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    <title>El Heraldo</title>
    <subtitle>Últimas noticias de Argentina</subtitle>
    <updated>2026-06-20T04:15:04+00:00</updated>
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            La Argentina de las dos velocidades: sectores que avanzan y sectores que quedan rezagados
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por eso, al momento de evaluar el crecimiento de un país, no alcanza con mirar solamente si el nivel de actividad sube o baja. También es necesario observar qué sectores impulsan ese crecimiento, cuántos puestos de trabajo generan, cuánto valor agregan y de qué manera ese dinamismo llega —o no llega— a la vida cotidiana de las familias.</p><p>En la Argentina actual conviven actividades con mayor capacidad de expansión, apoyadas en ventajas competitivas, precios internacionales, grandes inversiones, tecnología, escala productiva o beneficios fiscales específicos. Pero también existen sectores que avanzan con muchas más dificultades: el comercio local, las pequeñas y medianas empresas, la construcción, la gastronomía, los servicios personales y buena parte de las actividades vinculadas al consumo interno.Allí aparece la idea de una Argentina a dos velocidades.</p><p>La primera velocidad: los sectores beneficiados</p><p>En la primera velocidad aparecen los sectores vinculados con grandes inversiones, exportaciones, recursos naturales, energía, minería, agroindustria, determinadas actividades financieras y empresas de gran escala. Son actividades importantes porque generan divisas, inversión, producción y, en algunos casos, desarrollo tecnológico.</p><p>El problema no es que estos sectores crezcan. Argentina necesita exportar, atraer inversiones y aumentar su productividad. El problema aparece cuando el Estado concentra en ellos la mayor parte de los beneficios fiscales, mientras los sectores que más empleo generan quedan sin herramientas equivalentes.</p><p>Las grandes empresas y los proyectos de escala cuentan con regímenes promocionales, estabilidad tributaria, beneficios aduaneros, ventajas cambiarias, reducción de cargas, tratamientos especiales o facilidades que buscan garantizar rentabilidad y previsibilidad. A eso se suman condiciones externas favorables: precios internacionales, demanda global, financiamiento, tecnología y mayor capacidad para absorber crisis.</p><p>Es decir, no solo parten de una posición competitiva más fuerte, sino que además reciben del Estado incentivos que mejoran todavía más su situación relativa.</p><p>Esta no es una discusión contra la inversión. Sería absurdo negar la necesidad de que Argentina produzca más, exporte más y atraiga capitales. La cuestión central es otra: ¿por qué los sectores que ya tienen ventajas competitivas reciben los mayores beneficios, mientras el comercio local, las pymes y las familias siguen soportando una pesada carga tributaria?</p><p>La segunda velocidad: comercio, pymes y familias</p><p>En la otra velocidad están los comercios de barrio, las pequeñas y medianas empresas, la construcción local, la gastronomía, el transporte, los servicios profesionales, los talleres, los emprendimientos familiares y las actividades que dependen del consumo interno.</p><p>Estos sectores sostienen buena parte del empleo real de las ciudades. Son los que toman trabajadores, contratan proveedores locales, alquilan locales, pagan tasas municipales, compran insumos y mantienen viva la economía cotidiana.</p><p>Sin embargo, son justamente los que menos alivio reciben. Mientras una gran inversión puede acceder a estabilidad fiscal por décadas, una pyme no sabe si el mes próximo podrá pagar sueldos, alquiler, luz, tasas, impuestos, cargas sociales y proveedores. Mientras una empresa de escala negocia condiciones especiales, un comerciante local paga IVA, Ingresos Brutos, tasas municipales, contribuciones, impuestos bancarios y costos laborales sobre márgenes cada vez más reducidos.La diferencia es brutal: unos reciben incentivos para invertir; otros apenas intentan sobrevivir.</p><p>Además, las pymes y comercios ya no compiten solamente con el negocio de la esquina. Compiten con plataformas digitales, importaciones, grandes cadenas, comercio electrónico, empresas extranjeras, automatización, inteligencia artificial y modelos de escala global.</p><p>Es decir, se les exige competir como si fueran grandes empresas, pero se los sigue tratando tributariamente como si tuvieran espaldas financieras ilimitadas.</p><p>No se trata de enfrentar sectores, sino de equilibrar el desarrollo</p><p>Sería un error plantear esta discusión como una guerra entre campo e industria, entre grandes empresas y pymes, o entre exportadores y mercado interno. El país necesita a todos: exportadores, energía, minería, agroindustria, tecnología, industria nacional, comercio, servicios, turismo, construcción y economía del conocimiento.</p><p>El problema es cuando el Estado elige, por acción u omisión, a quién le ofrece un puente y a quién lo deja cruzar el río nadando.Un modelo de desarrollo equilibrado debería utilizar la potencia de los sectores más competitivos para fortalecer cadenas de valor locales, proveedores nacionales, pymes regionales, empleo formal, infraestructura, capacitación e innovación tecnológica.</p><p>Si una gran inversión se instala en el país, debería generar una red de proveedores locales. Si una actividad exportadora recibe beneficios, debería integrarse con la industria nacional. Si un sector obtiene estabilidad fiscal, debería comprometer empleo, transferencia tecnológica y compras regionales. El beneficio fiscal no puede ser solamente una concesión. Debe ser una herramienta de desarrollo.</p><p>Concordia también tiene dos velocidades</p><p>Esta discusión nacional tiene una expresión muy concreta en Concordia. Nuestra ciudad también convive con dos realidades.</p><p>Por un lado, existen actividades con potencial: citricultura, madera, producción agroindustrial, turismo, servicios, logística, comercio regional y economía del conocimiento. Hay sectores que podrían insertarse mejor en cadenas de valor provinciales, nacionales e internacionales.</p><p>Pero por otro lado, Concordia tiene una enorme economía urbana que depende del ingreso de las familias: comercios, pequeños prestadores de servicios, construcción, gastronomía, transporte, profesionales, emprendedores, talleres, feriantes y trabajadores independientes.</p><p>Cuando cae el consumo, Concordia lo siente inmediatamente. Lo siente el almacén, la carnicería, la farmacia, el kiosco, el corralón, el remisero, el gastronómico, el profesional independiente y el pequeño contribuyente municipal. Lo siente también el municipio, porque baja la recaudación, aumenta la morosidad y se debilita la capacidad de financiar servicios públicos.</p><p>Por eso, hablar de “dos velocidades” en Concordia no es una metáfora. Es una realidad económica y social.</p><p>Hay sectores que pueden tener oportunidades vinculadas con exportaciones, turismo, producción primaria o servicios especializados. Pero hay una gran parte de la ciudad que depende del mercado interno, del salario, de la jubilación, del empleo público, del empleo privado local y del movimiento comercial diario.</p><p>Si esa segunda velocidad se frena, se frena Concordia.</p><p>Qué debería hacer Concordia</p><p>El municipio no puede resolver por sí solo los problemas macroeconómicos del país. No maneja el tipo de cambio, la inflación, las tasas de interés, el IVA ni la política comercial nacional. Pero sí puede diseñar una política local para que Concordia no quede atrapada en la velocidad lenta.</p><p>Primero, debe identificar con precisión cuáles son los sectores que generan más empleo local y cuáles tienen mayor potencial de crecimiento. No alcanza con discursos generales. Se necesita información: empresas que abren y cierran, sectores que pierden empleo, actividades con capacidad exportadora y pymes que podrían integrarse como proveedoras.</p><p>Segundo, debe revisar la presión tributaria municipal sobre el comercio y las pymes. En una ciudad con baja actividad, alta informalidad y fuerte dependencia del consumo interno, no se puede pensar la política fiscal únicamente desde la necesidad de recaudar. También hay que pensarla desde la necesidad de sostener actividad económica.</p><p>Tercero, Concordia necesita una estrategia de compre local, proveedores locales y encadenamientos productivos. Cada obra, contratación pública, evento turístico y política municipal debería preguntarse cuántos pesos quedan en la ciudad y cuántos empleos locales genera.</p><p>Cuarto, debe acompañar la transformación tecnológica de las pymes. La competencia digital no va a desaparecer. El comercio local necesita herramientas para vender, cobrar, administrar, promocionarse y competir mejor en un mercado donde las plataformas ya no son una opción, sino una realidad.</p><p>Quinto, la política social y la política productiva no pueden caminar separadas. En Concordia, la salida de fondo no puede ser solamente asistencia. Tiene que ser empleo, capacitación, formalización, pequeñas inversiones, apoyo a emprendedores, créditos accesibles y reducción de trabas burocráticas.</p><p>La pregunta que importa</p><p>La verdadera pregunta no es si Argentina va a crecer. La pregunta es quiénes van a participar de ese crecimiento.</p><p>El punto central no es negar la importancia de los sectores que crecen. Al contrario: Argentina necesita que esos sectores se expandan. La cuestión de fondo es analizar si ese crecimiento alcanza para generar empleo suficiente, fortalecer las economías regionales, sostener a las pymes y mejorar el ingreso de las familias.</p><p>Concordia necesita mirar este debate con mucha atención. Porque si el país consolida un modelo donde los beneficios se concentran arriba y los costos se pagan abajo, las ciudades más vulnerables serán las primeras en sentirlo.</p><p>No se trata de castigar a los que invierten. Se trata de no abandonar a los que trabajan, producen, venden, emplean y sostienen la economía diaria.</p><p>Esa es la discusión que debemos dar también en Concordia: cómo interpretar esta economía de dos velocidades y qué puede hacer la ciudad para que el crecimiento no quede concentrado en pocos sectores, sino que se traduzca en más actividad, más empleo y más oportunidades para todos.</p><p>Una Argentina a dos velocidades puede mostrar buenos números en algunos despachos, pero dejar demasiada gente al costado del camino. Y una ciudad como Concordia no puede darse ese lujo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La economía argentina vuelve a mostrar señales de recuperación en algunos indicadores generales. Sin embargo, cuando se analiza con mayor detalle, aparece una realidad más compleja: no todos los sectores crecen al mismo ritmo, no todos generan el mismo impacto sobre el empleo y no todos reciben las mismas condiciones para desarrollarse.]]>
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                                <updated>2026-06-20T04:15:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-20T04:15:00+00:00</published>
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            Menos nacimientos, más longevidad: el nuevo desafío económico de Concordia
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay transformaciones que no hacen ruido, pero cambian el destino económico de una ciudad. La baja sostenida de la natalidad es una de ellas. No produce una crisis visible de un día para otro, pero altera lentamente la estructura de la población y obliga a mirar mucho más allá del próximo presupuesto municipal.</p><p>La Argentina está viviendo una transformación demográfica acelerada. En 2024 se registraron 413.135 nacidos vivos en todo el país. Diez años antes, la cifra superaba los 777.000. En apenas una década, la cantidad anual de nacimientos se redujo casi a la mitad. A su vez, las proyecciones oficiales del INDEC muestran una tasa global de fecundidad para 2025 de apenas 1,27 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional, que se ubica en torno a 2,1.</p><p>En el departamento Concordia, la señal es aún más clara. La tasa bruta de natalidad pasó de niveles superiores a 20 nacimientos cada mil habitantes en 2014 a poco más de 10 en 2024. La reducción es prácticamente del 50% en una década.&nbsp;</p><p>Esta información no debe leerse como una simple curiosidad estadística. Para una ciudad que ya convive con altos niveles de pobreza, baja tasa de actividad y dificultades estructurales para generar empleo privado formal, el cambio demográfico tiene consecuencias económicas directas.</p><p>La primera consecuencia está en el mercado laboral. Una ciudad con menos nacimientos hoy tendrá, en algunos años, menos jóvenes ingresando al sistema educativo, luego menos personas ingresando al mercado de trabajo y, finalmente, una base más reducida de contribuyentes y trabajadores activos. Si al mismo tiempo aumenta la proporción de adultos mayores, la presión sobre los sistemas de salud, cuidados y protección social será cada vez mayor.</p><p>El problema no es solamente cuántos habitantes tendrá Concordia dentro de veinte años. El verdadero problema es cuántos trabajadores tendrá, cuántos empleos formales podrá generar, cuánta productividad será capaz de construir y qué capacidad fiscal tendrá el Estado local para financiar servicios cada vez más complejos.</p><p>Hoy Concordia ya parte de una situación delicada. Según los últimos datos oficiales publicados por la DGEC, en el cuarto trimestre de 2025 la tasa de actividad del aglomerado Concordia fue del 43,1% y la tasa de empleo del 40,7%. Esto significa que una parte importante de la población no participa activamente del mercado laboral o no logra insertarse en un empleo. A su vez, en el segundo semestre de 2025, el 49,9% de las personas del aglomerado Concordia se encontraba bajo la línea de pobreza y el 13,6% bajo la línea de indigencia.</p><p>Estos datos son centrales para interpretar el fenómeno. La baja natalidad no ocurre en una ciudad rica, con pleno empleo y alta productividad. Ocurre en una ciudad donde muchas familias postergan decisiones, donde criar un hijo implica un esfuerzo económico enorme y donde el futuro laboral de los jóvenes aparece muchas veces limitado. Por eso, el debate no puede reducirse a pedir que “nazcan más chicos”. La pregunta económica es otra: qué condiciones ofrece Concordia para que formar una familia, trabajar, estudiar y proyectar una vida en la ciudad sea posible.</p><p>El costo de crianza ayuda a comprender parte del problema. El INDEC mide una canasta de crianza que incluye bienes, servicios y el valor del tiempo de cuidado. Para marzo de 2026, esa canasta se ubicaba entre casi $500.000 y más de $630.000 mensuales según la edad del niño. Lo más relevante es que una parte sustancial de ese costo no corresponde solamente a alimentos, ropa o transporte, sino al tiempo de cuidado. Ese tiempo, en la práctica, sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres y tiene un impacto directo en su inserción laboral, sus ingresos y su autonomía económica.</p><p>Desde una mirada de finanzas públicas, esto exige repensar prioridades. Una ciudad que envejece y tiene menos nacimientos no puede seguir planificando su presupuesto como si la estructura social fuera la misma de hace treinta años. La demanda de jardines, escuelas primarias y servicios pediátricos puede modificarse gradualmente. Pero al mismo tiempo crecerá la demanda de atención médica, rehabilitación, medicamentos, acompañamiento domiciliario, accesibilidad urbana, transporte adecuado, centros de día y servicios vinculados al cuidado de personas mayores.</p><p>Ahí aparece un punto clave: el envejecimiento no es solamente un problema de gasto. También puede ser una oportunidad económica si se planifica con inteligencia.&nbsp;</p><p>Concordia tiene condiciones para desarrollar una economía de la longevidad: servicios de salud, termalismo, espacios verdes, cercanía con Salto, escala urbana intermedia y potencial turístico. Pero esas ventajas no se transforman solas en desarrollo. Requieren inversión, capacitación laboral, infraestructura, regulación adecuada y una estrategia público-privada sostenida.</p><p>La ciudad debería mirar esta tendencia como una agenda de desarrollo. Servicios domiciliarios, enfermería, acompañantes terapéuticos, turismo de salud, recreación para adultos mayores, viviendas adaptadas, alimentación saludable, movilidad urbana accesible y tecnología aplicada al cuidado pueden convertirse en fuentes de empleo y actividad económica. Pero para eso se necesita anticipación. Si se espera a que la presión del envejecimiento estalle, el Estado solo llegará tarde y gastará peor.</p><p>También habrá impacto sobre la educación. Menos nacimientos implicarán, con el tiempo, cohortes escolares más pequeñas.</p><p>Esto puede llevar a revisar la distribución de cargos, edificios e infraestructura. Pero sería un error interpretar la baja de matrícula solamente como una oportunidad para recortar gasto. En una ciudad con altos niveles de pobreza, cada niño que nace vale aún más desde el punto de vista económico y social. Menos alumnos deberían significar mejor inversión por estudiante, más jornada escolar, más apoyo temprano, más tecnología y más calidad educativa. Si las próximas generaciones serán menos numerosas, no podemos permitirnos que además estén peor formadas.</p><p>El mismo razonamiento vale para los jóvenes. Concordia no solo debe preocuparse por cuántos nacen, sino por cuántos se quedan. Si la ciudad pierde jóvenes por falta de oportunidades educativas, laborales o profesionales, el problema demográfico se agrava. Una comunidad que expulsa jóvenes pierde trabajadores futuros, emprendedores, contribuyentes, innovación y renovación institucional.</p><p>Por eso, la agenda demográfica debe cruzarse con la agenda productiva. No alcanza con mirar estadísticas de nacimientos.</p><p>Hay que vincularlas con empleo, pobreza, inversión, educación técnica, conectividad, logística, turismo, economía del conocimiento y desarrollo regional. La pregunta de fondo es si Concordia será capaz de ofrecer oportunidades suficientes para que sus jóvenes quieran quedarse y sus familias puedan proyectar un futuro.</p><p>Concordia necesita incorporar esta discusión a su planificación pública. No hacen falta grandes estructuras burocráticas, pero sí indicadores concretos: nacimientos por año, matrícula escolar por barrio, migración juvenil, población adulta mayor, demanda de cuidados, cobertura de salud, empleo formal, informalidad, pobreza y localización territorial de los servicios. Sin información no hay planificación; y sin planificación, el Estado siempre termina reaccionando tarde.</p><p>La caída de la natalidad no es una catástrofe inevitable. Tampoco significa que Concordia vaya a despoblarse en el corto plazo. Pero sí marca un cambio profundo. Durante décadas, muchas políticas públicas se pensaron sobre la base de una población joven y creciente. Ese mundo empieza a cambiar.</p><p>El desafío económico de Concordia será producir más riqueza, más empleo formal y mejores servicios con una estructura poblacional distinta: menos niños, menos jóvenes en proporción y más adultos mayores. Eso obliga a ordenar prioridades, invertir mejor y pensar la ciudad a veinte o treinta años.</p><p>La demografía no se corrige con discursos. Se enfrenta con desarrollo, educación, empleo, productividad y planificación fiscal. Concordia tiene que empezar a discutirlo ahora, porque cuando los efectos sean plenamente visibles, el margen de maniobra será mucho menor.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La caída de la natalidad y el aumento de la expectativa de vida no son solamente datos demográficos. Son señales económicas de fondo. Anticipan cambios en el mercado laboral, en la recaudación, en el gasto público, en el sistema educativo, en la salud, en la demanda de cuidados y en la forma en que Concordia deberá planificar su desarrollo durante las próximas décadas.]]>
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                                <updated>2026-06-13T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-13T04:30:00+00:00</published>
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            Concordia 2056: dejar de administrar problemas y empezar a construir futuro
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Concordia tiene una paradoja que duele. Es una de las ciudades con mayores potencialidades productivas de Entre Ríos y, al mismo tiempo, una de las que más dificultades sociales arrastra desde hace décadas. Tiene río, frontera, producción citrícola, forestal y agroindustrial, Parque Industrial, aeropuerto renovado, termas, turismo, conexión con Uruguay, cercanía al corredor del Mercosur, instituciones técnicas y capital humano. Sin embargo, buena parte de esa riqueza potencial todavía no se traduce en empleo formal, inversión sostenida, mejores ingresos ni movilidad social.</p><p>El problema de Concordia no es la falta absoluta de oportunidades. El problema es que esas oportunidades no han sido integradas dentro de una estrategia de ciudad.</p><p>Durante años discutimos la coyuntura: la crisis de la citricultura, la pérdida de empleo, el atraso de infraestructura, la pobreza, la informalidad, la caída del comercio, la falta de inversión, la presión tributaria, el costo de los servicios o la falta de crédito.</p><p>Todos esos temas son reales y urgentes. Pero hay una pregunta más profunda que la ciudad debe animarse a responder: ¿qué Concordia queremos construir en los próximos 30 años?</p><p>Esa pregunta no puede contestarse con slogans, obras aisladas ni anuncios de ocasión. Se responde con planificación, datos, prioridades, financiamiento, continuidad institucional y participación de los sectores que realmente producen, trabajan, invierten, enseñan y generan conocimiento en la ciudad.</p><p>Concordia necesita dejar de pensar su desarrollo como una suma de partes inconexas. El turismo por un lado, el Parque Industrial por otro, la citricultura por otro, el aeropuerto por otro, el comercio por otro y la logística por otro. Esa mirada fragmentada es una de las razones por las cuales tantas potencialidades quedan a mitad de camino.</p><p>La ciudad debe pasar de la lógica de los proyectos sueltos a la lógica de un sistema de desarrollo.</p><p>La producción citrícola, forestal, hortícola y alimentaria debe estar conectada con la industrialización, el envasado, la conservación, la trazabilidad, la exportación, la innovación tecnológica y la logística. No alcanza con producir materias primas si el mayor valor agregado se genera fuera del territorio. Concordia debe preguntarse cuánta riqueza se produce en la región, cuánta se transforma localmente y cuánta se pierde por falta de infraestructura, escala, financiamiento o coordinación.</p><p>El Parque Industrial puede ser una pieza central, pero no puede limitarse a ser un predio donde se ofrecen lotes. Debe transformarse en una plataforma de desarrollo productivo. Para eso necesita servicios confiables, conectividad, accesos adecuados, seguridad jurídica, gestión ambiental, reglas claras e incentivos inteligentes. Pero, sobre todo, necesita una política industrial local: saber qué tipo de empresas se quieren atraer, qué cadenas productivas se busca fortalecer, qué empleo se pretende generar y qué compromisos deben asumir quienes reciban beneficios públicos.</p><p>El aeropuerto Comodoro Pierrestegui también debe ser pensado dentro de una estrategia mayor. No alcanza con tener una obra moderna si no se la conecta con turismo, eventos, servicios, comercio exterior, logística liviana, salud, conocimiento y vinculación regional. Lo mismo ocurre con la posibilidad de desarrollar una zona logística, un puerto de barcazas o una mayor integración con Uruguay. Son oportunidades importantes, pero deben ser evaluadas con seriedad técnica, estudios ambientales, análisis económico y etapas verificables.</p><p>Concordia no necesita promesas grandilocuentes. Necesita una hoja de ruta. Esa hoja de ruta debería tener horizonte 2056.</p><p>Treinta años no significan mirar demasiado lejos. Significan empezar a tomar decisiones que no se agoten en una gestión municipal. Las ciudades que progresan no son las que cambian de rumbo cada cuatro años, sino las que logran acuerdos básicos sobre su perfil productivo, su infraestructura, su ordenamiento territorial, su sistema educativo y su política fiscal.</p><p>Pensar Concordia a 30 años exige una visión estadística. Esto es fundamental. No puede haber política pública seria sin medición. La ciudad debería contar con un tablero público de indicadores productivos, sociales, fiscales, ambientales y urbanos. ¿Cuántas empresas se radican por año? ¿Cuántos empleos privados formales se crean? ¿Cuánto pesa la economía informal? ¿Cuánto valor agregado queda en la ciudad? ¿Cuántos jóvenes se capacitan en oficios demandados? ¿Cuánto tarda una habilitación comercial? ¿Qué sectores exportan? ¿Qué inversiones se concretan? ¿Qué obras mejoran efectivamente la competitividad?</p><p>Sin datos, la política se transforma en relato. Con datos, puede convertirse en gestión.</p><p>El municipio no tiene recursos ilimitados.. No se trata de agrandar el Estado ni de achicarlo por consigna. Se trata de construir un Estado municipal inteligente, capaz de ordenar prioridades, facilitar inversiones, controlar resultados y generar confianza.</p><p>Concordia necesita un banco de proyectos estratégicos: obras, programas y reformas previamente estudiadas, con costos estimados, impacto esperado, fuentes de financiamiento posibles y etapas de ejecución. Eso permitiría gestionar recursos provinciales, nacionales, internacionales o público-privados con mayor seriedad. Muchas veces las oportunidades de financiamiento se pierden no porque falten ideas, sino porque no existen proyectos técnicamente preparados.</p><p>También hace falta una ventanilla única de inversión. Quien quiera invertir en Concordia no debería perderse en un laberinto administrativo. La ciudad debe simplificar trámites, digitalizar procesos, reducir tiempos, ordenar normas y ofrecer información clara. La seguridad jurídica también es política productiva.</p><p>Pero el desarrollo no puede depender solamente del municipio. Deben participar empresarios, comerciantes, productores, sindicatos, universidades, escuelas técnicas, colegios profesionales, instituciones intermedias, emprendedores, sector turístico, organismos técnicos como el INTA, Provincia y Nación. La planificación de una ciudad no puede ser una carpeta cerrada en un despacho. Debe ser un contrato social de desarrollo.</p><p>El turismo merece una consideración especial. Concordia tiene termas, río, historia, naturaleza, eventos, cercanía con Salto Grande y una localización privilegiada para construir una oferta regional integrada. Pero el turismo tampoco debe mirarse como una actividad aislada. Debe conectarse con gastronomía, cultura, producción local, transporte, comercio, hotelería, formación laboral, servicios digitales y promoción inteligente. El turismo genera empleo cuando se lo profesionaliza y se lo integra al resto de la economía.</p><p>La educación es otro eje central. Concordia no podrá cambiar su matriz productiva si no vincula mejor la formación con el empleo. Escuelas técnicas, universidades, institutos terciarios y centros de capacitación deben dialogar con las necesidades reales y futuras de la economía local: agroindustria, logística, mantenimiento industrial, programación, análisis de datos, energías renovables, gestión ambiental, turismo, comercio exterior y economía del conocimiento.</p><p>La gran batalla del futuro será por el talento. Si Concordia no ofrece oportunidades a sus jóvenes, seguirá formando capacidades que luego emigran. Una ciudad que pierde a sus jóvenes pierde futuro.</p><p>Por eso, hablar de producción no es hablar solamente de empresas. Es hablar de movilidad social, arraigo, educación, infraestructura, tecnología, ambiente y calidad de vida. El desarrollo productivo bien diseñado reduce pobreza, fortalece el comercio, mejora la recaudación, amplía la base tributaria y permite financiar mejores servicios públicos sin asfixiar al contribuyente.</p><p>La ciudad tiene que sentar en una misma mesa a todos los sectores relevantes de su economía y construir una agenda común: producción con valor agregado, turismo integrado, logística regional, modernización del Parque Industrial, aeropuerto articulado al desarrollo, educación vinculada al trabajo, infraestructura priorizada, reglas claras, sustentabilidad ambiental e indicadores públicos.</p><p>El futuro no se improvisa. Se diseña, se financia, se mide y se sostiene en el tiempo. Para es hay que dejar de empezar de nuevo cada cuatro años. Dejar de mirar sólo la emergencia. Dejar de discutir el desarrollo como una promesa abstracta.</p><p>Es hora de pensar Concordia a 30 años, porque las ciudades no progresan únicamente por lo que tienen. Progresan cuando saben hacia dónde van.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Concordia tiene ubicación, recursos, producción, turismo, conocimiento técnico e infraestructura estratégica. Pero nada de eso alcanza si la ciudad sigue atrapada en la improvisación. Es hora de construir un plan de desarrollo a 30 años, con datos, consensos e indicadores públicos.]]>
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                                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                                <updated>2026-06-06T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-06-06T04:30:00+00:00</published>
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            El mercado aplaude, pero no invierte
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        <link rel="alternate" href="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/economia/el-mercado-aplaude-pero-no-invierte" type="text/html" title="El mercado aplaude, pero no invierte" />
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/economia/el-mercado-aplaude-pero-no-invierte">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>La Argentina atraviesa una paradoja económica que merece ser analizada con seriedad y sin simplificaciones. El país creó incentivos, prometió reglas más favorables y buscó seducir al capital internacional. Sin embargo, los últimos datos muestran que la inversión extranjera directa cayó con fuerza. La pregunta, entonces, no es si Argentina necesita inversiones, sino por qué todavía no logra convertir las reformas en desembolsos reales.</p><p>Probablemente, pocos gobiernos hayan puesto tanto énfasis discursivo y normativo en atraer inversiones extranjeras como el actual. Desde la desregulación económica hasta la apertura comercial, desde los beneficios impositivos hasta el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, el mensaje oficial fue claro: había que remover obstáculos, ofrecer rentabilidad, reducir la intervención estatal y generar un marco más amigable para el capital privado.Con un programa basado en ajuste fiscal extremo, desregulación acelerada, apertura comercial y reducción del Estado, el Gobierno apostó desde el primer día a una idea central: que la confianza de los mercados y la llegada masiva de inversiones extranjeras terminarían ordenando la economía. La lógica parecía sencilla. Si el Estado se ordenaba fiscalmente, si se reducían regulaciones, si se ofrecían beneficios extraordinarios y si se alineaban las señales con los mercados internacionales, la inversión extranjera directa debía llegar. Argentina hizo mucho para mostrar voluntad de apertura, pero esa voluntad todavía no se tradujo en una llegada significativa de capital productivo.En apenas meses, el Gobierno impulsó flexibilizaciones regulatorias, incentivos fiscales, apertura de importaciones, reducción de controles estatales, beneficios para grandes grupos económicos y señales permanentes de alineamiento con los mercados internacionales. El discurso oficial prometía que la “lluvia de inversiones” llegaría rápidamente una vez eliminado el “peso del Estado”. Pero esa lluvia todavía no aparece. El último informe de la OCDE sobre inversión extranjera directa permite dimensionar mejor el problema. Durante 2025, la inversión extranjera directa global creció alrededor de 15%. En las economías emergentes del G20 que no integran la OCDE, el crecimiento fue todavía mayor: aproximadamente 42%. Es decir, el mundo no estuvo cerrado a la inversión. Por el contrario, hubo una recuperación importante de los flujos internacionales de capital. El problema es que Argentina quedó prácticamente afuera de esa recuperación.&nbsp;La comparación regional e internacional es contundente. Brasil recibió en 2025 cerca de 76.877 millones de dólares de inversión extranjera directa. China captó aproximadamente 79.980 millones. India recibió 39.099 millones. México superó los 40.000 millones. Chile, con una economía mucho más pequeña, recibió más de 13.000 millones. Argentina, en cambio, apenas alcanzó los 3.134 millones de dólares. El contraste no solo es importante por el monto absoluto, sino también por la tendencia. El país había recibido 11.644 millones de dólares en 2024 y más de 24.000 millones en 2023. La caída de 2025 fue, por lo tanto, muy significativa y obliga a mirar el fenómeno con mayor profundidad.El Banco Central también aporta una explicación técnica que conviene tener en cuenta. En el cuarto trimestre de 2025, Argentina registró salidas netas de inversión extranjera directa por 4.687 millones de dólares. Buena parte de ese movimiento estuvo explicada por cancelaciones de deuda comercial entre empresas vinculadas. Esto significa que la caída de la inversión extranjera directa no debe leerse solamente como ausencia de nuevos anuncios, sino también como parte de un proceso financiero de reordenamiento intrafirma, desendeudamiento y cambios contables de empresas extranjeras ya instaladas en el país.Aun así, la señal general sigue siendo preocupante. Porque mientras Argentina retrocedía, otros países emergentes sí lograban captar capital. Brasil no solo atrajo más inversión: también comenzó a posicionarse en sectores estratégicos vinculados a infraestructura tecnológica, energías renovables y centros de datos. La OCDE destacó, por ejemplo, grandes proyectos internacionales asociados a inteligencia artificial, semiconductores, infraestructura digital y transición energética. Esa es una señal del tipo de inversión que hoy se está disputando en el mundo.Ahí aparece la pregunta central: ¿por qué, si Argentina hizo tanto para atraer inversiones, los resultados todavía no aparecen? La primera respuesta es que las normas ayudan, pero no alcanzan. La inversión extranjera directa no responde únicamente a beneficios fiscales, desregulaciones o declaraciones de confianza hacia los mercados.La inversión productiva, la que construye plantas, desarrolla infraestructura, incorpora tecnología y genera empleo, necesita algo más profundo: horizonte de largo plazo, estabilidad macroeconómica, previsibilidad cambiaria, seguridad jurídica sostenida, infraestructura disponible y una demanda razonablemente estable.Un inversor puede valorar positivamente el equilibrio fiscal, la desregulación o el RIGI. Pero antes de poner capital irreversible en un país también observa otros factores: si podrá girar dividendos, importar insumos, acceder a divisas, sostener contratos, proyectar costos, vender en un mercado interno que no se derrumbe y operar en un contexto social políticamente sostenible. En otras palabras, la decisión de invertir no depende solo de la rentabilidad prometida, sino de la confianza integral en el funcionamiento futuro de la economía. Por eso el problema argentino no parece estar solamente en la falta de incentivos. El problema está en la confianza estructural del sistema. Y la confianza no se decreta. Se construye con consistencia, con reglas sostenidas en el tiempo, con estabilidad política, con instituciones previsibles y con una economía capaz de mostrar un sendero de crecimiento más allá del ajuste inicial.Ese punto es clave. La inversión extranjera directa actual ya no se mueve solamente por bajos impuestos o salarios competitivos. Se mueve por cadenas globales de valor, infraestructura digital, energía disponible, logística, estabilidad institucional, talento humano y capacidad de integración tecnológica. El capital busca países que no solo prometan rentabilidad, sino que ofrezcan ecosistemas productivos.Argentina tiene recursos naturales extraordinarios, energía, litio, alimentos, capacidad agroindustrial, talento profesional y ubicación estratégica en áreas relevantes para el comercio internacional. Pero todavía no logra convertir ese potencial en una plataforma sostenida de inversión. En parte porque muchos proyectos requieren infraestructura previa. En parte porque la macroeconomía sigue en transición. En parte porque la recuperación del consumo y del crédito todavía es débil. Y en parte porque los inversores internacionales observan con atención la sustentabilidad política y social del programa económico. La experiencia internacional muestra que los incentivos pueden acelerar decisiones, pero difícilmente compensen por sí solos la incertidumbre. Un régimen promocional puede mejorar la ecuación de rentabilidad de un proyecto, pero no elimina el riesgo de un país con antecedentes de crisis recurrentes, restricciones cambiarias, cambios bruscos de reglas, conflictos distributivos y ciclos de endeudamiento y ajuste. El inversor extranjero no mira solamente la foto del presente. Mira la película completa. En ese sentido, el debate argentino debería correrse de una discusión demasiado simple. No se trata de elegir entre Estado o mercado, ni entre apertura o aislamiento. Se trata de construir condiciones para que el capital productivo encuentre en el país una oportunidad real de largo plazo. Eso requiere estabilidad macroeconómica, pero también infraestructura, capital humano, integración regional, desarrollo de proveedores locales, seguridad jurídica, coordinación público-privada y una política productiva inteligente.El desafío no debería ser abandonar los incentivos, sino complementarlos con una estrategia más amplia. El RIGI puede ser una herramienta útil. La apertura puede ayudar en determinados sectores. La disciplina fiscal puede mejorar la percepción externa. Pero ninguna de esas medidas, por sí sola, garantiza inversión productiva. La inversión no llega solo porque un país ofrece beneficios. Llega cuando el inversor cree que el proyecto será viable durante diez, veinte o treinta años. La paradoja argentina, entonces, no es que el país no haya hecho nada para atraer capitales. Al contrario: hizo mucho. La paradoja es que hizo mucho en el plano normativo, pero todavía no resolvió los factores estructurales que convierten una oportunidad legal en una decisión efectiva de inversión. Puede haber leyes favorables, beneficios tributarios y discursos de apertura, pero si persisten dudas sobre el crecimiento, el acceso a divisas, la estabilidad política y la paz social, la inversión productiva seguirá esperando. El mensaje constructivo debería ser claro. Argentina necesita inversión extranjera directa, pero no cualquier inversión ni bajo cualquier condición. Necesita inversión que amplíe capacidad productiva, genere empleo formal, incorpore tecnología, aumente exportaciones y fortalezca el desarrollo nacional. Para eso, los incentivos son apenas el punto de partida. El verdadero desafío es construir confianza de largo plazo. Y esa confianza no depende solamente de bajar impuestos o desregular. Depende de que el país logre demostrar que puede crecer, sostener reglas, ordenar su macroeconomía, cuidar su tejido social y ofrecer un horizonte razonable de estabilidad. Para los mercados internacionales, una cuenta fiscal equilibrada importa. Pero una economía socialmente inviable también es un riesgo. Y la inversión extranjera directa, a diferencia del capital financiero, no entra y sale con la misma velocidad: exige tiempo, confianza, estabilidad y futuro.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El país creó incentivos, prometió reglas más favorables y buscó seducir al capital internacional. Sin embargo, los últimos datos muestran que la inversión extranjera directa cayó con fuerza.]]>
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                                                <category term="economia" label="Economía" />
                                <updated>2026-05-30T04:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-05-30T04:30:00+00:00</published>
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        <title>
            El comercio que viene ya llegó: Concordia frente al desafío digital
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Pero el mundo cambió, y ese cambio ya no es una hipótesis futura: es una realidad cotidiana. Hoy una persona compara precios desde el celular, paga con una billetera virtual, consulta redes sociales antes de comprar y espera recibir un producto en su casa con rapidez, financiación y seguimiento.El comercio digital no es una moda pasajera. Es una transformación estructural de la economía. En Argentina, según la Cámara Argentina de Comercio Electrónico, el comercio online alcanzó en 2025 una facturación superior a los 34 billones de pesos, con un crecimiento nominal del 55% respecto del año anterior, 253 millones de órdenes de compra y 645 millones de unidades vendidas.El dato más importante no es solamente el volumen, sino el cambio cultural: el consumidor incorporó el canal digital como parte normal de su vida. Además, el Litoral ya representa una porción relevante de la facturación nacional, lo que demuestra que esta dinámica no pertenece solo al AMBA ni a las grandes ciudades.Para una ciudad como Concordia, donde el comercio, los servicios y las pequeñas unidades económicas tienen un peso decisivo, el desafío es enorme. No estamos hablando de un sector marginal. La actividad comercial en nuestra ciudad sostiene empleo, alquileres, proveedores, recaudación municipal, consumo familiar y movimiento urbano.&nbsp;Cuando el comercio se enfría, la ciudad lo siente rápidamente: cae la venta, se achican márgenes, se posterga inversión, se reduce contratación de personal y también se debilitan los ingresos públicos. Por eso la discusión digital no debe mirarse como un tema tecnológico, sino como un tema de desarrollo local.El problema es que el comercio tradicional enfrenta hoy una doble presión. Por un lado, el consumo interno sigue condicionado por la pérdida de poder adquisitivo, el aumento de costos fijos, alquileres, servicios, impuestos y financiamiento limitado. CAME informó que las ventas minoristas pyme cayeron 3,2% interanual en abril de 2026 y acumularon una baja del 3,5% en el primer cuatrimestre.Por otro lado, las plataformas digitales, las compras internacionales y los nuevos hábitos del consumidor avanzan a una velocidad que muchas veces supera la capacidad de adaptación de los comercios locales.Frente a este escenario, sería un error plantear la discusión como una pelea entre comercio físico y comercio digital. El verdadero camino es la integración.&nbsp;El local no tiene que desaparecer: tiene que ampliarse. La vidriera ya no termina en la vereda; debe continuar en Instagram, WhatsApp, una tienda online, una plataforma de pagos y un sistema de entrega eficiente. El mostrador sigue teniendo valor, pero debe convivir con la pantalla. La confianza personal del comerciante concordiense es una ventaja competitiva, siempre que se combine con herramientas modernas.</p><p>La primera transformación necesaria es cultural. Muchos comercios todavía piensan lo digital solo como “publicar algo en redes”. Pero vender digitalmente implica mucho más: ordenar stock, responder rápido, mostrar precios claros, aceptar medios de pago, ofrecer promociones, medir qué productos se consultan más, segmentar clientes, mejorar la presentación visual y garantizar una experiencia de compra simple. Es importante entender que hoy la competencia no está únicamente en el local de al lado; también está en una plataforma nacional o internacional que ofrece precio, financiación y logística.La segunda transformación es financiera. En la nueva economía, el medio de pago es parte de la venta. Las tarjetas, las billeteras virtuales, los pagos con QR, las cuotas y los descuentos bancarios se transformaron en instrumentos comerciales decisivos. CACE señala que las tarjetas de crédito siguen liderando las compras online y que ocho de cada diez consumidores consideran clave la posibilidad de pagar en cuotas. En una economía donde el ingreso familiar está tensionado, la financiación puede definir si una operación se concreta o no. El comerciante que no ofrece alternativas de pago pierde competitividad antes de discutir precio.La tercera transformación es logística. El consumidor actual no solo compra un producto: compra tiempo, comodidad y previsibilidad. Quiere saber si hay stock, cuándo llega, cuánto cuesta el envío y cómo reclamar si algo falla. En las grandes plataformas, la logística se convirtió en una ventaja estratégica. Pero eso no significa que el comercio local esté condenado. Concordia puede aprovechar su escala urbana para construir soluciones más simples y rápidas: acuerdos entre comercios, servicios de reparto local, puntos de retiro, compras agrupadas, entregas programadas y una mejor articulación con emprendedores de la ciudad.La cuarta transformación es el uso de datos. El comercio moderno no puede tomar decisiones solamente por intuición. Necesita saber qué se vende, cuándo se vende, qué cliente vuelve, qué producto rota poco, qué promoción funciona y qué canal genera consultas. No hace falta una gran inversión para empezar. Un registro ordenado de ventas, una base de clientes, una agenda de WhatsApp bien segmentada, estadísticas de redes sociales o un sistema simple de gestión pueden marcar una diferencia importante. En la economía digital, los datos son una nueva forma de capital.También aparece un punto central desde las finanzas públicas: el Estado local no puede mirar este proceso desde afuera. Si el comercio cambia, las políticas públicas también deben cambiar. La tarea municipal no debería limitarse a cobrar tasas o habilitar locales, sino a crear condiciones para que el entramado comercial pueda modernizarse. Capacitación digital, simplificación administrativa, incentivos para la formalización, mejora de conectividad en zonas comerciales, acompañamiento a emprendedores, acuerdos con universidades e instituciones intermedias y una estrategia de ciudad para el comercio electrónico son herramientas posibles y necesarias.En Concordia, este proceso debe ser asumido como una política pública municipal estratégica. El comercio local tiene un peso decisivo en la actividad económica, en la generación de empleo y en la recaudación de la ciudad; por eso, frente a una transformación digital que desde 2023 se aceleró de manera permanente, el municipio no puede ser un actor pasivo.El desafío impositivo también merece una mirada equilibrada. La economía digital obliga a modernizar los sistemas tributarios para evitar competencia desleal entre quienes cumplen y quienes operan sin registración. Pero al mismo tiempo hay que evitar que la presión fiscal termine castigando al pequeño comerciante que intenta formalizarse, invertir y adaptarse.&nbsp;En este punto, la inteligencia fiscal debe reemplazar a la lógica meramente recaudatoria: reglas claras, controles razonables, trámites simples y una estructura tributaria que premie la actividad formal, la generación de empleo y la inversión tecnológica.Concordia tiene una oportunidad. Su comercio conserva cercanía, conocimiento del cliente, identidad local y capacidad de respuesta. Pero necesita ganar velocidad.La transformación digital no espera a que todos estén listos. Los hábitos de consumo cambian más rápido que las ordenanzas, que los mostradores y que los planes de negocio tradicionales. Por eso, cada comercio debería hacerse una pregunta concreta: ¿cómo me encuentra hoy un cliente que no pasa por mi puerta? Si la respuesta es “no me encuentra”, el problema ya empezó.La salida no es resignarse, sino adaptarse con inteligencia. Un comercio local puede vender en el local, por redes, por WhatsApp, mediante una tienda online o en plataformas nacionales, sin perder su identidad. Puede usar tecnología para mejorar la atención, no para deshumanizarla. Puede aprovechar la cercanía para entregar más rápido, resolver mejor los reclamos y construir fidelidad. Puede convertir su reputación de años en una marca digital confiable.El comercio que viene no será exclusivamente físico ni exclusivamente virtual. Será híbrido. Ganarán quienes logren unir confianza, precio, financiación, logística, información y buena atención.</p><p>Para Concordia, esta discusión es mucho más que una cuestión comercial: es una estrategia de desarrollo, empleo y recaudación futura. El comercio digital ya llegó. La pregunta no es si debemos incorporarnos, sino a qué velocidad vamos a hacerlo y si tendremos la inteligencia colectiva para que esa transformación fortalezca al comercio local en lugar de dejarlo atrás.La ciudad necesita asumir este desafío como una política de futuro. Porque detrás de cada persiana abierta hay trabajo, inversión, familia y movimiento económico. Y detrás de cada comercio que se digitaliza hay una oportunidad de ampliar mercados, sostener empleo y construir una Concordia más competitiva, moderna e integrada al nuevo tiempo económico.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Durante muchos años, el comercio de cercanía fue una de las columnas vertebrales de la vida económica y social de Concordia. El local abierto, la atención personal, la confianza entre vendedor y cliente, la compra en el barrio y el movimiento del centro fueron parte de una identidad urbana que generó empleo, circulación de ingresos y vida comunitaria.]]>
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                                <updated>2026-05-16T04:00:04+00:00</updated>
                <published>2026-05-16T04:00:00+00:00</published>
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            Cuando el mundo se encarece, la Argentina tiene una oportunidad
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Sin embargo, en un mundo globalizado, ningún conflicto energético, financiero o geopolítico queda encerrado dentro de sus fronteras. Los precios internacionales, el crédito, las inversiones, el comercio y hasta las decisiones de política económica local pueden verse condicionadas por hechos que ocurren a miles de kilómetros.</p><p>Pero la mirada no debería ser únicamente defensiva ni alarmista. Argentina no solo enfrenta riesgos frente a este nuevo escenario. También cuenta con oportunidades concretas si logra actuar con previsión, inteligencia y una estrategia de largo plazo.</p><p>El punto más sensible del conflicto es la energía. El Estrecho de Ormuz sigue siendo una de las rutas más importantes del comercio energético mundial: por allí circuló en 2024 alrededor del 20% del consumo global de líquidos petroleros, además de una proporción relevante del comercio mundial de gas natural licuado. Por eso, cualquier amenaza sobre esa zona impacta rápidamente en los precios del petróleo, los combustibles, los fletes y los costos de producción.</p><p>Ese dato no es menor para la economía mundial. Cuando sube el petróleo, se encarece el transporte, aumenta el costo de producir alimentos, bienes industriales y servicios, y reaparecen presiones inflacionarias.</p><p>En Estados Unidos, ese escenario se vuelve políticamente más delicado porque 2026 es año de elecciones de medio término, en las que se renueva toda la Cámara de Representantes y parte del Senado. Esas elecciones definen qué partido controlará el Congreso durante los dos años siguientes, y por lo tanto pueden modificar el margen de acción del gobierno norteamericano.</p><p>La política exterior de Estados Unidos no se define únicamente en la Casa Blanca. El Congreso influye en presupuestos, autorizaciones, sanciones, financiamiento internacional y prioridades estratégicas. Por eso, una guerra prolongada, combinada con inflación, combustibles caros y malestar social, puede terminar incidiendo no solo en la política interna norteamericana, sino también en su vínculo con el resto del mundo. El Council on Foreign Relations ya advierte que el conflicto con Irán puede agravar tensiones económicas internas en Estados Unidos en un año electoral.</p><p>Para Argentina, este contexto tiene dos caras. La primera es el riesgo. Una economía mundial más inestable puede encarecer el financiamiento, aumentar la volatilidad financiera, presionar sobre el riesgo país y dificultar el acceso a crédito para los países emergentes.&nbsp;También puede generar tensiones sobre los precios internos si el aumento internacional del petróleo se traslada a combustibles, transporte y alimentos.</p><p>Pero hay una segunda cara, más interesante: Argentina llega a esta etapa con un activo estratégico que antes no tenía en la misma dimensión. Vaca Muerta cambia la forma en que el país se para frente a una crisis energética global.</p><p>La Bolsa de Comercio de Rosario proyectó que la producción petrolera argentina de 2026 podría alcanzar los 54,5 millones de metros cúbicos, un crecimiento del 16% respecto de 2025 y el mayor nivel de la historia nacional. Además, casi el 70% del petróleo argentino ya proviene de producción no convencional, principalmente de Vaca Muerta.</p><p>Este dato permite pensar el escenario con otra lógica. Durante décadas, Argentina sufrió los shocks energéticos internacionales como un país vulnerable, obligado a importar energía cara, perder divisas y trasladar costos al resto de la economía.&nbsp;Hoy, aunque todavía quedan cuellos de botella, infraestructura pendiente y desafíos regulatorios, el país empieza a tener condiciones para ser parte de la solución energética regional y global.</p><p>Incluso YPF mostró en el primer trimestre de 2026 una mejora significativa de sus resultados, explicada por mejores precios y mayor producción shale, con un crecimiento interanual del 39% en la producción de shale oil. Reuters señaló además que Vaca Muerta es clave para fortalecer exportaciones energéticas, reservas e inversión.</p><p>Esto no significa celebrar una guerra ni depender de una crisis externa. Significa comprender que el mundo está demandando energía segura, alimentos, minerales críticos y proveedores confiables. Y Argentina tiene potencial en todas esas áreas.</p><p>El desafío es evitar una lectura improvisada. No alcanza con decir que sube el petróleo y entonces Argentina gana. La pregunta correcta es otra: ¿cómo se transforma una ventaja natural en una política de desarrollo?Primero, Argentina necesita acelerar la infraestructura energética. Gasoductos, oleoductos, plantas de procesamiento, puertos, almacenamiento y proyectos de GNL no son obras aisladas: son la diferencia entre tener recursos bajo tierra o tener una plataforma exportadora capaz de generar dólares, empleo e inversión.</p><p>Segundo, el país debe cuidar el equilibrio interno. Si los precios internacionales suben, parte del sector energético puede beneficiarse, pero la economía doméstica puede sufrir por combustibles más caros. Por eso se necesita una política inteligente que combine incentivos a la producción con mecanismos de previsibilidad para consumidores, transporte, pymes y economías regionales.</p><p>Tercero, Argentina debe diversificar su inserción internacional. Mantener una buena relación con Estados Unidos es importante, pero no puede ser la única estrategia. En un mundo más multipolar, el país necesita vínculos inteligentes con América Latina, Europa, China, India, Medio Oriente y los organismos multilaterales. La política exterior económica debe ser pragmática, profesional y orientada al interés nacional.</p><p>Cuarto, el país debería utilizar esta etapa para fortalecer reservas y estabilidad macroeconómica. Si la energía empieza a generar superávit externo, ese ingreso no debería diluirse en gasto corriente ni en parches coyunturales. Debería servir para estabilizar la economía, reducir vulnerabilidades, financiar infraestructura y construir una política de desarrollo de largo plazo.</p><p>Quinto, hay que pensar federalmente. Vaca Muerta no puede ser solo una buena noticia para Neuquén o para un conjunto de empresas. Su potencial debe integrarse a una estrategia nacional que incluya empleo, proveedores locales, universidades, tecnología, municipios, provincias, logística y agregado de valor. La energía debe convertirse en una política de desarrollo federal.</p><p>La guerra en Irán y las elecciones en Estados Unidos muestran algo más profundo: el mundo está entrando en una etapa donde la energía, la seguridad alimentaria, la tecnología y los recursos naturales vuelven a ocupar el centro del poder económico. Los países que tengan esos recursos, pero no tengan estrategia, seguirán siendo espectadores. Los países que tengan recursos y planificación podrán ganar relevancia.</p><p>Argentina no puede controlar el resultado electoral norteamericano ni el curso de la guerra en Medio Oriente. Pero sí puede decidir cómo se prepara frente a ese contexto. Puede actuar tarde, como tantas veces, o puede anticiparse. Puede mirar el conflicto solamente como una amenaza, o puede entender que el nuevo orden global también abre espacios para países con capacidad energética, alimentaria y minera.</p><p>La clave está en no confundir oportunidad con azar. Una oportunidad sin política pública, sin infraestructura, sin financiamiento y sin estabilidad institucional puede perderse rápidamente. En cambio, una oportunidad acompañada por planificación puede convertirse en desarrollo.</p><p>En definitiva, el mundo está enviando una señal clara. La energía volvió a ser poder.&nbsp;Los alimentos volvieron a ser seguridad. Los recursos naturales volvieron a ser estrategia. Y Argentina tiene mucho para ofrecer.</p><p>La pregunta es si vamos a mirar este escenario desde la preocupación o desde la responsabilidad histórica. Porque en tiempos de incertidumbre global, los países no se salvan por casualidad: se salvan cuando saben qué tienen, qué quieren y hacia dónde van.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La guerra en torno a Irán, la tensión sobre el Estrecho de Ormuz y las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos configuran un escenario internacional cargado de incertidumbre. A primera vista, puede parecer un problema lejano.]]>
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                <published>2026-05-09T04:00:00+00:00</published>
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            Cuando lo urgente se devora el futuro
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El problema es que, mientras el país discute cómo apagar la urgencia inmediata, muchas veces deja de construir las bases del futuro.Ese es uno de los grandes dramas argentinos: no solo tenemos crisis recurrentes, sino que además esas crisis nos impiden pensar estratégicamente. La emergencia se transforma en método de gobierno. La coyuntura reemplaza al proyecto. El ajuste desplaza a la planificación. Y el presupuesto público, que debería ser una herramienta para ordenar prioridades nacionales, termina reducido a una planilla contable de supervivencia.</p><p>Pero hay un punto que la Argentina ya no puede seguir postergando: la educación. No como consigna vacía, no como frase políticamente correcta, sino como prioridad fiscal, productiva, institucional y nacional. Porque en el siglo XXI, un país que no invierte en conocimiento no solo pierde competitividad: pierde soberanía económica.Desde una mirada de finanzas públicas, no todo gasto tiene la misma naturaleza. Hay erogaciones que sostienen el funcionamiento cotidiano del Estado, otras que responden a la emergencia, y otras que constituyen inversión estratégica. La educación pertenece a esta última categoría. Recortarla puede mejorar transitoriamente un resultado fiscal, pero deteriora silenciosamente el balance patrimonial de la Nación.Ese deterioro no siempre se ve en el corto plazo. No aparece inmediatamente en el déficit primario, ni en el resultado financiero, ni en la caja mensual del Tesoro. Pero se acumula en forma de menor productividad, menor innovación, menor movilidad social, menor calidad institucional y menor capacidad de crecimiento. En otras palabras: se paga más adelante, con intereses.</p><p>Los datos educativos son una señal de alarma. En las pruebas PISA 2022, Argentina se ubicó por debajo del promedio de la OCDE en matemática, lectura y ciencias. Solo el 27% de los estudiantes alcanzó al menos el nivel básico en matemática, frente al 69% promedio de la OCDE; en lectura lo hizo el 45%, y en ciencias el 46%. &nbsp;No estamos ante una simple estadística educativa. Estamos ante un indicador anticipado de productividad futura.</p><p>Una economía moderna necesita trabajadores capaces de interpretar información, resolver problemas, adaptarse a nuevas tecnologías, innovar, emprender y participar en procesos productivos cada vez más complejos. Si el sistema educativo no garantiza esas capacidades básicas, el país queda condenado a competir por salarios bajos, recursos naturales o ventajas transitorias. Ese camino no conduce al desarrollo: conduce al estancamiento.Aquí aparece un concepto central para entender el problema: la trampa del ingreso medio. El Banco Mundial advierte que muchos países logran crecer durante una primera etapa, pero luego se estancan porque no consiguen pasar de una economía basada en inversión y bajos costos a otra basada en innovación, productividad y conocimiento. Desde 1990, solo 34 economías de ingreso medio lograron dar el salto hacia el ingreso alto, mientras que muchas otras quedaron atrapadas.</p><p>La trampa del ingreso medio no es una abstracción académica. Es una advertencia concreta para la Argentina. Un país puede tener recursos naturales, talento individual, historia productiva y capacidad empresarial, pero si no construye instituciones, infraestructura, educación, ciencia y tecnología, no logra sostener el crecimiento en el tiempo.&nbsp;El Banco Mundial plantea que las economías de ingreso medio necesitan avanzar desde la inversión hacia la incorporación de tecnología y, finalmente, hacia la innovación. Es decir, no alcanza con ordenar la macroeconomía, atraer capitales o estabilizar algunas variables. Para dar el salto se necesita construir capacidades internas: talento, investigación, empresas dinámicas, competencia, instituciones modernas y un Estado inteligente.</p><p>Philippe Aghion, uno de los economistas más influyentes en la teoría del crecimiento basado en innovación, sostiene que el desarrollo depende de la transformación estructural, la competencia, la creatividad y las instituciones que permiten la llamada “destrucción creativa”. &nbsp;Esto significa que el crecimiento no surge simplemente de hacer más de lo mismo. Surge de cambiar cómo se produce, cómo se aprende, cómo se innova y cómo se asignan los recursos.Ese es el núcleo de la discusión argentina. No alcanza con estabilizar. No alcanza con ajustar. No alcanza con equilibrar las cuentas públicas si ese equilibrio se consigue debilitando las capacidades futuras del país.</p><p>La universidad pública, en este contexto, no puede ser vista como un gasto sectorial ni como una corporación que defiende privilegios. Las universidades son parte de la infraestructura productiva de un país. Forman médicos, ingenieros, docentes, investigadores, abogados, científicos, programadores, economistas, especialistas en energía, tecnología, salud, ambiente y gestión pública. También producen conocimiento, investigación aplicada, innovación tecnológica y pensamiento crítico.Cuando se debilita el sistema universitario, se afecta la capacidad nacional de agregar valor. Se debilita la posibilidad de desarrollar sectores productivos complejos.Por eso preocupa la situación presupuestaria del sistema universitario nacional. Según el Consejo Interuniversitario Nacional, las transferencias a las universidades nacionales registraron una caída real acumulada del 45,6% entre 2023 y 2026, mientras que los salarios universitarios perdieron alrededor del 32% de poder adquisitivo entre noviembre de 2023 y febrero de 2026. &nbsp;Estos datos no deben leerse solo como un conflicto salarial o presupuestario. Deben leerse como una señal de deterioro institucional.</p><p>En finanzas públicas existe una diferencia fundamental entre ajustar el gasto improductivo y desfinanciar capacidades estratégicas. El primer camino puede ordenar al Estado. El segundo puede achicar el futuro. Una cosa es revisar programas ineficientes, mejorar compras públicas, eliminar privilegios, ordenar transferencias mal diseñadas o profesionalizar la administración. Otra muy distinta es debilitar educación, ciencia, salud, infraestructura básica o capacidades estatales esenciales.</p><p>La Argentina necesita equilibrio fiscal, sin dudas. Pero también necesita equilibrio intergeneracional. Y esa dimensión casi nunca aparece en la discusión pública. Cada vez que el Estado decide no invertir en educación, traslada un costo al futuro. Cada vez que se deteriora el salario docente, se deteriora la calidad del sistema. Cada vez que se paraliza una investigación, se pierden años de acumulación de conocimiento. Cada vez que un joven abandona la universidad porque no puede sostenerse, el país pierde una posibilidad de innovación.El problema es que esas pérdidas no tienen una factura inmediata. Nadie recibe mañana una boleta que diga: “costo fiscal futuro por haber desfinanciado la educación”. Pero esa factura existe. Llega en forma de baja productividad, informalidad, pobreza persistente, menor recaudación, dependencia tecnológica, fuga de talentos y menor crecimiento potencial.El mundo se está reorganizando alrededor de la inteligencia artificial, la transición energética, la biotecnología, la automatización, los datos, la robótica, la industria del conocimiento y las nuevas cadenas de valor. Los países que lideren esas transformaciones serán los que inviertan de manera sostenida en capital humano.</p><p>La Argentina no puede mirar esta transformación desde la tribuna. Tiene universidades, científicos, profesionales, emprendedores, industria del software, recursos naturales estratégicos, energía, alimentos y talento. Pero todo eso necesita una arquitectura de desarrollo. Necesita ciencia aplicada. Necesita financiamiento. Necesita reglas estables. Necesita un Estado que no confunda austeridad con abandono.</p><p>La Argentina necesita una regla de responsabilidad educativa tan importante como la regla de responsabilidad fiscal. Una regla política, institucional y presupuestaria que establezca que ningún programa de estabilización puede considerarse exitoso si destruye capital humano. Porque el verdadero equilibrio no es solo entre ingresos y gastos. Es entre presente y futuro.</p><p>La educación debe ser la gran causa nacional de los próximos años. Si bien lo urgente importa, &nbsp;en este tiempo histórico, la prioridad no puede ser solamente cerrar el mes: tiene que ser abrir el siglo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En la Argentina, lo urgente casi siempre le gana a lo importante. La inflación, la caída del salario, la falta de empleo, el endeudamiento, el déficit fiscal, la recesión, la tensión social o la próxima elección suelen ocupar todo el espacio de la discusión pública. Vivimos corriendo detrás del incendio del día.]]>
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                                <updated>2026-05-02T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-05-02T04:30:00+00:00</published>
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            Escuchar crecer la hierba: la economía que el Gobierno no está oyendo
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Más allá de la exactitud histórica de la frase, la imagen conserva una potencia extraordinaria. Gobernar no consiste solamente en mandar, ni en administrar desde arriba, ni en mostrar resultados en una planilla prolija. Gobernar también exige sensibilidad para percibir lo que todavía no hace ruido, pero ya duele; lo que todavía no estalla, pero ya se está acumulando debajo de la superficie.Si traemos esa imagen a la Argentina actual, la pregunta es inevitable: ¿quién está escuchando crecer la hierba? Y la respuesta, por incómoda que resulte, es que hoy todo indica que el Gobierno nacional no lo está haciendo. O, al menos, no lo está haciendo con la profundidad que la hora exige.</p><p>Porque si algo define al presente argentino es precisamente esa distancia cada vez mayor entre los datos que el poder exhibe y la experiencia concreta que vive la sociedad. Una distancia que no es meramente técnica. Es política, social y, sobre todo, humana.</p><p>Desde el Gobierno se insiste en un relato de ordenamiento. Y es cierto que hay números que muestran una mejora en determinadas variables macroeconómicas. En marzo de 2026, el Sector Público Nacional registró un superávit financiero de $484.789 millones y acumuló en el primer trimestre un superávit equivalente a alrededor de 0,2% del PBI.&nbsp;También es cierto que el IPC de marzo fue de 3,4% y que acumuló 9,4% en el año, muy lejos del vértigo inflacionario del inicio de la gestión. Esos datos existen, son relevantes y no deben ser negados. El problema empieza cuando se pretende que esos datos alcancen por sí solos para describir la realidad entera.</p><p>Porque mientras el Gobierno celebra la consistencia del programa fiscal y la desaceleración inflacionaria, abajo, en la economía real, la hierba sigue creciendo y crujiendo. En febrero de 2026, el EMAE cayó 2,1% interanual y 2,6% respecto del mes anterior en la serie desestacionalizada. Ese mismo mes, las ventas en supermercados a precios constantes bajaron 3,1% frente a febrero de 2025.&nbsp;Y los salarios, medidos por el índice oficial, acumularon 5,0% entre diciembre y febrero, contra una inflación acumulada de 9,4% hasta marzo. Es decir: la macro puede ofrecer señales de estabilización, pero la actividad, el consumo y los ingresos todavía muestran que para amplios sectores la vida diaria sigue retrocediendo.</p><p>Y ahí es donde aparece el verdadero sentido de la metáfora. Escuchar crecer la hierba no es mirar el Excel del Ministerio de Economía. Es advertir que el salario ya no alcanza con la misma holgura, que el comercio de barrio vende menos, que el jubilado vuelve a hacer cuentas frente al mostrador de la farmacia, que la familia posterga gastos básicos, que la clase media deja de proyectar y empieza simplemente a defenderse. No es una discusión abstracta sobre indicadores. Es la mesa que se achica, el consumo que se restringe, el miedo que vuelve a instalarse como método de organización de la vida cotidiana.</p><p>Eso se percibe, además, en la calidad del trabajo y en la estructura social que está quedando. En el cuarto trimestre de 2025, la desocupación subió al 7,5%, por encima del 6,4% de un año antes. La informalidad laboral siguió en niveles altísimos y, según el informe del INDEC, 64,1% de la población asalariada informal no realiza aportes propios. En paralelo, la pobreza alcanzó al 28,2% de las personas en el segundo semestre de 2025 y entre los menores de 18 años trepó al 42,3%.</p><p>Dicho de otra manera: aun cuando algunas variables macro se ordenan, la estructura social sigue siendo extraordinariamente frágil. Y cuando una economía convive con esa fragilidad, cualquier celebración prematura se vuelve peligrosa.Porque no alcanza.</p><p>Por eso, el punto de fondo no es si los números oficiales son verdaderos o falsos. El punto es si alcanzan. Y no alcanzan. No alcanzan porque una sociedad no vive adentro de una planilla. No alcanza con decir que hay superávit si para millones de personas la vida sigue en déficit. No alcanza con mostrar que la inflación bajó si el trabajo es cada vez más precario, si el consumo sigue sin reaccionar y si la sensación dominante en una parte muy amplia de la sociedad es la de estar haciendo un esfuerzo enorme para apenas no caerse.&nbsp;Las estadísticas sin lugar a dudas son herramientas valiosas; el problema empieza cuando se las convierte en un sustituto de la realidad.</p><p>Ahí es donde la crítica al Gobierno debe ser más clara. El oficialismo parece escuchar con mucha atención a los mercados, a los analistas financieros, a los organismos internacionales y a su propio relato de eficiencia.</p><p>Pero escucha poco el murmullo social que viene de abajo. Escucha poco la angustia de los sectores medios que se achican. Escucha poco a los jubilados que ya no pueden sostener gastos elementales. Escucha poco a los trabajadores formales que descubrieron que tener empleo dejó de ser garantía de tranquilidad. Escucha poco, en definitiva, a una sociedad que no necesariamente cuestiona la necesidad de ordenar la macroeconomía, pero que sí empieza a preguntarse para qué sirve ese orden si no mejora de manera visible su propia vida.Y ese déficit de escucha ya está dejando señales. Las protestas de jubilados frente al Congreso continuaron en abril de 2026, con reclamos centrados en medicamentos, prestaciones y pérdida del ingreso real. En febrero, miles de personas marcharon contra la reforma laboral impulsada por el Gobierno y la protesta terminó con enfrentamientos y detenidos.</p><p>Es decir: la conflictividad no es una hipótesis académica ni una exageración opositora. Es una advertencia. Es la forma en que la hierba deja de crecer en silencio y empieza a hacerse oír cuando nadie la quiso escuchar a tiempo.Dicho de otro modo: no alcanza con que cierre la planilla si no cierra la vida.</p><p>Y eso no significa caer en un facilismo demagógico ni negar la importancia del equilibrio fiscal. Sería absurdo. Una economía desordenada no ofrece futuro a nadie. Pero una economía ordenada que no logra traducirse, en plazos razonables, en alivio social, recuperación de ingresos, mejora del trabajo y recomposición de expectativas, empieza a quedar atrapada en su propia lógica contable. Puede volverse técnicamente consistente y políticamente sorda.</p><p>Ese parece ser hoy el principal riesgo del Gobierno de Javier Milei. No sólo el de ajustar. No sólo el de sostener un programa duro. Sino el de convencerse de que escuchar a la sociedad es una debilidad, de que toda queja es resistencia corporativa, de que todo reclamo social es una amenaza al plan, de que todo malestar es una incomodidad transitoria que debe ser soportada en nombre de un futuro que siempre se promete, pero que para muchos todavía no llega.</p><p>La historia enseña que los gobiernos rara vez tropiezan sólo por un mal indicador. Muchas veces tropiezan por algo más elemental: por confundir estabilización con legitimidad, alivio técnico con bienestar real, y éxito contable con paz social.</p><p>Ese es el riesgo de la Argentina actual. No el de carecer de números, sino el de enamorarse de ellos. No el de no tener rumbo, sino el de creer que el rumbo es correcto sólo porque algunas variables lo confirman, aun cuando debajo de esas variables una parte creciente de la sociedad se siente afuera, sola o simplemente ignorada.</p><p>Escuchar crecer la hierba, en este contexto, no es una consigna poética. Es una obligación política. Porque cuando un gobierno deja de escuchar el temblor de la vida cotidiana, cuando sólo se oye a sí mismo, cuando se convence de que la sociedad debe adaptarse indefinidamente a su programa sin reclamar alivio, contención ni horizonte, entra en una zona de peligro.</p><p>La hierba siempre avisa antes. El problema es que, cuando finalmente todos la oyen, muchas veces ya es demasiado tarde.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>A Gengis Kan, el gran conquistador mongol del siglo XIII y fundador del Imperio mongol, se le atribuye una idea tan potente como vigente: un buen gobernante debía ser capaz de “escuchar crecer la hierba”.]]>
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                                <updated>2026-04-25T04:30:04+00:00</updated>
                <published>2026-04-25T04:30:00+00:00</published>
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            ¿Y si la economía no está estancada, sino que la estamos midiendo mal?
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante décadas, el mundo aprendió a mirar la economía a través de una cifra casi sagrada: el Producto Interno Bruto. Si sube, se celebra; si baja, se encienden las alarmas.</p><p>Gobiernos, bancos centrales, organismos internacionales y medios de comunicación lo siguen como si fuera el termómetro definitivo del progreso. Pero en medio de una revolución tecnológica sin precedentes, empieza a imponerse una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿y si la economía no estuviera realmente estancada, sino que la estamos midiendo mal?</p><p>La pregunta no es antojadiza. Vivimos en una época en la que nunca hubo tanto acceso a información, conocimiento, conectividad y capacidad de procesamiento en manos de una sola persona como hoy.&nbsp;Un teléfono celular concentra funciones que hasta hace pocos años requerían decenas de bienes y servicios distintos: cámara, agenda, mapas, enciclopedia, calculadora, correo, música, noticias y acceso inmediato a casi cualquier dato del planeta. Sin embargo, buena parte de ese salto en bienestar no aparece reflejado con claridad en la métrica que seguimos usando para diagnosticar la salud económica de los países.</p><p>Ahí aparece el primer punto clave: el PIB mide actividad económica monetaria, no bienestar. Sirve para cuantificar producción, valor agregado y movimiento de mercado, pero no fue diseñado para medir felicidad, calidad de vida o progreso humano integral. Y esa diferencia, que durante mucho tiempo pasó relativamente desapercibida, hoy se vuelve central.</p><p>Durante buena parte del siglo XX, el PIB funcionó razonablemente bien como brújula general porque la economía estaba dominada por bienes físicos: acero, cemento, automóviles, rutas, energía, maquinaria, cosechas. Era un mundo donde crecer significaba producir más cosas materiales y venderlas a precios fácilmente observables.Pero el siglo XXI cambió las reglas de juego. Cada vez más valor económico proviene de software, plataformas, automatización, inteligencia artificial, datos, diseño, conocimiento y servicios digitales. Es decir, de activos que muchas veces mejoran la vida de las personas sin traducirse de manera proporcional en mayores precios de mercado.</p><p>Y ahí nace la gran paradoja de nuestro tiempo: cuando la tecnología hace algo más barato, más eficiente y más accesible, el bienestar puede aumentar mientras el valor monetario registrado crece menos o incluso cae. Dicho de otro modo: la sociedad puede estar mejor, aunque la estadística lo capte mal o de manera incompleta.</p><p>La historia ofrece un ejemplo brillante. Antes de la imprenta, los libros eran bienes caros, escasos y reservados a una minoría. Con la irrupción de Gutenberg, el costo de reproducción cayó de manera drástica. Si uno se quedara solamente con la lógica del mercado anterior, podría haber dicho que el “negocio del libro” se había desplomado. Pero lo que realmente ocurrió fue exactamente lo contrario: se multiplicó el acceso al conocimiento, se expandió la alfabetización y cambió la historia de la civilización. El precio bajó, pero el valor social se disparó.Ese mismo fenómeno, salvando las distancias, se repite hoy con internet y con la inteligencia artificial. Hace treinta años, acceder a una enciclopedia exigía comprar tomos costosos; hoy buena parte de esa información es gratuita. Antes, orientarse en una ciudad requería mapas de papel o guías especializadas; hoy basta con abrir una aplicación. Lo mismo ocurrió con la fotografía, la música, la comunicación, la banca cotidiana, los archivos y buena parte de la formación profesional.El consumidor ganó tiempo, capacidad de acción, acceso al conocimiento y comodidad. Pero una porción importante de ese beneficio no aparece del todo en las cuentas nacionales tradicionales.Esto no significa que el PIB no sirva. Para quienes trabajamos en finanzas públicas, sigue siendo una herramienta indispensable. Permite analizar el tamaño relativo de la economía, la presión tributaria, la sostenibilidad de la deuda, la capacidad fiscal del Estado y la dinámica general de la actividad.</p><p>El problema surge cuando se le pide que mida más de lo que puede medir. El PIB sirve para cuantificar producción; no alcanza para resumir bienestar. Y confundir esas dos dimensiones puede llevarnos a diagnósticos equivocados y, peor aún, a políticas públicas mal orientadas.La irrupción de la inteligencia artificial vuelve esta discusión todavía más urgente. Si una IA puede redactar informes, traducir textos, analizar contratos, programar o asistir en diagnósticos médicos en segundos y a costos mínimos, la consecuencia natural será una caída del costo de muchos servicios. Desde el punto de vista de la productividad social, eso es una gran noticia: significa hacer más con menos.&nbsp;Pero desde la lógica del valor monetario registrado, el fenómeno puede resultar ambiguo. Habrá tareas que seguirán generando enorme valor real, aunque ya no demanden el mismo nivel de gasto, de empleo o de facturación que antes.</p><p>Dicho más claramente: la tecnología puede destruir valor monetario medido mientras multiplica valor real para la sociedad. Y ese es uno de los principales límites del PIB en la economía digital.</p><p>Todo esto debería obligarnos a repensar qué significa crecer en el siglo XXI. Porque si la innovación seguirá empujando hacia abajo el precio de muchas cosas, mientras el verdadero valor diferencial se desplaza hacia la creatividad, la interpretación, el juicio humano, la empatía y la capacidad de innovar, entonces no sólo hay que revisar cómo medimos la economía: también hay que revisar cómo educamos.</p><p>Ese punto es decisivo. Durante décadas, buena parte del sistema educativo estuvo organizado para entrenar memoria, repetición y procesamiento rutinario. Pero ese mundo se está agotando. Las máquinas ya son extraordinariamente eficaces para almacenar información, buscar datos y ejecutar tareas repetitivas. El valor humano pasa, cada vez más, por otro lado: pensamiento crítico, creatividad, criterio, capacidad de formular buenas preguntas, trabajo colaborativo y formación ética. Si no entendemos eso, corremos el riesgo de seguir preparando a las nuevas generaciones para competir precisamente en el terreno en el que las máquinas las van a superar.</p><p>Aquí aparece una derivación política de enorme importancia. Si seguimos evaluando el éxito de una sociedad únicamente con indicadores centrados en gasto y producción monetaria, podemos terminar premiando lo equivocado y subestimando lo esencial.</p><p>Por eso, la discusión seria no debería ser reemplazar el PIB por una consigna vacía, sino dejar de tratarlo como si fuera la medida absoluta del progreso. El desafío es complementarlo. Medir no sólo cuánto se produce, sino cuánto valor real se crea, cómo se distribuye, qué calidad de vida genera y qué capacidades deja instaladas para el futuro.Hoy una porción creciente de la riqueza adopta formas menos visibles: ahorro de tiempo, reducción de costos, acceso masivo a servicios antes inaccesibles, automatización de tareas, inteligencia distribuida y creatividad potenciada por tecnología. Si no actualizamos las herramientas de medición, corremos el riesgo de interpretar como estancamiento lo que en parte podría ser una transformación profunda del modo en que se genera valor.</p><p>Tal vez el problema no sea sólo que la economía mundial crece poco. Tal vez el problema también sea que una parte de la nueva prosperidad no entra con facilidad en las viejas planillas. Y si eso es así, entonces la discusión sobre el PIB deja de ser un debate técnico reservado a especialistas. Pasa a ser una cuestión política, educativa y cultural.Porque cuando una sociedad sigue usando un mapa viejo para leer un territorio nuevo, el riesgo no es sólo equivocarse en la medición.El riesgo es equivocarse en el rumbo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En la era de la inteligencia artificial, la automatización y los servicios digitales, el Producto Interno Bruto sigue siendo una herramienta útil para medir producción, pero cada vez más insuficiente para reflejar bienestar, calidad de vida y valor real. La discusión ya no es sólo económica: también es educativa, política y cultural.]]>
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                                <updated>2026-04-18T04:30:05+00:00</updated>
                <published>2026-04-18T04:30:00+00:00</published>
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            El grito que no detiene la tormenta
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No era un acto aislado. Era sistemático. Violento. Creían que el grito —ese alarido desgarrador— tenía poder. Que si el dolor era suficiente, si el ruido era lo bastante intenso, el cielo finalmente iba a ceder.</p><p>Pero la lluvia seguía. Entonces hacían lo único que su creencia les permitía: azotar más fuerte. Más tiempo. Más animales. Más gritos.Y en ese estruendo, en ese sufrimiento inútil, esperaban encontrar la señal de que todo iba a cambiar. Nunca cambiaba.</p><p>Ese relato no habla solamente del pasado. Habla, en realidad, de una forma de pensar. Del pensamiento mágico. De esa lógica según la cual, cuando la realidad contradice una idea, el problema no es la idea sino la realidad. Entonces, en lugar de revisar el rumbo, se profundiza. En lugar de corregir, se insiste. En lugar de preguntarse si el camino sigue siendo el correcto, se redobla la apuesta con la esperanza de que esta vez, sí, ahora sí, el resultado finalmente aparezca.La metáfora resulta inquietante porque describe con demasiada precisión ciertos momentos de la política económica argentina. Momentos en los que un gobierno deja de leer los hechos como señales de advertencia y empieza a tratarlos como obstáculos pasajeros en el camino hacia una promesa superior. Momentos en los que toda evidencia adversa se vuelve justificable, todo costo se convierte en sacrificio necesario y todo deterioro pasa a interpretarse como parte del precio inevitable del orden futuro.</p><p>La Argentina ya conoce demasiado bien ese mecanismo. Lo conoció antes de la crisis de 2001-2002 y vuelve a asomarse hoy, en medio de un programa económico que todavía conserva respaldo político y capacidad discursiva, pero que empieza a exhibir fisuras cada vez más visibles en la economía real.</p><p>Porque más allá de los números oficiales que el Gobierno presenta como prueba de éxito, hay datos que tienen una materialidad imposible de ocultar. Puede discutirse una metodología, una canasta, una proyección o el modo en que se construyen ciertos indicadores.</p><p>Pero hay realidades que no se dejan domesticar fácilmente. La caída del consumo. El enfriamiento de la actividad. El deterioro del empleo y de su calidad. La recesión persistente en sectores clave como la industria y la construcción. El mayor endeudamiento de las familias. El aumento de la morosidad. La pérdida de dinamismo de la recaudación en términos reales. La fragilidad de un crecimiento sostenido en pocos sectores, mientras gran parte del entramado productivo continúa resentido. Ese conjunto de alertas ya está planteado en tu borrador como una señal de fondo que empieza a gritar.</p><p>Y ahí es donde el paralelismo con el pasado deja de ser una exageración para convertirse en una advertencia seria.</p><p>La convertibilidad también comenzó envuelta en expectativas positivas. También ofreció orden, previsibilidad y una caída drástica de la inflación después del caos. También permitió instalar la idea de que, por fin, la Argentina había encontrado una arquitectura económica estable. Durante un tiempo, los resultados parecían darle la razón al modelo. El problema fue que, debajo de esa superficie de estabilidad, comenzaron a acumularse desequilibrios que no eran secundarios ni circunstanciales.Primero aparecieron como síntomas dispersos. Sectores productivos que perdían competitividad. Economías regionales que se apagaban. Empresas que dejaban de resistir. Un desempleo que dejaba de ser transitorio para volverse estructural. Un Estado crecientemente condicionado por la necesidad de sostener un esquema que empezaba a depender más de la deuda que de la vitalidad genuina de la economía.</p><p>Después, esos síntomas dejaron de ser aislados. Se volvieron frecuentes, visibles, imposibles de ignorar. Y, sin embargo, la respuesta no fue revisar el rumbo. Fue insistir.</p><p>Más ajuste. Más endeudamiento. Más presión sobre la economía real. Más confianza en que el mismo programa, llevado un poco más lejos, iba finalmente a corregirse a sí mismo. Como si el problema no estuviera en la naturaleza del esquema, sino en la falta de intensidad para aplicarlo. Como si todo lo que hacía ruido en la realidad no fuera una advertencia, sino apenas una incomodidad transitoria.</p><p>Ese fue, precisamente, uno de los errores más graves de los años previos al colapso de 2001. Confundir la resistencia social con fortaleza del programa. Confundir la prolongación del sufrimiento con prueba de seriedad. Confundir la persistencia del ajuste con la cercanía de la solución.</p><p>No fue un derrumbe repentino ni una fatalidad imprevisible. Fue el desenlace de un proceso largo de señales ignoradas, advertencias desoídas y una negativa persistente a aceptar que el problema no era cuánto más se insistía, sino en qué se estaba insistiendo.</p><p>Hoy vuelve a aparecer esa misma lógica de impermeabilidad frente a la evidencia. Si cae el consumo, se responde que todavía falta ajustar. Si sube el desempleo, se lo presenta como parte del sinceramiento. Si una pyme cierra, se la describe como una víctima necesaria de la depuración. Si la industria se retrae, se la relativiza con el desempeño de otro sector menos intensivo en empleo. Si las familias pierden poder adquisitivo, se les pide paciencia. Si se endeudan para sostener gastos corrientes, se promete que se trata apenas de una transición dolorosa hacia un futuro mejor.</p><p>Todo encuentra justificación dentro del mismo dogma. Nada parece suficiente para poner verdaderamente en duda el rumbo. Y ese es el núcleo del problema.&nbsp;Porque cuando una política económica se vuelve inmune a la evidencia, deja de ser un programa técnico para transformarse en un acto de fe. Ya no importa demasiado lo que pasa en la calle, en el comercio, en la fábrica, en la pyme, en el salario o en el bolsillo. Lo central pasa a ser sostener la narrativa del éxito próximo, aun cuando la economía real empiece a enviar señales en dirección contraria.</p><p>Más todavía: aun cuando algunos indicadores muestren mejoras parciales, el problema puede seguir agravándose. Porque no todo crecimiento significa recuperación sana. No toda desaceleración inflacionaria implica alivio social duradero. No todo equilibrio fiscal es sostenible si se obtiene al precio de debilitar el consumo, erosionar la producción, resentir la recaudación futura y volver más frágil el tejido económico que debe sostener, en definitiva, cualquier estabilización seria.Ese fue también uno de los grandes errores de lectura en los años previos a 2001: creer que mientras algunos números cerraran, el resto podía esperar. Pero la economía no se rompe solo cuando saltan las variables financieras. Muchas veces se rompe antes, lentamente, cuando se deterioran las bases productivas, laborales y sociales sobre las que descansa cualquier programa de estabilización.</p><p>La historia argentina enseña, además, que las crisis no siempre explotan de golpe. Antes de estallar, se naturalizan. Primero sorprende el deterioro; después se tolera. Primero alarma la caída de la actividad; después se vuelve paisaje. Primero preocupa el cierre de una empresa; después deja de ser noticia. Primero conmueve la pérdida del empleo; después se la transforma en estadística. Primero inquieta el retroceso del salario; después se lo acepta como un costo inevitable del orden.Ese proceso de naturalización es quizá el momento más delicado de todos. Porque cuando el deterioro deja de interpelar, también se debilita la reacción política y social. Y cuando eso ocurre, la capacidad de corregir a tiempo empieza a desaparecer.</p><p>La lección de 2001 no debería leerse solo como un recuerdo traumático ni como una comparación automática. Debería leerse, sobre todo, como una advertencia metodológica. No fue por falta de señales. Fue por falta de decisión para cambiar.Y esa es la discusión de fondo que hoy la Argentina debería animarse a dar: si este modelo, tal como está planteado, tiene capacidad de sostenerse sin seguir deteriorando el empleo, el consumo, la producción y la cohesión social.</p><p>La Argentina no está condenada a repetir 2001. Pero sí puede volver a acercarse peligrosamente a esa lógica si insiste en ignorar las señales.</p><p>La tormenta no se detuvo entonces por los gritos. Y tampoco se va a detener ahora por el relato.</p><p>Cuando un plan empieza a fallar, insistir no siempre es valentía. A veces es apenas una forma más sofisticada de no querer ver. Y cuando la política decide no ver, la realidad termina corrigiendo de la manera más cruel.</p><p>La experiencia argentina ya enseñó cuánto cuesta llegar tarde.&nbsp;Por eso, corregir a tiempo no es una señal de debilidad. Es, muchas veces, la última oportunidad de evitar que el final vuelva a escribirse como ya lo vimos una vez: con el modelo agotado, la sociedad exhausta y la crisis imponiendo por la fuerza las decisiones que la política no quiso tomar a tiempo.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Cuenta una vieja creencia popular que, cuando la lluvia no paraba, cuando los campos se inundaban y el miedo crecía, algunos hombres recurrían a un ritual desesperado: azotaban animales.]]>
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                                                <category term="economia" label="Economía" />
                                <updated>2026-04-11T04:30:03+00:00</updated>
                <published>2026-04-11T04:30:00+00:00</published>
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            La felicidad también es un dato económico: qué revela la caída de Argentina en el ranking mundial del bienestar
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Lo que este informe internacional intenta capturar es algo mucho más profundo: cómo evalúan las personas su propia vida en un contexto determinado y qué condiciones económicas, institucionales y sociales ayudan a explicar esa valoración.</p><p>En la edición 2025, Argentina volvió a quedar rezagada en la comparación internacional y se ubicó en el puesto 42 del mundo, con un puntaje de 6,397, detrás de varios países de América Latina y el Caribe que hoy muestran un mejor desempeño relativo.</p><p>El dato, en sí mismo, ya merece atención. Pero lo más relevante aparece cuando se lo observa en perspectiva regional. En América Latina y el Caribe, Costa Rica quedó 6° en el mundo, México 10°, Belice 25°, Uruguay 28°, Brasil 36°, El Salvador 37% y Panamá 41°, todos por delante de la Argentina.</p><p>Apenas por debajo aparece Chile, en el puesto 45. Es decir: Argentina no solo perdió centralidad en la comparación global, sino que además quedó superada por varios países de la región, incluso por algunos que históricamente no figuraban por encima suyo en este tipo de indicadores.</p><p>Ese contraste regional obliga a hacer una lectura menos superficial. Porque el informe no mide “felicidad” en el sentido liviano del término, ni releva un estado emocional pasajero.&nbsp;La base del ranking es la llamada Cantril Ladder, una pregunta que realiza Gallup World Poll en más de 140 países y que pide a las personas evaluar su vida actual en una escala de 0 a 10, donde 0 representa la peor vida posible y 10 la mejor. El ranking se construye con promedios de tres años, lo que reduce el ruido coyuntural y permite captar tendencias más estructurales. En el caso del reporte 2025, la medición toma el promedio del período 2022-2024.</p><p>Además, el informe no se limita a ordenar países. También trabaja con una serie de variables explicativas que ayudan a entender por qué algunas sociedades evalúan mejor su vida que otras.</p><p>Entre esos factores aparecen el PBI per cápita, el apoyo social, la esperanza de vida saludable, la libertad para tomar decisiones de vida, la generosidad y la percepción de corrupción.</p><p>No se trata, por supuesto, de una fórmula mágica ni de una relación causal lineal, pero sí de una aproximación muy útil para pensar el vínculo entre economía, instituciones y bienestar.</p><p>Desde la óptica de las finanzas públicas, esto vuelve al índice particularmente interesante. Un Estado puede exhibir orden en ciertas variables fiscales y, aun así, estar fracasando en la generación de bienestar si no logra traducir estabilidad en calidad de vida.</p><p>A la inversa, una economía puede no ser la más grande de su región y, sin embargo, construir mejores condiciones de satisfacción social si combina ingresos razonables, instituciones más confiables, vínculos comunitarios sólidos y servicios públicos que funcionen.</p><p>Justamente por eso el ranking de felicidad no debería leerse como un adorno blando del debate económico, sino como una señal complementaria sobre la calidad del desarrollo.</p><p>En ese punto, el caso latinoamericano resulta especialmente revelador. El propio World Happiness Report subraya que las sociedades de América Latina suelen exhibir fortalezas vinculadas a los lazos familiares, los hogares más amplios y las redes de apoyo, elementos que muchas veces permiten explicar niveles de bienestar superiores a los que sugeriría el ingreso por sí solo.</p><p>El informe 2025 vuelve a remarcar que esas tramas relacionales ofrecen lecciones valiosas para otros países, porque muestran que el bienestar no depende exclusivamente del consumo o del tamaño de la economía, sino también de la calidad de los vínculos sociales.</p><p>Y allí aparece, justamente, una de las preguntas más incómodas para la Argentina. Si la región tiene una base social y cultural que suele empujar sus indicadores de bienestar por encima de lo que explicaría la renta, ¿por qué nuestro país no logra aprovechar ese activo relativo?</p><p>La respuesta no puede buscarse en una sola causa, pero sí en una combinación bastante conocida: inestabilidad macroeconómica persistente, deterioro del poder adquisitivo, incertidumbre normativa, desconfianza en las instituciones y fatiga social acumulada. Cuando una sociedad transita durante años entre crisis recurrentes, reglas cambiantes y expectativas volátiles, la evaluación de vida también se resiente.</p><p>Ese deterioro no debe interpretarse solo en clave anímica. También tiene consecuencias económicas concretas. Una sociedad que se siente más insegura respecto de su presente y de su futuro tiende a reducir horizontes de planificación, debilitar sus expectativas de movilidad y aumentar su demanda de protección.</p><p>Eso termina presionando sobre la política fiscal, sobre el gasto social, sobre la legitimidad tributaria y sobre la capacidad del Estado para sostener consensos básicos. En otras palabras, cuando cae el bienestar, no solo se resiente el clima social: también se complica la sustentabilidad económica.</p><p>Por eso el ranking mundial de felicidad merece ser leído con más seriedad de la que suele concedérsele. No reemplaza a los indicadores clásicos, pero los complementa. No sustituye al análisis de inflación, actividad o empleo, pero ayuda a entender si esos números están logrando traducirse en una mejora tangible en la experiencia cotidiana de la población. Y eso, para cualquier especialista en políticas públicas, debería ser central. Porque una economía puede estabilizar algunas planillas y, al mismo tiempo, empeorar la forma en que la sociedad percibe su vida, sus oportunidades y su futuro.</p><p>El mensaje que deja el informe 2025 para la Argentina es claro. El país no solo necesita ordenar variables macroeconómicas: necesita reconstruir condiciones de bienestar más estables y más creíbles. Necesita que la mejora económica, cuando exista, sea percibida como durable; que las reglas sean previsibles; que el esfuerzo social tenga algún horizonte reconocible; y que el Estado vuelva a ofrecer un marco de confianza mínima.</p><p>En ese sentido, la caída argentina en el ranking no debería ser leída como una anécdota de temporada. Debería ser tomada como una advertencia.</p><p>Porque cuando un país pierde posiciones en bienestar relativo frente a sus vecinos, lo que está en juego no es solo una imagen internacional: también es la evidencia de que algo importante no está funcionando del todo bien dentro de sus fronteras.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Cada vez que se publica el World Happiness Report, hay quienes lo leen como una curiosidad estadística, casi como un dato pintoresco sin mayor densidad analítica. Sin embargo, detrás de ese ranking hay bastante más que una medición subjetiva del humor social.]]>
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                                <updated>2026-04-04T04:00:02+00:00</updated>
                <published>2026-04-04T04:00:00+00:00</published>
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            La guerra que no votamos, pero igual podemos terminar pagando
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un enfrentamiento armado en Medio Oriente puede terminar impactando, meses después, en los precios de los alimentos, los combustibles o los productos importados en cualquier ciudad del planeta.</p><p>En ese contexto, la actual escalada de tensiones en la región vuelve a poner en evidencia el llamado “efecto mariposa” del comercio global: pequeñas alteraciones en puntos estratégicos del planeta pueden desencadenar consecuencias económicas de gran magnitud en lugares muy distantes.</p><p>El sistema de comercio internacional depende en gran medida de rutas marítimas altamente concentradas. Buques cargados de petróleo, gas, granos, insumos industriales y productos manufacturados atraviesan diariamente corredores logísticos que conectan Asia, Europa y América. Cuando alguno de esos corredores se vuelve inseguro o directamente queda bloqueado por un conflicto, toda la red logística mundial comienza a tensionarse.</p><p>En Medio Oriente existen varios de estos puntos críticos del comercio global, conocidos como “cuellos de botella”. Uno de los más importantes es el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercializa en el mundo. Otro paso estratégico es el Estrecho de Malaca, fundamental para el transporte entre Asia y Europa. Si la seguridad en alguno de estos pasos se deteriora, el impacto es inmediato en los mercados energéticos. El temor a interrupciones en el suministro suele disparar el precio del petróleo en cuestión de horas.</p><p>Cuando el precio del crudo sube, la reacción en cadena es casi automática. El combustible es uno de los insumos centrales de la economía mundial: mueve barcos, camiones, aviones y maquinaria industrial. Un aumento del petróleo encarece el transporte global, y ese aumento se traslada gradualmente a cada eslabón de la cadena productiva.</p><p>El primer impacto suele sentirse en la logística marítima. Las grandes navieras deben modificar sus rutas para evitar zonas consideradas de riesgo, lo que implica más días de navegación y mayor consumo de combustible.</p><p>A esto se suma el incremento de las primas de seguro para las cargas, que se disparan cuando los barcos deben atravesar áreas potencialmente expuestas a ataques o incidentes militares. En algunos casos, las aseguradoras directamente dejan de cubrir determinados trayectos, obligando a los buques a rodear regiones enteras.</p><p>Estos cambios generan demoras, congestión en puertos alternativos y encarecimiento de los fletes. Lo que comienza como una medida de seguridad termina alterando la eficiencia de todo el sistema logístico internacional. El resultado es un aumento del costo del transporte de mercancías que termina repercutiendo en los precios finales de miles de productos.</p><p>Aunque parezca lejano, este tipo de situaciones tiene efectos concretos en países como Argentina. La economía local depende en gran medida del comercio exterior, tanto para exportar su producción agroindustrial como para importar insumos esenciales para la industria. Cuando las rutas marítimas se vuelven más costosas o más lentas, las empresas comienzan a enfrentar demoras en la llegada de componentes, materias primas y bienes intermedios necesarios para la producción.</p><p>La consecuencia más visible es el aumento de costos para las empresas, que deben pagar fletes más caros y esperar más tiempo para recibir mercancías. En sectores industriales que funcionan con cadenas de suministro ajustadas, una demora en la llegada de piezas puede paralizar líneas de producción completas. Este fenómeno ya se observó durante la pandemia, cuando la crisis logística mundial provocó escasez de insumos en múltiples industrias.</p><p>El aumento del precio del combustible se convierte en uno de los principales motores de inflación global. El transporte es un componente presente en prácticamente todos los productos de la economía. Cuando ese costo aumenta, termina filtrándose gradualmente en toda la estructura de precios.</p><p>Los alimentos son uno de los sectores más sensibles a este fenómeno. Desde la producción agrícola hasta la llegada a las góndolas, los productos recorren largas distancias que dependen del combustible. Un aumento sostenido del petróleo encarece la maquinaria agrícola, los fertilizantes —muchos de ellos derivados del gas— y el transporte de la producción.En el plano internacional, un encarecimiento de la energía también afecta los costos de producción industrial, desde la fabricación de plásticos hasta la producción de acero o productos químicos. Esto genera un nuevo impulso inflacionario que se traslada al comercio global.</p><p>Para países con economías frágiles o con historiales inflacionarios persistentes, como Argentina, este tipo de shocks externos pueden amplificar los problemas internos. Los aumentos en los costos logísticos internacionales se reflejan en precios de importación más altos, presionando sobre la inflación local.Además, el aumento del petróleo suele fortalecer el dólar a nivel global y generar mayor volatilidad financiera, lo que complica aún más a las economías emergentes que dependen del acceso al comercio y al crédito internacional.</p><p>En definitiva, el escenario muestra hasta qué punto la economía mundial funciona como un sistema interdependiente. Un conflicto en una región estratégica puede alterar rutas comerciales, modificar precios energéticos y desencadenar presiones inflacionarias que terminan afectando la vida cotidiana en países situados a miles de kilómetros.</p><p>Por eso, cada vez que aumenta la tensión en Medio Oriente, los mercados no solo miran el desarrollo militar del conflicto. También observan con atención el comportamiento del petróleo, las rutas marítimas y el comercio global. Porque en ese delicado equilibrio se juega buena parte de la estabilidad económica mundial.</p><p>Qué debería hacer el GobiernoFrente a este escenario, el peor error sería la pasividad. O peor todavía: el relato tranquilizador sin preparación real. El Gobierno debería hacer varias cosas al mismo tiempo.La primera es reconocer el riesgo. No minimizarlo, no actuar como si se tratara de una noticia internacional sin efectos domésticos, no descansar en slogans. Un gobierno serio no espera que el problema le explote encima para empezar a diagnosticarlo.</p><p>La segunda es anticiparse en materia energética. Garantizar abastecimiento, revisar escenarios de invierno, monitorear costos de importación, asegurar logística y prever mecanismos de contingencia. En contextos de guerra, la improvisación cuesta carísima.</p><p>La tercera es construir un esquema de protección inteligente para los sectores más sensibles. No se trata de volver al desorden macroeconómico ni de abrir la canilla sin criterio. Se trata de entender que, si hay un shock externo que encarece costos básicos, los sectores vulnerables, las pymes y ciertas actividades estratégicas no pueden quedar librados a la intemperie.</p><p>La cuarta es fortalecer reservas y prudencia fiscal. Justamente porque el mundo se puede volver más hostil, la política económica debería extremar el cuidado de divisas, evitar errores que aumenten la vulnerabilidad y priorizar decisiones que reduzcan exposición externa.</p><p>La quinta, y quizás más importante, es pensar más allá de la coyuntura. La Argentina necesita usar este tipo de episodios como recordatorio brutal de una deuda pendiente: construir una economía menos vulnerable a los shocks internacionales. Eso exige infraestructura, diversificación, previsibilidad y una estrategia de desarrollo. Ningún país se vuelve fuerte solo por tener recursos. Se vuelve fuerte cuando organiza políticamente esos recursos en un proyecto de estabilidad y crecimiento.</p><p>La guerra podrá estar lejos en el mapa. Pero si la Argentina no se prepara, sus consecuencias pueden sentirse demasiado cerca.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En un mundo cada vez más interconectado, los conflictos geopolíticos ya no quedan limitados a las fronteras donde ocurren.]]>
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                                                <category term="economia" label="Economía" />
                                <updated>2026-03-28T04:30:02+00:00</updated>
                <published>2026-03-28T04:30:00+00:00</published>
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            Reforma previsional: el riesgo de convertir una necesidad en un error
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Hay discusiones que no pueden seguir postergándose. La previsional es una de ellas.En Entre Ríos, como en casi todas las jurisdicciones del país, el problema existe y se agrava con el tiempo. La mayor expectativa de vida, la informalidad laboral, la menor densidad contributiva y la creciente presión sobre el Tesoro configuran una combinación que ya no admite negacionismos ni discursos de ocasión.&nbsp;El sistema necesita ser revisado. No hay demasiada discusión seria sobre eso. La verdadera discusión empieza después: cómo se reforma, quién fija las reglas y qué nivel de precisión y legitimidad tendrá esa reforma.Porque una cosa es reconocer que hay que cambiar. Otra, muy distinta, es aceptar que cualquier cambio sea bueno por el solo hecho de llamarse “reforma”.&nbsp;Eso obliga a mirar con mucha atención lo que hoy circula en la provincia. Lo que hasta acá se conoce no es todavía un proyecto de ley articulado y completo, sino un conjunto de “vectores” o lineamientos generales. Y ese dato, lejos de ser menor, ya es un problema.Si se baja el análisis a lo concreto, hay cinco cambios sustanciales que deberían quedar absolutamente claros en el debate público.El primero es el aumento de la edad jubilatoria y de los años de aporte. La jubilación ordinaria pasaría de 62 a 65 años para varones y de 57 a 60 años para mujeres, mientras que los años de servicios exigidos subirían de 30 a 35. Es cierto que el esquema prevé una transición gradual.&nbsp;Pero también es cierto que el efecto de fondo es inequívoco: se posterga el acceso al beneficio y se endurecen las condiciones de elegibilidad. En términos fiscales, puede entenderse la lógica. En términos sociales, el costo recae sobre el trabajador activo, especialmente sobre quienes tuvieron trayectorias laborales interrumpidas, precarias o informales.El segundo cambio es el de la base de cálculo del haber inicial. Acá está una de las claves menos transparentadas del debate. El 82% se mantiene en el discurso, pero cambia la base sobre la cual se aplica. En vez de calcularse sobre el tramo final de la carrera —como ocurre hoy—, pasaría a calcularse sobre la historia laboral real de 30 años de aportes, actualizada a valores actuales. En carreras salariales ascendentes, un promedio de 30 años tiende a ser inferior al promedio del tramo final. Dicho sin eufemismos: no se toca de frente el 82%, pero sí puede reducirse materialmente el beneficio.El tercer cambio es la modificación de la movilidad. El régimen vigente tiene una lógica simple y conocida: cuando aumentan los salarios del personal activo, se reajustan los haberes del pasivo. La propuesta rompe ese vínculo directo y lo reemplaza por índices sectoriales que definiría el Poder Ejecutivo. Este punto es central. No se trata de una cuestión secundaria ni meramente técnica. La movilidad integra el corazón del derecho previsional. Si la ley no fija con precisión la fórmula, las variables, la periodicidad, la fuente estadística y las salvaguardas, entonces la Legislatura no estaría regulando el núcleo del sistema: lo estaría delegando. Y eso es exactamente lo que no debería ocurrir.El cuarto cambio es la habilitación de aportes solidarios previsionales y topes máximos ante eventuales desequilibrios financieros o actuariales. Este es, probablemente, el aspecto más delicado de toda la propuesta. Porque no estamos hablando ya del acceso al beneficio, sino del contenido económico mismo del haber. El borrador sostiene, por un lado, que no se afectarían derechos adquiridos ni beneficios ya otorgados. Pero, al mismo tiempo, deja abierta la posibilidad de imponer descuentos o límites sobre quienes ya están jubilados o pensionados. Esa tensión es demasiado evidente. No se puede prometer que no se tocará a los pasivos y, a la vez, dejar abierta la puerta para tocarlos por otra vía.El quinto cambio sustancial aparece en la vaguedad sobre regímenes especiales, invalidez, pensión y edad avanzada. Se habla de armonización con sistemas nacionales y provinciales, de junta médica externa y de continuidad formal de algunos regímenes, pero sin un desarrollo normativo suficientemente claro. En derecho previsional, esa ambigüedad no es flexibilidad: es fuente de litigiosidad. Una reforma de esta magnitud no puede dejar aspectos esenciales librados a fórmulas abiertas o a reglamentaciones posteriores.Si se observa el cuadro completo, el saldo para el trabajador activo es bastante claro: jubilarse más tarde, acreditar más años de aporte, cobrar potencialmente menos en términos relativos y enfrentar mayor incertidumbre sobre la movilidad futura. El propio informe técnico lo resume de manera nítida: la orientación general de la reforma es ahorrativa, pero el costo recae principalmente sobre las cohortes activas. Para el jubilado actual, la principal amenaza no pasa por la edad de acceso sino por la eventual afectación futura del haber mediante topes, aportes solidarios o una movilidad menos favorable.</p><p>Hay además una omisión que no debería pasar en silencio: la cuestión de género. La reforma no corrige la brecha histórica entre varones y mujeres. Es decir, la diferencia sigue siendo exactamente la misma: cinco años. No hay una revisión de fondo, ni una propuesta consistente desde la igualdad formal, ni una mirada integral sobre cuidados, interrupciones de carrera, densidad de aportes o trayectorias laborales femeninas. En una reforma que pretende ser estructural, eso no es un detalle. Es una oportunidad perdida.Tampoco habría que perder de vista a los municipios. El informe marca con claridad que el eventual alivio del sistema provincial puede coexistir con una mayor presión sobre las haciendas locales, porque la carga del desequilibrio seguiría recayendo sobre la patronal municipal. Traducido: una parte del ordenamiento provincial puede terminar desplazando tensión fiscal hacia gobiernos locales con menor autonomía financiera, menor capacidad tributaria y alto peso del gasto en personal. Una reforma que ordena arriba pero complica abajo no resuelve todo: a veces solo cambia el lugar donde explota el problema.Pero el punto más delicado de todos sigue estando en otro lado: en la delegación de facultades al Poder Ejecutivo. Ahí aparece el núcleo más serio del problema jurídico e institucional.No todo cambio severo es automáticamente inconstitucional. El aumento de la edad jubilatoria, la suba de años de aporte o el cambio en la base de cálculo pueden ser medidas discutibles, duras e incluso regresivas, pero no por eso son inválidas por sí mismas. Una ley puede reformar expectativas no consolidadas si lo hace de manera gradual, razonable y prospectiva. El problema de mayor intensidad constitucional aparece cuando la ley deja sin definir el corazón del régimen y entrega esa definición al Ejecutivo.Eso ocurre, sobre todo, en dos puntos. Primero, en la movilidad. Si la futura ley no fija por sí misma los elementos esenciales de la fórmula y deja que el Ejecutivo determine sectores, metodología, ponderaciones, periodicidad y salvaguardas, entonces la delegación sería excesiva en una materia alcanzada por la reserva de ley. Segundo, en la facultad de imponer aportes solidarios previsionales y topes máximos sobre beneficios ya en curso. Ahí confluyen todos los riesgos: afectación del haber, delegación abierta y contradicción con la cláusula de no afectación de derechos adquiridos. El informe es terminante: ese es el punto de mayor vulnerabilidad constitucional del esquema.Por eso, las recomendaciones para el debate legislativo son tan importantes como la discusión misma. La Legislatura no debería tratar lineamientos generales, sino exigir un proyecto articulado completo. Debería reclamar un informe actuarial independiente. Debería definir por ley —y no por reglamentación— la fórmula de movilidad. Debería precisar el alcance de los regímenes especiales. Debería aclarar con exactitud si los aportes solidarios y topes alcanzan o no a beneficios ya otorgados. Debería incorporar una evaluación real del impacto de género. Y debería agregar un capítulo específico de transición fiscal para municipios y comunas adheridos. Eso no es sofisticación académica. Es el mínimo de seriedad que un debate así exige.En definitiva, Entre Ríos necesita discutir su sistema previsional. Pero discutir no es obedecer. Y reformar no es firmar un cheque en blanco.</p><p>Por eso, si la provincia va a avanzar en una reforma de esta magnitud, que lo haga bien. Con texto completo. Con estudio actuarial. Con debate político real. Con perspectiva de género. Con precisión legislativa. Y, sobre todo, sin dejar en manos del Poder Ejecutivo facultades que la Constitución y la prudencia exigen que defina la ley.Porque en materia previsional, tan grave como no reformar es reformar mal.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El sistema previsional entrerriano necesita correcciones de fondo. Negarlo sería irresponsable. Pero también sería un error histórico avanzar con una reforma incompleta, con facultades excesivas para el Poder Ejecutivo y sin el debate técnico, político y social que un tema de esta magnitud exige.]]>
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                                <updated>2026-03-26T12:40:16+00:00</updated>
                <published>2026-03-21T04:00:00+00:00</published>
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            Más crédito, menos rentabilidad: la advertencia que dejan los balances bancarios
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N-5qQBGbMgkzznW1S8Bt6viwEww=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/noticias/2022/11/05_Sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El sistema sigue líquido, capitalizado y con márgenes regulatorios holgados. Pero sí muestran otra cosa: una caída marcada de la rentabilidad, un deterioro fuerte de la cartera crediticia y un cambio estructural en el negocio financiero, cada vez más condicionado por la economía real y cada vez menos protegido por las rentas extraordinarias del pasado.</p><p>Ese punto es central. El dato más importante de 2025 no es que los bancos hayan prestado menos, sino que prestar más empezó a rendirles menos. Según el Banco Central, el crédito total al sector privado creció 36,9% real durante el año y la exposición del sistema a empresas y familias pasó a representar 43,9% del activo total, mientras que el financiamiento al sector público redujo su peso relativo.Es decir: el sistema volvió a hacer más banca tradicional. Sin embargo, en ese mismo movimiento, la irregularidad del crédito privado saltó de 1,6% al cierre de 2024 a 5,5% al cierre de 2025. En los hogares, el deterioro fue todavía más severo: la mora pasó de 2,5% a 9,3%. En empresas subió de 0,8% a 2,5%.Allí está la verdadera fotografía del año. La intermediación creció, pero la calidad del activo empeoró en forma acelerada.</p><p>El verdadero problema: crece el crédito, pero empeora la capacidad de pagoPor eso la explicación no puede reducirse a una sola variable. No alcanza con decir “bajó la actividad” ni tampoco con repetir que “el crédito volvió”. La economía argentina de 2025 fue más contradictoria.</p><p>El financiamiento avanzó con fuerza, pero hacia el final del año el consumo financiado empezó a mostrar fatiga: el propio BCRA registró en diciembre una caída mensual real de 0,6% en las financiaciones con tarjeta de crédito y de 0,7% en los préstamos personales, prolongando una tendencia descendente iniciada en septiembre. Es decir, aun con más crédito en términos interanuales, el tramo más sensible del financiamiento a los hogares empezó a enfriarse justo cuando la mora se aceleraba.</p><p>Eso ayuda a entender por qué los balances privados se deterioraron. Grupo Financiero Galicia reportó en el cuarto trimestre de 2025 una pérdida neta atribuible de $83.544 millones, mientras que su ganancia acumulada del año cayó 91%. BBVA Argentina cerró 2025 con una ganancia neta de $267.420 millones, pero 43,2% menor a la de 2024. Banco Macro mostró una rentabilidad menor que la del año previo: obtuvo $290.704 millones en 2025 y en el cuarto trimestre ganó $100.079 millones, por debajo del mismo período de 2024 y luego de haber registrado un trimestre negativo en el tercero. Supervielle, por su parte, cerró el año con una pérdida atribuible de $48.582 millones y un ratio de cartera irregular total de 5,0%, contra 1,3% un año antes.</p><p>El viejo monopolio&nbsp;bancario ya no existeA la presión derivada de la economía real se le suma otro frente, menos visible pero igualmente decisivo: la competencia por el negocio transaccional y por la captura del cliente cotidiano. Durante años, gran parte de los movimientos de dinero, los cobros, los pagos y las comisiones del sistema pasaban casi exclusivamente por los bancos.</p><p>Ese monopolio de hecho se rompió. El ecosistema financiero argentino ya no se agota en las entidades bancarias. Las billeteras virtuales, los proveedores de servicios de pago y los fondos comunes de dinero se convirtieron en actores masivos que disputan saldos, comisiones, transacciones y vinculación con el usuario.Los datos del Banco Central lo muestran con claridad. A septiembre de 2025, 27,6 millones de personas tenían simultáneamente cuenta bancaria y cuenta de pago. En diciembre había 68,7 millones de cuentas de pago, de las cuales 15 millones tenían saldo. Sumados los saldos en cuentas de pago y los fondos invertidos a través de PSP, ese universo ya equivalía al 7,4% de los depósitos privados en pesos del sistema. Además, en enero de 2026 el 54,3% de las operaciones de QR interoperable acreditó en cuentas de pago y sólo el 45,7% en cuentas bancarias. El mensaje es evidente: la relación diaria con el dinero dejó de estar cautiva dentro del banco.</p><p>La competencia fintechEso no implica que los bancos hayan quedado fuera del juego. Siguen siendo actores centrales en crédito, depósitos, tesorería, comercio exterior y regulación prudencial. Pero sí significa que el negocio financiero es hoy más abierto, más competitivo y con menor capacidad de apropiarse rentas por simple posición dominante. La consecuencia es que, cuando la cartera se deteriora y la economía se enfría, la rentabilidad se resiente más rápido que antes.</p><p>También hay un elemento adicional que ayuda a explicar la comparación desfavorable contra 2024. Varios balances del año pasado habían sido beneficiados por condiciones extraordinarias: mayores ganancias sobre títulos públicos, resultados asociados a un contexto de inflación más alta y, en algunos casos, efectos contables puntuales. En 2025 esos colchones se redujeron o desaparecieron. Por eso el deterioro actual no debe leerse sólo como un problema de gestión crediticia; también refleja el agotamiento de un régimen de rentabilidad apoyado más en el entorno financiero que en la intermediación genuina.</p><p>No hay crisis de&nbsp;solvencia, pero sí un&nbsp;problema de rentabilidadAhora bien, que la rentabilidad haya caído no significa que el sistema esté al borde de una crisis de solvencia. Ese sería un diagnóstico equivocado. El BCRA informó que el sistema cerró 2025 con un capital regulatorio equivalente al 28,6% de los activos ponderados por riesgo, un exceso de capital de 253% sobre el mínimo exigido y un ratio de apalancamiento de 19,7%, muy por encima del umbral regulatorio del 3%. En otros términos: el problema actual de la banca argentina no es, por ahora, de liquidez ni de patrimonio; es de rentabilidad, costo de riesgo y calidad de cartera.</p><p>Y justamente por eso el tema importa tanto para el país. Porque cuando un banco gana menos por prestar, no sólo ajusta su balance: ajusta su conducta. Se vuelve más selectivo, endurece originación, recorta plazos, sube spreads, exige mejores garantías y concentra recursos en clientes de menor riesgo.</p><p>Ese proceso excluye primero a quienes más necesitan financiamiento: familias que refinancian consumo, PyMEs que dependen del capital de trabajo, comercios que venden en cuotas y sectores que requieren crédito largo para invertir o construir.En un país con baja profundidad financiera, ese efecto es especialmente grave. Si además el costo del crédito sigue siendo elevado, la situación se agrava. A comienzos de marzo de 2026, la tasa de préstamos personales informada por el BCRA se ubicaba en torno al 71,7% nominal anual. Incluso las nuevas líneas en dólares muestran el problema: Banco Macro lanzó recientemente créditos hipotecarios en esa moneda con tasa del 11,5% anual, plazo de cinco años y financiamiento de hasta 50% del valor del inmueble. Son productos que pueden reabrir nichos de mercado, pero todavía están lejos de constituir una solución masiva para vivienda o inversión productiva.</p><p>Qué significa esto para el paísLa conclusión de fondo es que el deterioro de los balances bancarios no es una anécdota sectorial. Es un espejo de la economía argentina. Cuando la mora sube, lo que se deteriora no es sólo un renglón contable: se deteriora la capacidad de sostener pagos, de financiar consumo, de encarar proyectos y de transformar recuperación macro en mejora micro. Cuando además esa pérdida de rentabilidad ocurre en un contexto de mayor competencia fintech, el sistema financiero deja de tener margen para absorber sin costo las tensiones de la economía real.Por eso la señal que dejan los balances 2025 es políticamente incómoda y económicamente relevante.</p><p>La Argentina puede haber logrado cierta normalización monetaria y una expansión del crédito desde niveles muy bajos, pero todavía no resolvió el problema decisivo: cómo construir una economía en la que el financiamiento crezca sin que, al mismo tiempo, se deteriore la capacidad de pago de quienes lo toman. Mientras esa ecuación no cierre, los bancos seguirán mostrando algo más que sus propios problemas. Seguirán mostrando, con números, las limitaciones del país.No se trata, entonces, de llorar por los bancos. Se trata de entender que, cuando hasta los balances bancarios empiezan a reflejar fragilidad, lo que está en discusión no es sólo la rentabilidad de las entidades sino la sustentabilidad del proceso económico en su conjunto. En la Argentina de hoy, un banco que gana menos no es simplemente una mala noticia financiera: es una advertencia sobre la debilidad de empresas, comercios y familias que están del otro lado del mostrador.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/N-5qQBGbMgkzznW1S8Bt6viwEww=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/noticias/2022/11/05_Sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>No es una crisis bancaria, pero sí una señal de alarma
Los balances que presentaron en las últimas semanas los principales bancos argentinos dejaron una señal que merece una lectura más fina que la habitual. No muestran, al menos por ahora, una crisis bancaria clásica.]]>
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                <published>2026-03-14T07:30:00+00:00</published>
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            La gran pregunta fiscal del siglo XXI: ¿cómo financiarse en una economía que cambió?
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        <link rel="alternate" href="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/opinion/la-gran-pregunta-fiscal-del-siglo-xxi-como-financiarse-en-una-economia-que-cambio" type="text/html" title="La gran pregunta fiscal del siglo XXI: ¿cómo financiarse en una economía que cambió?" />
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En la Argentina, la discusión económica suele girar siempre alrededor de las mismas variables: inflación, dólar, ajuste, actividad, tasas de interés. Pero mientras el debate público sigue atrapado en esa coyuntura, debajo de la superficie se está desarrollando un problema mucho más profundo, más silencioso y probablemente más decisivo para el futuro del Estado: la crisis de adecuación entre los sistemas tributarios vigentes y la nueva estructura de la economía.</p><p>No es un problema ideológico. Tampoco es una discusión entre más impuestos o menos impuestos. Es un problema estructural de capacidad estatal. En otras palabras: el mundo cambió más rápido que las administraciones tributarias. Y cuando la economía cambia de naturaleza, también cambia la posibilidad real del Estado de identificar, medir y gravar aquello que genera ingresos, valor y acumulación.Ese diagnóstico ya no surge solamente de la academia. En la reunión de administradores tributarios organizada por el CIAT en Montevideo en 2025 se identificaron 120 desafíos y oportunidades para las administraciones fiscales, agrupados en cinco grandes bloques: recursos humanos, tecnología, gestión de riesgos, gestión institucional y sistema tributario. Es decir: los propios organismos recaudadores del mundo ya están admitiendo que el problema excede la evasión tradicional y que compromete el funcionamiento futuro de la recaudación.</p><p>Uno de los datos más reveladores aparece en el plano de los recursos humanos. En el bloque específico sobre capital institucional, la principal preocupación fue la pérdida de talento por jubilaciones, salarios poco competitivos, condiciones laborales menos atractivas y cambio generacional. El CIAT la ubicó al tope de ese bloque con una valoración promedio de 8,2. La OECD, por su parte, agregó otro dato igual de elocuente: en promedio, 28% del personal de las administraciones tributarias relevadas ya tiene 55 años o más, lo que anticipa una pérdida adicional de conocimiento acumulado en los próximos años.Esto obliga a reinterpretar algo que muchas veces se presenta como simple “modernización”. La automatización del control tributario no es solo una mejora tecnológica: en buena medida es una respuesta defensiva frente al deterioro del capital humano especializado. A escala internacional, la OECD registra que 72% de las administraciones tributarias ya utiliza inteligencia artificial; sus usos más frecuentes son la detección de evasión y fraude, la evaluación de riesgos y la asistencia virtual al contribuyente.&nbsp;Al mismo tiempo, el organismo aclara que ninguna administración reportó utilizar IA para adoptar decisiones administrativas finales. En paralelo, alrededor de 85% ya dispone de sistemas que detectan automáticamente errores o inconsistencias en los datos provistos por los contribuyentes.Pero la tecnología no resuelve por sí sola el problema central. El verdadero desajuste está en la base económica sobre la cual fue construido el sistema tributario moderno. Durante décadas, los tributos se diseñaron para gravar hechos relativamente visibles y localizables: producción fabril, comercio físico, trabajo asalariado registrado, consumo presencial, patrimonio identificable territorialmente.</p><p>Hoy, en cambio, una parte creciente del valor se genera a través de servicios digitales, plataformas, activos intangibles, comercio transfronterizo, trabajo remoto, criptoactivos y esquemas empresariales con localización difusa.Ese corrimiento ya aparece explícitamente en la agenda internacional. En el bloque “sistema tributario” del trabajo del CIAT, los desafíos más relevantes fueron la legislación y gestión de criptoactivos (8,8 puntos), la legislación y supervisión de servicios digitales prestados por no residentes (7,9), las nuevas reglas tributarias internacionales vinculadas a intangibles y planificación global (7,9) y, además, la informalidad y la administración de regímenes simplificados (7,3). La señal es inequívoca: las dificultades centrales ya no están solo en la vieja evasión, sino en la creciente distancia entre normas tributarias pensadas para economías territoriales y una economía que se desmaterializa.Por eso, del lado de las oportunidades, el mismo estudio ubica en el primer lugar la simplificación y modernización de la normativa tributaria y de la comunicación con el contribuyente, con una valoración promedio de 8,4. En paralelo, también aparece como prioridad institucional la confianza de contribuyentes y ciudadanos en la administración tributaria.&nbsp;Esto es clave: cuando la economía se vuelve más compleja y menos observable, la sustentabilidad recaudatoria depende no solo de fiscalizar mejor, sino también de reducir costos de cumplimiento, dar previsibilidad y reconstruir legitimidad.La OECD viene formulando este mismo diagnóstico desde otra perspectiva. Su enfoque de Tax Administration 3.0 parte de una idea sencilla pero disruptiva: la administración tributaria del futuro ya no puede descansar únicamente en controles ex post y declaraciones juradas tradicionales, sino que debe integrarse a los “sistemas naturales” en los que operan empresas y contribuyentes. En otras palabras, la tributación tiende a desplazarse desde el expediente y la inspección hacia el dato, la interoperabilidad y la trazabilidad en tiempo real.Argentina no está fuera de este proceso. Al contrario: ya exhibe varios síntomas de esta transición. La actual ARCA mantiene y actualiza regímenes informativos sobre operaciones financieras, aplica percepciones de IVA sobre servicios digitales, prevé regímenes especiales para operaciones concertadas a través de plataformas digitales, desarrolla esquemas de presentaciones digitales y participa en mecanismos de intercambio internacional de información financiera bajo estándares CRS/FATCA.Todo eso muestra un Estado que intenta ampliar su capacidad de observación a través de datos, interfaces y trazabilidad porque la economía real se le escapa cada vez más por los canales tradicionales.Sin embargo, esa expansión de información no equivale, por sí sola, a una solución estructural. De hecho, en la Argentina convive una mayor densidad de controles digitales con niveles todavía muy elevados de informalidad. En la medición específica difundida por INDEC para el cuarto trimestre de 2024, la tasa de empleo informal alcanzó el 42,0%. Eso sugiere que el problema no pasa solamente por recolectar más datos, sino por la dificultad de gravar de manera consistente una economía crecientemente fragmentada, precarizada y desplazada hacia formas de inserción más difíciles de capturar.Por eso, seguir discutiendo el sistema tributario solo en términos de presión fiscal, alícuotas o incentivos aislados es mirar una parte muy limitada del problema. El interrogante de fondo es otro: si el Estado del siglo XXI puede seguir financiándose con instrumentos diseñados para la economía del siglo XX. Y la respuesta, al menos hoy, no es obvia.La cuestión decisiva no será únicamente cuánto se paga, sino qué se puede gravar, dónde se lo puede gravar y con qué capacidades institucionales se lo puede administrar.Si el valor económico se vuelve más intangible, más móvil y menos territorial; si el empleo se informaliza o se fragmenta; si el conocimiento técnico escasea dentro del propio Estado; y si la legitimidad fiscal se deteriora, entonces la crisis ya no es meramente tributaria: es una crisis de sustentabilidad del financiamiento público.El mundo ya lo está viendo: recaudar dejó de ser sólo un tema de voluntad y pasó a ser un problema de capacidad. Cuando el valor se mueve por lo intangible, lo digital y lo transfronterizo, el Estado no pierde sólo ingresos: pierde trazabilidad y control. Y cuando eso ocurre, el financiamiento público entra en crisis no por una decisión política, sino porque el sistema quedó viejo para la economía real.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>El problema que empieza a inquietar a los fiscos del mundo, y no se trata solamente de subir o bajar impuestos. El problema de fondo es más profundo: los sistemas tributarios siguen organizados para una economía física, territorial e industrial, mientras la actividad real se desplaza hacia lo digital, lo intangible y lo descentralizado.]]>
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                <published>2026-03-07T09:30:00+00:00</published>
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            Ciudadanos de Concordia impulsan un proyecto para disolver entes municipales y reducir gastos
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l6AldzZUNvNpao0fUOEPAdzYuqY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/contador_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Un grupo de profesionales de Concordia presentó ante el Concejo Deliberante una propuesta de ordenanza que busca reorganizar el funcionamiento del Estado municipal mediante la disolución de entes autárquicos que, según sostienen, generan superposición de funciones y elevados costos administrativos.</p><p>El proyecto fue impulsado por el abogado Pablo Lapiduz, el contador Guido Longo y el contador Álvaro Sierra quienes solicitaron hacer uso de la Banca del Pueblo para exponer formalmente la iniciativa. La propuesta cuenta con el respaldo de más de un centenar de vecinos que acompañaron el pedido con sus firmas, lo que refleja una preocupación creciente por la eficiencia del gasto público y la transparencia en la gestión local.</p><p>La iniciativa apunta concretamente a disolver el Instituto de Viviendas y Tierras Autárquico Municipal y el Ente de Desarrollo Aerocomercial del Aeropuerto Concordia, integrando sus funciones directamente a las áreas correspondientes del municipio. Los autores sostienen que estos organismos mantienen estructuras propias que implican costos significativos, pese a no contar con autonomía financiera real ni requerir necesariamente un funcionamiento independiente.Según explicaron, el presupuesto conjunto de ambos entes supera los 5.000 millones de pesos anuales, cifra que consideran relevante y que, a su entender, justifica abrir un debate público sobre la conveniencia de mantener estructuras separadas cuando sus funciones podrían ejecutarse desde la administración central con mayor control y menor costo.</p><p>La propuesta no implica eliminar programas ni afectar servicios, sino reorganizar su ejecución para evitar duplicaciones, agilizar la gestión administrativa y fortalecer los mecanismos de control. Además, se plantea preservar la estabilidad laboral del personal existente, garantizando la continuidad de los trabajadores dentro del ámbito municipal.Los impulsores consideran que esta reorganización permitiría al municipio optimizar recursos y destinarlos a áreas prioritarias, en un contexto económico que anticipa mayores exigencias financieras para los gobiernos locales. También señalan que la simplificación de la estructura estatal contribuiría a mejorar la transparencia y facilitar el seguimiento del destino de los fondos públicos.El planteo surge desde el ámbito ciudadano y profesional, con el objetivo de instalar un debate sobre el tamaño, el funcionamiento y la eficiencia del Estado municipal, en momentos donde la sociedad reclama mayor responsabilidad en el uso de los recursos públicos.Resta ahora observar cómo impactará esta propuesta en el ámbito político. También será clave analizar si la participación previa del contador Álvaro Sierra en la gestión del exintendente Enrique Cresto puede transformarse en un obstáculo o condicionante para el avance de la iniciativa. Su creciente presencia en distintos espacios mediáticos, además, abre interrogantes sobre si este impulso responde exclusivamente a una inquietud técnica y ciudadana o si forma parte de una proyección más amplia vinculada a la construcción de posicionamiento dentro del escenario político municipal.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/l6AldzZUNvNpao0fUOEPAdzYuqY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/contador_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La iniciativa, respaldada por vecinos y profesionales, propone eliminar estructuras autárquicas que consideran costosas e innecesarias, integrando sus funciones al municipio para mejorar el control y la eficiencia del uso de los recursos públicos.]]>
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                                                <category term="economia" label="Economía" />
                                <updated>2026-03-26T12:40:16+00:00</updated>
                <published>2026-02-28T11:00:00+00:00</published>
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            Crecimiento sin trabajo: la paradoja que desnuda el 2025
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        <link rel="alternate" href="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/economia/crecimiento-sin-trabajo-la-paradoja-que-desnuda-el-2025" type="text/html" title="Crecimiento sin trabajo: la paradoja que desnuda el 2025" />
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/economia/crecimiento-sin-trabajo-la-paradoja-que-desnuda-el-2025">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Era el corazón del contrato social implícito: podía haber inflación, turbulencia cambiaria o inestabilidad política, pero cuando la producción repuntaba, también lo hacía el empleo.En 2025 esa lógica empezó a fallar de manera visible. La economía mostró señales de crecimiento, pero el mercado laboral no mejoró en la misma dirección. La consecuencia es más que estadística: la macro puede “ordenarse” en algunos indicadores, mientras la vida cotidiana —consumo, ingresos, expectativas— no recupera estabilidad. Y esto no parece un bache de ciclo: tiene rasgos de cambio estructural.</p><p>La mejor forma de ver la anomalía es mirar qué está creciendo y qué empleo genera ese crecimiento. El gráfico de “sectores ganadores” (SIPA para empleo formal e INDEC–EMAE para actividad, comparando promedio 2023 vs promedio 2025) deja una conclusión contundente: de los tres sectores que más crecieron, dos incluso redujeron el empleo formal.</p><p>El agro aparece como el gran ganador en actividad (+40,9%), pero el empleo formal apenas se mueve (+1,9%). Hasta ahí, podría decirse: “crece, pero contrata poco”. Lo verdaderamente disruptivo está en los otros dos ganadores. Minas y canteras muestran un avance de actividad (+15,0%) y, sin embargo, el empleo formal cae (-3,3%). La intermediación financiera también crece fuerte (+18,7%) y al mismo tiempo reduce empleo formal (-2,0%).</p><p>Dicho sin vueltas: dos de los tres motores del crecimiento terminan expulsando trabajadores en lugar de incorporarlos, lo que empuja desempleo abierto y/o desplazamiento hacia informalidad y cuentapropismo precario.Esto no es un “error de medición”. Es una característica del tipo de crecimiento vigente. Los sectores que lideran el repunte son, en general, altamente capitalizados, intensivos en tecnología, con mayor automatización y escalas productivas grandes.&nbsp;Pueden producir más valor agregado con menos mano de obra. En términos simples: la economía puede exportar más, facturar más, acumular divisas e incluso mostrar mejoras macro… sin que eso se traduzca en más empleo formal.La contracara es igual de relevante: los sectores históricamente más “empleadores” —industria, construcción, comercio y servicios asociados al mercado interno— enfrentan un contexto mucho más adverso. Y ahí aparece la asimetría social: los sectores que ganan no necesitan trabajadores; los sectores que emplean masivamente no están ganando. Por eso el crecimiento no “derrama” en empleo, y por eso el bienestar no mejora, aunque la macro muestre alivio.</p><p>¿Por qué pasa?Primero, por la propia estructura productiva: el agro moderno no contrata al ritmo que crece su producción porque crece por productividad (tecnología, maquinaria, logística, genética, servicios especializados) más que por incorporación masiva de mano de obra. En minería y energía, la lógica es similar: mucha inversión, mucha escala, mucho capital fijo, pero poca densidad laboral. En finanzas, la digitalización hace el resto: aumenta el volumen de transacciones y la rentabilidad sin necesidad de expandir planteles; incluso puede reducirlos.Segundo, por el entorno macro y de costos. Si el programa económico estabiliza nominalidad, pero deja crédito carísimo, la empresa que duda no contrata: ajusta estructura, terceriza, estira tiempos, automatiza o directamente achica. Si además la competencia importada se vuelve más fuerte —por precios relativos, por apertura o por apreciación real— y la producción local enfrenta costos logísticos, tarifas, presión tributaria y costos laborales en dólares elevados, el resultado es conocido: cae la producción local en rubros sensibles, y cuando cae la producción… cae el empleo. La apertura no es el problema “en sí”; el problema es transitarla sin política productiva, sin financiamiento razonable y sin herramientas para que el entramado local compita y se reconvierta.Tercero, porque el mercado laboral se está reacomodando de forma defensiva. Cuando la economía crece sin empleo asalariado formal, el “ajuste” se manifiesta en una combinación de desempleo, subocupación e informalidad. Puede aumentar el trabajo independiente, pero no necesariamente como elección virtuosa: muchas veces es autoempleo de subsistencia. Eso sostiene una parte de la ocupación estadística, pero no construye estabilidad social ni base fiscal futura.</p><p>Este punto es central para entender el riesgo hacia adelante: un programa económico puede bajar la inflación, ordenar las cuentas públicas y mejorar reservas, pero si debilita el mercado laboral, la estabilidad será frágil. Porque el empleo no es una variable más: es el principal organizador social.&nbsp;Sin trabajo formal no hay consumo sostenible, no hay movilidad social, no hay previsibilidad en los hogares y tampoco hay una recaudación robusta a mediano plazo. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy en la Argentina: la pérdida de empleo asalariado privado y la dificultad para crear puestos formales están dejando como “salida” dominante un mercado laboral más frágil, y con mayor informalidad.En otras palabras: la Argentina puede estabilizar la macroeconomía, pero si no estabiliza el empleo, esa estabilidad no va a ser sostenible. La discusión económica de 2026 y 2027 debería dejar de obsesionarse sólo con “cuánto crece” y empezar a medir “cómo crece” y “a quién incluye”.La nueva vara no puede ser únicamente el promedio del PBI o del EMAE: tiene que ser la elasticidad empleo–producto, es decir, cuántos puestos formales se crean (o se destruyen) por cada punto de actividad y en qué sectores.</p><p>¿Dónde debería ponerse el foco?En tres frentes simultáneos. Primero, en una estrategia de inversión que convierta el impulso de los sectores dinámicos (agro, energía/minería, finanzas) en infraestructura, crédito productivo y tecnología aplicada al entramado urbano, que es el que más empleo genera.&nbsp;Segundo, en un esquema de competitividad realista: integración al mundo, sí, pero con condiciones de transición. Eso incluye financiamiento posible para pymes, reducción de costos no salariales que encarecen producir localmente, mejoras logísticas y reglas estables.&nbsp;Tercero, en una agenda laboral y de capital humano: capacitación, reconversión y productividad. La tecnología no va a retroceder; entonces el desafío no es “frenarla”, sino construir empleabilidad y facilitar el pasaje desde sectores que retroceden hacia sectores que crecen, con redes de protección que no condenen a la informalidad permanente.</p><p>El dato más inquietante de 2025 no es sólo que “faltó empleo”: es que el crecimiento puede convivir con destrucción de puestos formales en sectores ganadores, como muestra el gráfico (minería y finanzas creciendo con empleo formal en baja). Esa es la señal de época. Y es también el aviso político y económico: si no se corrige el modo en que crece la economía, podemos tener una macro más prolija, pero una sociedad más frágil.</p><p>Por eso, la pregunta decisiva ya no es si la Argentina crece. La pregunta es si puede volver a crecer con trabajo, y con trabajo formal. Ese debería ser el norte: no un crecimiento que “cierra” en los promedios, sino un crecimiento que se sostenga en el tiempo porque incluye, integra y reconstruye el tejido productivo que le da estabilidad a los hogares.&nbsp;Si esa brújula no se recupera, el país podrá mostrar números mejores… pero seguirá acumulando una deuda social que, tarde o temprano, vuelve a la economía.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/E-dWj9hzrh5QKwu5OWEbNTTcquY=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/02/alvaro_sierra_especialista_en_finanzas.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay un dato silencioso —y probablemente el más importante de la economía argentina actual—: se quebró el vínculo entre actividad y empleo. Durante décadas funcionó una regla simple (con matices y rezagos): cuando la economía crecía, el trabajo terminaba acompañando.]]>
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            PBI 2025: el año del rebote... y del freno que el Gobierno no debería ignorar
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        <link rel="alternate" href="https://www.elheraldo.com.ar/noticias/opinion/pbi-2025-el-ano-del-rebote-y-del-freno-que-el-gobierno-no-deberia-ignorar" type="text/html" title="PBI 2025: el año del rebote... y del freno que el Gobierno no debería ignorar" />
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En esa ecuación está todo: la capacidad de compra de los hogares, el apetito inversor (o su retiro), el rol del Estado y el aporte —o el lastre— del frente externo. Y si a ese cuadro le sumamos el dato que más importa en finanzas públicas —la sostenibilidad intertemporal del Estado y su credibilidad institucional—, el cierre de 2025 deja una advertencia nítida: hubo rebote, sí; pero también hubo pérdida de impulso y deterioro de “calidad” del crecimiento.</p><p>Antes de avanzar, una aclaración metodológica necesaria: al día de hoy, el último dato oficial de cuentas nacionales del INDEC corresponde al 3° trimestre de 2025. Por eso, cuando hablamos de “cómo cerró 2025”, combinamos: lo que muestran las cuentas nacionales hasta el 3T, los indicadores de actividad del final de año (EMAE), y el cierre completo del comercio exterior (enero–diciembre).Consumo: el termómetro social en zona de enfriamientoEl consumo privado —que históricamente explica más del 65% del PBI argentino— volvió a mostrar en 2025 un comportamiento contractivo.</p><p>Pero la lectura decisiva para “cómo se cerró el año” está en la dinámica reciente: en términos desestacionalizados, el consumo privado apenas avanzó +0,2% trimestral (prácticamente cero), mientras el consumo público subió +0,5%.</p><p>Desde el enfoque de finanzas públicas, el retroceso del consumo responde a varios vectores simultáneos: caída del salario real durante gran parte del año, recomposición tarifaria y aumento de precios regulados, política fiscal contractiva, y mayor incertidumbre sobre ingresos futuros.</p><p>Ese dato (0,2%) es el tipo de número que a veces pasa desapercibido en los titulares, pero en la economía real se siente: un consumo que deja de empujar. Y cuando el consumo se aplana, la recaudación (IVA, internos, combustibles) deja de tener “piso”, justo en un país donde el Estado depende de flujos tributarios sensibles al ciclo.</p><p>Inversión: el eslabón que todavía no reaccionaLa formación bruta de capital fijo (inversión) creció 10,3% interanual en el 3T25. Hasta ahí, podría parecer una buena noticia. Pero el dato que cambia el diagnóstico es el desestacionalizado: la inversión cayó -6,0% respecto del trimestre anterior.Pese al discurso pro-mercado y a la expectativa de un “rebote inversor”, los datos de 2025 muestran un desempeño débil.¿Por qué no despega la inversión? Hoy persisten factores que explican la cautela inversora: alta incertidumbre macro de transición, debilidad del crédito de largo plazo, volatilidad normativa, crisis de representación política, y fragilidad del mercado interno.</p><p>La inversión no responde solo al ajuste fiscal: responde a expectativas de rentabilidad sostenible. Y esas expectativas todavía lucen frágiles.</p><p>Ahorro: la variable silenciosa que se está erosionandoUn punto menos visible, pero central desde la macro de mediano plazo, es el comportamiento del ahorro interno. En 2025 se observa: recomposición parcial del ahorro público (por el ajuste), pero debilitamiento del ahorro privado real.</p><p>Esto es relevante porque, en economías con restricción externa estructural como la argentina, el ahorro interno es el combustible de la inversión.Cuando el ahorro cae: aumenta la dependencia del financiamiento externo, se limita la profundidad del crédito, y se restringe el crecimiento potencial.</p><p>El equilibrio fiscal por sí solo no garantiza acumulación de capital si el sector privado no logra recomponer su capacidad de ahorro.</p><p>Sector externo: una&nbsp;balanza comercial&nbsp;menos holgadaEl cuarto componente del PBI —exportaciones netas— también mostró en 2025 una contribución menos dinámica. &nbsp;Lo que se observa: &nbsp;recuperación de importaciones por normalización económica. exportaciones creciendo, pero a menor ritmo, y tipo de cambio real que vuelve a generar debate.En el cierre anual del comercio exterior: el superávit cae fuerte: Exportaciones 2025: USD 87.077 millones (+9,3% i.a.), y Importaciones 2025: USD 75.791 millones (+24,7% i.a.). Saldo comercial 2025: USD 11.286 millones.</p><p>En 2024, el saldo había sido USD 18.928 millones. Es decir: el superávit se redujo en USD 7.642 millones, una caída cercana al 40%.</p><p>Este punto es decisivo para la Argentina: cuando el superávit comercial se achica, el programa macro queda más expuesto. Porque el país no tiene un mercado de capitales profundo ni acceso estable y barato al financiamiento externo. Sin dólares, todo se recalienta: tipo de cambio, expectativas, tasas, y finalmente actividad.</p><p>La foto del PBI 2025: una economía que pierde impulsoSegún el INDEC, en el 3° trimestre de 2025 el PBI creció 3,3% interanual. En la comparación desestacionalizada contra el trimestre anterior, mostró una suba muy acotada (+0,3%) y el acumulado del año a ese momento (primeros tres trimestres) se ubicó en +5,2%.Traducido: 2025 tuvo recuperación (en parte por arrastre estadístico y base de comparación), pero el motor empezó a “ratear” hacia el final. Y cuando la macro argentina pierde impulso, el problema no suele ser solo el crecimiento: suele ser la consistencia del programa económico frente al frente externo, las expectativas y la institucionalidad.No se trata de una crisis abierta, pero sí de una zona de riesgo macroeconómico. Y aquí es donde la política económica debe mostrar reflejos.</p><p>En síntesis: 2025 termina con números que todavía muestran recuperación respecto del año previo, pero con señales claras de agotamiento del impulso: consumo casi plano, inversión cayendo en el margen y un frente externo que deja menos aire.</p><p>Un cierre que invita&nbsp;a reaccionarEn un país normal, el debate sería técnico: cómo mejorar productividad, cómo financiar inversión, cómo coordinar el ciclo. En Argentina, a eso hay que agregarle un factor determinante: institucionalidad.</p><p>Cuando el programa económico descansa casi exclusivamente en el “ancla fiscal”, corre el riesgo de perder de vista que el crecimiento sostenido no se decreta.&nbsp;Los datos de consumo, inversión, ahorro y sector externo no son alarmantes de manera aislada. Pero en conjunto configuran una señal de advertencia que el Gobierno haría bien en leer a tiempo.La experiencia argentina muestra que los programas económicos no suelen fracasar de manera abrupta: primero aparecen estos síntomas de enfriamiento gradual. Si no se corrigen, el margen de maniobra se reduce.Todavía hay tiempo para reaccionar. Pero la ventana no es infinita.</p><p>El desafío de 2026 no será solo sostener el orden macroeconómico, sino lograr que la economía real vuelva a mostrar dinamismo genuino. Porque, en definitiva, la estabilidad se consolida no cuando cierran las planillas fiscales, sino cuando se reactiva la producción, el empleo y la inversión.La señal está sobre la mesa. La decisión, ahora, es política.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay una forma simple —y brutalmente honesta— de leer cómo termina un año económico: mirar el PBI por el lado del gasto. No como un número “abstracto”, sino como una identidad que resume decisiones y restricciones concretas: PBI = Consumo + Inversión + Gasto público + (Exportaciones – Importaciones)]]>
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                <published>2026-02-21T04:00:00+00:00</published>
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            Dólar,  recaudación  y deuda: el lado B del atraso cambiario
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>El dólar, mientras tanto, se mantiene estable o sube por debajo de los precios internos. Pero después ocurre lo inevitable: faltan divisas, se deterioran las reservas, aparecen tensiones, se abre la brecha y, tarde o temprano, llega la devaluación. La estabilidad desaparece de golpe.Es tentador atribuir el fenómeno a “mala administración” o a “especulación” según la preferencia política de turno. Pero esa lectura suele fallar en lo más importante: no explica por qué la película se repite incluso cuando cambian gobiernos, ideologías y programas.Para entender el mecanismo hay que mirar una variable menos visible —pero determinante—: el tipo de cambio real, es decir, el precio relativo que define si el país está caro o barato frente al mundo.El concepto clave: el tipo de cambio real y el atraso que se acumulaCuando hablamos del “dólar” en la conversación cotidiana solemos pensar en el tipo de cambio nominal (pesos por dólar). Sin embargo, el dilema argentino no se juega solo ahí. Se juega en el tipo de cambio real (TCR): una medida que compara los precios internos con los precios externos ajustados por el tipo de cambio. En simple, el TCR responde a una pregunta práctica: ¿producir en Argentina resulta caro o barato comparado con el exterior?Cuando los precios internos suben más rápido que el dólar, el TCR se aprecia: el país se encarece en dólares. Importar se vuelve relativamente barato, exportar se vuelve relativamente difícil y la economía empieza a demandar más divisas de las que genera.&nbsp;Por eso, el problema no aparece cuando el dólar sube, sino cuando queda demasiado bajo durante demasiado tiempo. Eso es atraso cambiario: un dólar que no acompaña la inflación y que, por ende, erosiona la competitividad y prepara la próxima corrección.En la práctica, el atraso cambiario funciona como una ilusión de bienestar inmediato. Mejora la sensación de poder de compra internacional, abarata transitoriamente importados y viajes, pero lo hace a costa de debilitar la fuente de divisas que sostiene esa misma normalidad: exportaciones netas, inversión productiva orientada a transables y acumulación de reservas.</p><p>Lo que muestra&nbsp;un estudio regional&nbsp;de la CEPALUn trabajo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estimó el tipo de cambio real de equilibrio para 17 países de la región y encontró un mecanismo recurrente: períodos de apreciación real (sobrevaluación del TCR) que tienden a finalizar en crisis cambiarias con depreciaciones abruptas y costos elevados para la actividad.El aporte del estudio es doble. Primero, pone en evidencia que la apreciación real no es un “capricho local”, sino un fenómeno regional asociado a economías dependientes de divisas (exportaciones concentradas, endeudamiento o capitales financieros) y expuestas a shocks externos. Segundo, muestra que la sobrevaluación del TCR altera incentivos: desplaza recursos desde sectores transables (exportables o sustitutos de importaciones) hacia sectores no transables.&nbsp;Ese corrimiento cambia la rentabilidad relativa, modifica la asignación de inversión y empleo, y reduce la capacidad de generar dólares genuinos cuando más se los necesita.En otras palabras: cuando el país se “abarata” en dólares para consumir, muchas veces se “encarece” para producir y exportar. Esa contradicción puede sostenerse mientras entren dólares; cuando dejan de entrar, el ajuste llega igual, pero suele ser más desordenado y más costoso.</p><p>La historia argentina: la misma lógica&nbsp;con distintos nombresLa tablita cambiaria de fines de los años 70, la convertibilidad en los 90, el atraso previo a la crisis de 2018 y otras etapas posteriores siguieron, con diferencias, una lógica similar: usar el tipo de cambio como herramienta de estabilización (o sostenerlo por debajo de la inflación) para moderar precios y expectativas.&nbsp;El efecto inicial fue positivo: inflación a la baja, crédito, consumo y “sensación de normalidad”. El problema apareció después: el país se volvió caro en dólares, la competitividad se deterioró, el déficit externo creció y la sostenibilidad quedó atada a que siguieran entrando dólares (por deuda o capitales). Cuando ese flujo se detuvo, el esquema colapsó y el ajuste llegó de forma traumática.Este repaso importa porque muestra que el atraso cambiario no es un accidente. Suele ser la consecuencia de intentar resolver un problema nominal (inflación) con un precio relativo (el dólar), sin atacar de manera consistente el núcleo fiscal-monetario y sin construir capacidad estructural de generación de divisas. El tipo de cambio puede ayudar a estabilizar, pero difícilmente pueda reemplazar un programa integral.</p><p>La singularidad argentina: cuatro rasgos que&nbsp;agravan el patrón regionalArgentina comparte el patrón regional, pero lo amplifica por cuatro rasgos estructurales.Primero, la inflación crónica. Con inflación alta, sostener un dólar “quieto” —o que suba menos que los precios— implica, casi mecánicamente, apreciación real. En este contexto, el atraso cambiario no es una decisión aislada: es el resultado natural de usar el tipo de cambio como ancla sin una desinflación creíble y sostenible.Segundo, el bimonetarismo social. El dólar funciona como reserva de valor y unidad de cuenta para ahorro, inmuebles y expectativas. Esa demanda estructural de divisas hace que la presión cambiaria exista incluso en fases de aparente normalidad. No se trata de una corrida ocasional: es una preferencia arraigada, producto de décadas de pérdida de poder adquisitivo del peso.Tercero, la respuesta institucional típica ante la escasez: controles, segmentación y brecha. En lugar de un ajuste con reglas claras, Argentina suele racionar divisas, multiplicar tipos de cambio y habilitar arbitrajes. Esa dinámica distorsiona precios relativos, castiga exportaciones, incentiva conductas defensivas y termina reduciendo la oferta genuina de dólares, que es lo que se necesita para estabilizar.Cuarto, la fragilidad financiera y el peso de pasivos en moneda dura (públicos y privados). Un ciclo de dólar atrasado suele convivir con endeudamiento externo o con instrumentos indexados. Cuando llega la corrección cambiaria, el servicio de esa deuda se encarece, sube el riesgo país y se estrecha el margen fiscal y financiero. Eso amplifica el carácter recesivo del ajuste.</p><p>El ángulo que suele faltar: el impacto fiscal del atraso cambiarioEl atraso cambiario no es solo un problema del sector externo: en Argentina también es un problema fiscal, porque termina afectando la recaudación, el gasto, la deuda y la gobernabilidad del presupuesto. Un tipo de cambio real apreciado puede sostener por un tiempo consumo y “sensación de estabilidad”, pero debilita inversión, producción y empleo formal, y con rezago erosiona bases tributarias como IVA, Ganancias y contribuciones. A la vez, vuelve más volátil la caja del Tesoro al distorsionar exportaciones, liquidación de divisas e ingresos vinculados al comercio exterior, mientras la brecha y los “parches” cambiarios agregan discrecionalidad e incertidumbre. Además, presiona sobre subsidios y tarifas (energía y transporte) y, cuando llega la corrección, el ajuste reaparece por tarifa, impuesto o deuda. En paralelo, una devaluación brusca encarece el financiamiento, empeora la dinámica de la deuda y fuerza decisiones difíciles entre licuar o recomponer ingresos públicos. Finalmente, el golpe se transmite a provincias y municipios vía coparticipación y costos dolarizados, desordenando licitaciones, contratos, redeterminaciones y planificación.En suma: el atraso cambiario no solo prepara una crisis de balanza de pagos; también prepara una crisis presupuestaria, porque erosiona la recaudación futura, agrava subsidios y vuelve más frágil la deuda.Conclusión: el problema no es que el dólar suba; es el dólar que se atrasaLa CEPAL muestra que América Latina atraviesa, con distintos matices, episodios de sobrevaluación del tipo de cambio real que terminan colapsando en crisis. Argentina comparte ese patrón, pero lo vuelve más virulento por una combinación singular: inflación crónica, bimonetarismo social, baja credibilidad y una respuesta institucional basada en segmentación y controles que suele profundizar el problema de fondo.Por eso, la estabilidad cambiaria no se logra con un dólar congelado ni con devaluaciones recurrentes. Se logra con un programa integral que reduzca la nominalidad, acumule reservas y, sobre todo, aumente la generación genuina de divisas.Hasta que esa base no cambie, cada período de calma puede ser apenas la antesala de la próxima corrección.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fQF_8QLZXbcJtGbZqKn8rKF0-24=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/alvaro_sierra_nota.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En Argentina, la escena se repite con una regularidad casi desconcertante. Durante un tiempo la economía parece “ordenarse”: la inflación baja o al menos se desacelera, el salario medido en dólares mejora, los viajes al exterior se multiplican y el consumo de ciertos bienes y servicios recupera aire.]]>
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                <published>2026-02-14T04:30:00+00:00</published>
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            Cuando el ajuste se come la recaudación: la trampa del equilibrio fiscal sin crecimiento
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                <![CDATA[Álvaro Sierra]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Durante el año pasado, en esta misma columna, sostuvimos una idea que hoy vuelve con forma de datos: el ajuste puede ser un instrumento de emergencia en el corto plazo, pero no puede ser el único motor de la sostenibilidad fiscal.&nbsp;Si el equilibrio presupuestario se logra por shock de gasto y sin una estrategia consistente para sostener actividad, inversión y consumo, el resultado es un círculo vicioso: más ajuste - más recesión - menos recaudación - necesidad de más ajuste.La política fiscal queda atrapada en la lógica de “cerrar la caja” mientras la base imponible se erosiona. El gráfico es, justamente, la visualización de esa erosión.</p><p>Lo que muestra el gráfico: de la expansión real al&nbsp;terreno negativo&nbsp;persistenteLos números son elocuentes. En los primeros meses de 2025, la recaudación nacional aparece con variaciones reales positivas: +5,8% en enero, +11,8% en febrero, +5,7% en marzo, +7,2% en abril. Luego llega un quiebre: mayo marca -17,4% real.Después se observa un rebote breve (+2,8% en junio; +4,5% en julio) y, a partir de allí, se instala un patrón preocupante: agosto -2,2%; septiembre -8,7%; octubre -3,7%; noviembre -8,8%; diciembre -3,5%; enero 2026 -7,4%.</p><p>¿Qué significa esto, en términos simples&nbsp;y técnicos a la vez?“En términos reales” implica que la recaudación se está mirando descontando inflación. No alcanza con que los pesos recaudados suban nominalmente: si suben menos que los precios, caen en poder de compra, que es lo que importa para pagar sueldos, comprar insumos, financiar hospitales o sostener servicios.La recaudación es, además, un termómetro de actividad. Con matices, los impuestos más relevantes se mueven con el nivel de consumo, producción, importaciones, empleo formal y rentabilidad. Si la economía se enfría, el Estado lo siente en la caja.Y aquí aparece la primera conclusión: no estamos ante un “bache” aislado, sino ante una trayectoria que, desde agosto, muestra caídas reales repetidas y profundas, con dos meses —septiembre y noviembre— cerca de -9%.</p><p>Del equilibrio contable&nbsp;al problema de base&nbsp;imponible:&nbsp;la microeconomía&nbsp;como condición fiscalUno de los errores más frecuentes del debate público es suponer que el equilibrio fiscal es solo una cuestión de voluntad o de “austeridad”. Desde finanzas públicas, el equilibrio no es una consigna: es una identidad.Si se recorta gasto a un ritmo superior a la caída de ingresos, el resultado mejora. Pero eso no responde la pregunta clave: ¿qué pasa con los ingresos cuando el recorte afecta la actividad?El gasto público no es solo “un costo”. También es demanda, es ingreso de hogares, es compras a proveedores, es obra, es transferencias.En una economía con restricciones estructurales como la nuestra (crédito caro, inversión frágil, alta informalidad, capacidad ociosa), un ajuste de shock puede acelerar la recesión y golpear el consumo. Y el consumo —nos guste o no— es una de las bases imponibles más rápidas y sensibles: cuando cae, se resienten tributos asociados a transacciones, ventas, servicios, combustibles, comercio exterior, actividad formal.</p><p>Esto explica por qué insistimos el año pasado: el equilibrio fiscal sin plan productivo termina devorando su propia recaudación. Porque la sostenibilidad fiscal no es solo “gastar menos”: es recaudar de manera estable, lo cual exige una economía que al menos no se achique en términos reales.En otras palabras: se puede “cerrar” el resultado por un tiempo con tijera, pero no se puede sostener indefinidamente una caja pública sobre una sociedad que pierde empleo, salario real y consumo.El punto ciego del&nbsp;discurso nacional:&nbsp;cuando cae Nación,&nbsp;se desploman provincias y municipiosAcá aparece el corazón federal del problema. La recaudación nacional no es solo “plata de Nación”. En un país con fuerte desequilibrio vertical, la Nación concentra tributos potentes y luego distribuye una parte vía coparticipación y transferencias.Por eso, cuando se enfría la recaudación real, no cae una sola caja: cae un sistema de financiamiento intergubernamental.En provincias como Entre Ríos, la dependencia es estructural: la coparticipación y transferencias automáticas suelen representar más del 80% de los ingresos corrientes provinciales.Este dato, más allá de la cifra exacta en cada año, describe un hecho financiero esencial: el presupuesto provincial está atado al pulso de la recaudación nacional. Y los municipios, a su vez, quedan atados al pulso provincial y a su propia recaudación local, que también depende de la actividad.</p><p>Entonces, cuando el gráfico muestra caídas reales persistentes de la recaudación nacional, lo que está mostrando —en cadena— es: 1) menor masa de recursos a distribuir (cuando cae la masa coparticipable real) o mayor presión sobre transferencias no automáticas; 2) presupuestos provinciales más frágiles, con gasto rígido (salud, educación, seguridad, salarios); y 3) Municipios asfixiados, porque sus fuentes propias suelen ser estrechas y políticamente sensibles, y porque la demanda de servicios sociales crece justo cuando los recursos reales caen.Dicho sin eufemismos: la recaudación nacional en caída real es una fábrica de problemas fiscales subnacionales.</p><p>Conclusión: el gráfico no anuncia un problema contable, anuncia un límite de modeloLa enseñanza del gráfico es clara: cuando el equilibrio fiscal se sostiene solo por la tijera, la recaudación tarde o temprano pasa factura. Y cuando pasa factura, el ajuste se vuelve adictivo: hace falta más recorte para compensar menos ingresos, y ese recorte vuelve a dañar la actividad que alimenta la recaudación.Por eso lo dijimos el año pasado: el equilibrio fiscal es condición necesaria, pero no suficiente. Sin crecimiento económico no hay equilibrio sostenible. No es una consigna partidaria: es una restricción presupuestaria intertemporal aplicada a un país real.&nbsp;Y el país real es federal. Cuando cae la recaudación nacional en términos reales, no cae solo “la Nación”: caen también Entre Ríos, sus municipios y cada comunidad que depende de esos recursos para sostener servicios esenciales.La discusión que viene, entonces, no debería ser “cuánto más ajustar”, sino cómo sostener el orden fiscal sin destruir la base económica que lo financia. Porque el equilibrio fiscal, para ser virtud, tiene que ser duradero. Y para ser duradero, necesita aquello que ningún recorte puede reemplazar: una economía que vuelva a crecer.&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/-EEjohqVGiNiJxTNxNBWwHtmvbg=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2024/08/cdor_alvaro_sierra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Hay gráficos que no son un adorno estadístico: son un parte médico. El que acompaña esta nota —variación real de la recaudación nacional mes a mes— muestra una secuencia que, para quienes miramos la macro desde la caja del Estado y no desde el discurso, era previsible: el “equilibrio” construido casi exclusivamente sobre el recorte del gasto termina chocando, tarde o temprano, con su propia consecuencia: una economía más chica recauda menos. Y cuando la Nación recauda menos, las provincias y los municipios —sobre todo los más dependientes— sienten el golpe con una fuerza multiplicada.]]>
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                <published>2026-02-07T04:00:00+00:00</published>
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