><p>La tercera es construir un esquema de protección inteligente para los sectores más sensibles. No se trata de volver al desorden macroeconómico ni de abrir la canilla sin criterio. Se trata de entender que, si hay un shock externo que encarece costos básicos, los sectores vulnerables, las pymes y ciertas actividades estratégicas no pueden quedar librados a la intemperie.</p><p>La cuarta es fortalecer reservas y prudencia fiscal. Justamente porque el mundo se puede volver más hostil, la política económica debería extremar el cuidado de divisas, evitar errores que aumenten la vulnerabilidad y priorizar decisiones que reduzcan exposición externa.</p><p>La quinta, y quizás más importante, es pensar más allá de la coyuntura. La Argentina necesita usar este tipo de episodios como recordatorio brutal de una deuda pendiente: construir una economía menos vulnerable a los shocks internacionales. Eso exige infraestructura, diversificación, previsibilidad y una estrategia de desarrollo. Ningún país se vuelve fuerte solo por tener recursos. Se vuelve fuerte cuando organiza políticamente esos recursos en un proyecto de estabilidad y crecimiento.</p><p>La guerra podrá estar lejos en el mapa. Pero si la Argentina no se prepara, sus consecuencias pueden sentirse demasiado cerca.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En un mundo cada vez más interconectado, los conflictos geopolíticos ya no quedan limitados a las fronteras donde ocurren.]]>
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                                                <category term="economia" label="Economía" />
                                <updated>2026-03-28T04:30:02+00:00</updated>
                <published>2026-03-28T04:30:00+00:00</published>
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            Reforma previsional: el riesgo de convertir una necesidad en un error
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        <link rel="alternate" href="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/economia/reforma-previsional-el-riesgo-de-convertir-una-necesidad-en-un-error" type="text/html" title="Reforma previsional: el riesgo de convertir una necesidad en un error" />
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay discusiones que no pueden seguir postergándose. La previsional es una de ellas.En Entre Ríos, como en casi todas las jurisdicciones del país, el problema existe y se agrava con el tiempo. La mayor expectativa de vida, la informalidad laboral, la menor densidad contributiva y la creciente presión sobre el Tesoro configuran una combinación que ya no admite negacionismos ni discursos de ocasión.&nbsp;El sistema necesita ser revisado. No hay demasiada discusión seria sobre eso. La verdadera discusión empieza después: cómo se reforma, quién fija las reglas y qué nivel de precisión y legitimidad tendrá esa reforma.Porque una cosa es reconocer que hay que cambiar. Otra, muy distinta, es aceptar que cualquier cambio sea bueno por el solo hecho de llamarse “reforma”.&nbsp;Eso obliga a mirar con mucha atención lo que hoy circula en la provincia. Lo que hasta acá se conoce no es todavía un proyecto de ley articulado y completo, sino un conjunto de “vectores” o lineamientos generales. Y ese dato, lejos de ser menor, ya es un problema.Si se baja el análisis a lo concreto, hay cinco cambios sustanciales que deberían quedar absolutamente claros en el debate público.El primero es el aumento de la edad jubilatoria y de los años de aporte. La jubilación ordinaria pasaría de 62 a 65 años para varones y de 57 a 60 años para mujeres, mientras que los años de servicios exigidos subirían de 30 a 35. Es cierto que el esquema prevé una transición gradual.&nbsp;Pero también es cierto que el efecto de fondo es inequívoco: se posterga el acceso al beneficio y se endurecen las condiciones de elegibilidad. En términos fiscales, puede entenderse la lógica. En términos sociales, el costo recae sobre el trabajador activo, especialmente sobre quienes tuvieron trayectorias laborales interrumpidas, precarias o informales.El segundo cambio es el de la base de cálculo del haber inicial. Acá está una de las claves menos transparentadas del debate. El 82% se mantiene en el discurso, pero cambia la base sobre la cual se aplica. En vez de calcularse sobre el tramo final de la carrera —como ocurre hoy—, pasaría a calcularse sobre la historia laboral real de 30 años de aportes, actualizada a valores actuales. En carreras salariales ascendentes, un promedio de 30 años tiende a ser inferior al promedio del tramo final. Dicho sin eufemismos: no se toca de frente el 82%, pero sí puede reducirse materialmente el beneficio.El tercer cambio es la modificación de la movilidad. El régimen vigente tiene una lógica simple y conocida: cuando aumentan los salarios del personal activo, se reajustan los haberes del pasivo. La propuesta rompe ese vínculo directo y lo reemplaza por índices sectoriales que definiría el Poder Ejecutivo. Este punto es central. No se trata de una cuestión secundaria ni meramente técnica. La movilidad integra el corazón del derecho previsional. Si la ley no fija con precisión la fórmula, las variables, la periodicidad, la fuente estadística y las salvaguardas, entonces la Legislatura no estaría regulando el núcleo del sistema: lo estaría delegando. Y eso es exactamente lo que no debería ocurrir.El cuarto cambio es la habilitación de aportes solidarios previsionales y topes máximos ante eventuales desequilibrios financieros o actuariales. Este es, probablemente, el aspecto más delicado de toda la propuesta. Porque no estamos hablando ya del acceso al beneficio, sino del contenido económico mismo del haber. El borrador sostiene, por un lado, que no se afectarían derechos adquiridos ni beneficios ya otorgados. Pero, al mismo tiempo, deja abierta la posibilidad de imponer descuentos o límites sobre quienes ya están jubilados o pensionados. Esa tensión es demasiado evidente. No se puede prometer que no se tocará a los pasivos y, a la vez, dejar abierta la puerta para tocarlos por otra vía.El quinto cambio sustancial aparece en la vaguedad sobre regímenes especiales, invalidez, pensión y edad avanzada. Se habla de armonización con sistemas nacionales y provinciales, de junta médica externa y de continuidad formal de algunos regímenes, pero sin un desarrollo normativo suficientemente claro. En derecho previsional, esa ambigüedad no es flexibilidad: es fuente de litigiosidad. Una reforma de esta magnitud no puede dejar aspectos esenciales librados a fórmulas abiertas o a reglamentaciones posteriores.Si se observa el cuadro completo, el saldo para el trabajador activo es bastante claro: jubilarse más tarde, acreditar más años de aporte, cobrar potencialmente menos en términos relativos y enfrentar mayor incertidumbre sobre la movilidad futura. El propio informe técnico lo resume de manera nítida: la orientación general de la reforma es ahorrativa, pero el costo recae principalmente sobre las cohortes activas. Para el jubilado actual, la principal amenaza no pasa por la edad de acceso sino por la eventual afectación futura del haber mediante topes, aportes solidarios o una movilidad menos favorable.</p><p>Hay además una omisión que no debería pasar en silencio: la cuestión de género. La reforma no corrige la brecha histórica entre varones y mujeres. Es decir, la diferencia sigue siendo exactamente la misma: cinco años. No hay una revisión de fondo, ni una propuesta consistente desde la igualdad formal, ni una mirada integral sobre cuidados, interrupciones de carrera, densidad de aportes o trayectorias laborales femeninas. En una reforma que pretende ser estructural, eso no es un detalle. Es una oportunidad perdida.Tampoco habría que perder de vista a los municipios. El informe marca con claridad que el eventual alivio del sistema provincial puede coexistir con una mayor presión sobre las haciendas locales, porque la carga del desequilibrio seguiría recayendo sobre la patronal municipal. Traducido: una parte del ordenamiento provincial puede terminar desplazando tensión fiscal hacia gobiernos locales con menor autonomía financiera, menor capacidad tributaria y alto peso del gasto en personal. Una reforma que ordena arriba pero complica abajo no resuelve todo: a veces solo cambia el lugar donde explota el problema.Pero el punto más delicado de todos sigue estando en otro lado: en la delegación de facultades al Poder Ejecutivo. Ahí aparece el núcleo más serio del problema jurídico e institucional.No todo cambio severo es automáticamente inconstitucional. El aumento de la edad jubilatoria, la suba de años de aporte o el cambio en la base de cálculo pueden ser medidas discutibles, duras e incluso regresivas, pero no por eso son inválidas por sí mismas. Una ley puede reformar expectativas no consolidadas si lo hace de manera gradual, razonable y prospectiva. El problema de mayor intensidad constitucional aparece cuando la ley deja sin definir el corazón del régimen y entrega esa definición al Ejecutivo.Eso ocurre, sobre todo, en dos puntos. Primero, en la movilidad. Si la futura ley no fija por sí misma los elementos esenciales de la fórmula y deja que el Ejecutivo determine sectores, metodología, ponderaciones, periodicidad y salvaguardas, entonces la delegación sería excesiva en una materia alcanzada por la reserva de ley. Segundo, en la facultad de imponer aportes solidarios previsionales y topes máximos sobre beneficios ya en curso. Ahí confluyen todos los riesgos: afectación del haber, delegación abierta y contradicción con la cláusula de no afectación de derechos adquiridos. El informe es terminante: ese es el punto de mayor vulnerabilidad constitucional del esquema.Por eso, las recomendaciones para el debate legislativo son tan importantes como la discusión misma. La Legislatura no debería tratar lineamientos generales, sino exigir un proyecto articulado completo. Debería reclamar un informe actuarial independiente. Debería definir por ley —y no por reglamentación— la fórmula de movilidad. Debería precisar el alcance de los regímenes especiales. Debería aclarar con exactitud si los aportes solidarios y topes alcanzan o no a beneficios ya otorgados. Debería incorporar una evaluación real del impacto de género. Y debería agregar un capítulo específico de transición fiscal para municipios y comunas adheridos. Eso no es sofisticación académica. Es el mínimo de seriedad que un debate así exige.En definitiva, Entre Ríos necesita discutir su sistema previsional. Pero discutir no es obedecer. Y reformar no es firmar un cheque en blanco.</p><p>Por eso, si la provincia va a avanzar en una reforma de esta magnitud, que lo haga bien. Con texto completo. Con estudio actuarial. Con debate político real. Con perspectiva de género. Con precisión legislativa. Y, sobre todo, sin dejar en manos del Poder Ejecutivo facultades que la Constitución y la prudencia exigen que defina la ley.Porque en materia previsional, tan grave como no reformar es reformar mal.</p>]]>
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                                <updated>2026-03-26T12:40:16+00:00</updated>
                <published>2026-03-21T04:00:00+00:00</published>
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